En defensa de los conspiradores

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“…la revolución sin más límite que la eficacia histórica significa la servidumbre sin límites. Para evitar este destino, el espíritu revolucionario, si quiere permanecer vivo, debe fortalecerse, en consecuencia, en las fuentes de la rebelión e inspirarse en el único pensamiento fiel a esos orígenes: el pensamiento de los límites”.

Albert Camus, El hombre rebelde

Los hombres de nuestro tiempo (de unos dos siglos hacia acá)  han endiosado la historia, tras haber degradado de nivel al viejo Dios. Pero una deidad tan ligada al azar y el devenir no entrega señales claras. Como consecuencia, la presunción de estar “del lado correcto de la historia” no tiene la efectividad ni el valor axiomático de las “señales visibles de salvación” que el dios cristiano enviaba a sus fieles según la teología puritana: riqueza mundana -en esa interpretación-, evidente, constante y sonante, como prueba de la posible inscripción en el libro de la vida, es decir, como predestinado para la gracia.

La deidad histórica es más ambigua porque es política y la política como oficio es más arte que ciencia, aunque pueda ser provechosa y acuciosamente estudiada: no existen en realidad los gobiernos establecidos como y desde la ciencia, que serían razón fría y perfecta sin reparar en temas banales como la popularidad y los valores atávicos del electorado (en realidad, el eje de la política sobre todo en democracia); en contraste, suele darse en la plaza pública, disfrazado de proyecto político generoso y desinteresado, el espectáculo de la sinrazón, del capricho, de los apetitos, del odio, del interés egoísta y de corto plazo, en suma, de las pasiones -a veces, de las más bajas pasiones- que colman eso que alguna vez se llamó el alma humana, y cuya transformación o reforma radical ha sido estérilmente buscada por las utopías revolucionarias.

“Estar del lado correcto de la historia” es entonces una interpelación mágica, inmanentista, apriorística, que el lenguaje revolucionario consagró como evidencia, una vez que el curso de los hechos hubieran dado un triunfo siquiera provisional a la causa. También es una fórmula esperanzadora para inflamar el compromiso en la lucha mientras viene lo que “es ineludible”. Y permite denostar a los adversarios con variaciones como la famosa admonición de un aguerrido y triunfalista Trotsky, que condenó a los adversarios de la revolución Rusa al “basurero de la historia” (a donde posteriormente lo mandó el estalinismo, exilio y asesinato de por medio).

Tan insegura certeza puebla desde el siglo XIX la imaginación de quienes se creen con el llamado de cambiar el mundo.

E ilustra con meridiana claridad la vocación mística de los proyectos de religiones políticas que no dejan de brotar en cada momento de crisis del capitalismo y de los Estados liberales que, al menos en occidente, suelen sustentarlo: se habían pensado ganadores definitivos de la lucha histórica con el estado totalitario, sin reparar que sólo es posible si un régimen liberal está firmemente anclado en la realidad, si acepta humildemente la relatividad y la alteridad y si reconoce el enorme valor de la crítica para sustentar de forma permanente mejores gobiernos.

Pero se durmieron en sus laureles. El regreso del irracionalismo de corto plazo con su impronta de desconfianza a la precariedad de la democracia representativa, para cuya supervivencia constituye una seria amenaza, es más que evidente: Estados Unidos, Gran Bretaña y Brasil son casos sonados pero lejos de ser únicos.   Y México ya vive, nos guste o no, bajo esas pulsiones.

Es este contexto el que explica la figura crecientemente polémica de uno de los historiadores más notables del último medio siglo en el país: Enrique Krause, autor de Por una democracia sin adjetivos (1985) y de una popular y muy bien escrita saga histórica conocida como Biografías del poder, está hoy en el ojo del huracán, acusado de conspirar contra el arribo al poder de Andrés Manuel López Obrador por medio de un proyecto mediático que habría sido financiado por importantes empresarios en busca fallida -como resultó evidente a toro pasado- de descarrilar la posibilidad de que el político tabasqueño asumiera la presidencia de la república. Estas acusaciones vienen del círculo más cercano del actual presidente, y pretende señalar una “campaña negra”, con financiamiento por afuera de lo permitido por las leyes electorales, y que habría diseminado mensajes periodísticamente poco sustentados, las famosas fake news que pueblan ya, como fenómeno cotidiano, las redes sociales del mundo.

Mi primer comentario apela a la necesidad de que los denunciantes salgan también de la zona de confort de una acusación hasta ahora deficientemente sustentada, y en respeto a las instituciones, presenten las evidencias de todo este escándalo ante la autoridad electoral, ante la fiscalía federal y ante los tribunales civiles, si se da el caso de un daño moral. De lo contrario, se incurre en lo denunciado, “calumnia que algo quedará”, uno de los ejes más eficaces de la propaganda -la antigua y la de hoy-, que nadie sintetizó mejor que el popular ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, profeta de nuestro tiempo, más admirado y reconocido de lo que las buenas conciencias quisieran, y que habría hallado en la era de las redes un potente instrumento de expresión que el régimen Nacionalsocialista sólo pudo vertebrar a través de la radio y de los impresos. “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad […] miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”.

Se me podrá decir que la determinación de cuál de los dos bandos utiliza esos principios cínicos en el escándalo de la calle Berlín (la oficina en la Ciudad de México en la que operaba la red mediática antiAMLO) es al menos dudosa. Y justamente por eso es imperativo que se presenten las pruebas y la autoridad actúe dentro del marco de sus atribuciones. Una acusación de este tipo, y cualquier acusación más (por ejemplo, la campaña calumniosa del gobierno de Enrique Peña Nieto contra el candidato frentista Ricardo Anaya por lavado de dinero, que ha sido desnudada de forma paralela al escándalo de Berlín, pero sin efectos mediáticos de consideración, ni siquiera el clásico “disculpe usted”) debería ser de alta prioridad porque sin las aclaraciones pertinentes, apenas se convierte en una herramienta política eficaz para combatir a los disidentes (a menos que sea la intención). Por si fuera poco, la crisis del Estado de derecho se alimenta de esta ambigüedad: que el Instituto Nacional Electoral, los tribunales electorales, la fiscalía y los tribunales civiles no se pronuncien con causas y sentencias explica bien por qué los mexicanos no creen en ese Estado de derecho; lo ven solamente como dócil instrumento presto a las necesidades del poder, y la justicia, en consecuencia, sólo depende del dinero y la influencia del que reclama el derecho.

Mi segundo comentario es que los actores políticos en México denuncian por estrategia, pero lamentablemente, ven la paja en ojo ajeno. También se ha documentado, por ejemplo, la existencia de una red de “reventadores” y “aplaudidores” del presidente en las redes, como se acusaba a los expresidentes Peña y Calderón. También hubo portales  de internet cercanos al actual presidente que difundían fake news para resaltar errores, minimizar aciertos, exagerar y a veces de plano inventar historias para desprestigiar a Peña Nieto y a Calderón, y como ya se vio, al excandidato Anaya.

Mi tercer apunte es que la legislación electoral mexicana se ha convertido en un amasijo de regulaciones tortuosas y prohibiciones que violentan derechos básicos como la libertad de expresión. ¿Por qué deben estar a la sombra esfuerzos de propaganda llamada negra, que en otros países son visibles y son componentes de las disputas institucionales por el poder? ¿De verdad se protege al ciudadano al no permitirse conocer los lados oscuros de los candidatos, o más bien lo que se busca es proteger a esos candidatos? ¿De verdad se cree esa superchería jamás demostrada de que la gente puede votar racionalmente a favor de programas políticos ambiguos y descafeinados, y que sus emociones no son manipulables? ¿No es más sano permitir plenamente la libertad de expresión y contar con órganos y procesos expeditos para sancionar las fake news y a quienes la difunden, exigir el derecho de réplica igualmente expedito, y transparentar de una buena vez todo el dinero hoy negro que entra a las campañas? Si la historia nos ha demostrado que los lobbys empresariales, religiosos e incluso criminales ejercerán siempre presión, ¿por qué no salirnos del país de las maravillas de los partidos y políticos que se mantienen al margen de esas presiones, y formalizar los lobbys para visibilizarlos mejor?

Bajo esa premisa, y mientras no se demuestren y sancionen el dinero mal habido y las mentiras noticiosas, la conspiración de la calle Berlín es otra fake más. Es decir, nos dicen que hubo una conspiración, nos dan nombres de los conspiradores, pero no se prueba el delito ni se castiga. Funciona como propaganda, pero nada más.

Peor aún si llegamos a las acusaciones contra Enrique Krauze: en su caso no existe un solo documento ni testimonio que lo haya podido señalar como cabeza de la conspiración. Pero ha resultado muy útil poder estigmatizarlo porque el propio nuevo régimen lo ha visto como su “bestia negra” intelectual al menos desde la muerte de Octavio  Paz, el gran poeta y pensador liberal del siglo XX, de cuya tradición es en buena medida heredero el historiador, discípulo de Daniel Cosío Villegas y de Luis González y González , es decir, la mejor escuela de historia que ha tenido este país.

Debo confesar que la defensa de Krauze me suele provocar asperezas o al menos levantamiento de cejas de muchos de mis amigos periodistas y de respetados universitarios y académicos de mi comunidad en Guadalajara, quienes creen al dedillo todas las historias tejidas desde hace décadas sobre el papel krauziano como legitimador intelectual de los gobiernos neoliberales, de Carlos Salinas de Gortari a Enrique Peña Nieto. Como prueba, señalan las carretadas de dinero recibidas por Vuelta y por Letras Libres para estimular esa labor de mercenarios tan eficaz. En ambos casos me parece mínimamente exigible que no se perviertan los debates: si hemos de criticar las ideas de Enrique Krauze, quedémonos en el terreno de las ideas. Si hemos de cuestionar una supuesta empresa de falsificación histórica a favor del neoliberalismo, demostremos la alteración de fechas, de hechos, de documentos y la gratuidad de las interpretaciones. Si vamos a hablar de corrupción, hay que demostrarla, para lo cual es muy valioso el contexto: ¿recibió la empresa cultural de Krauze recursos de forma privilegiada o hay más casos en que el Estado mexicano financia proyectos culturales? ¿Existen proyectos culturales que puedan sobrevivir sin subvenciones del Estado? ¿El Estado exigió fortalecer la figura del presidente en turno o los valores gubernamentales para otorgar el subsidio? ¿Existen otros proyectos periodísticos y/o culturales con más dinero estatal? ¿O solamente se trata de vilipendiar a un empresario exitoso que ha generado un proyecto financieramente muy eficaz, con fuentes de financiamiento público y privado diversificadas, como parece ser el caso de Letras Libres?

Es verdad que el tema de los recursos estatales en los medios es altamente polémico. Lo ha sido porque los gobiernos federales, estatales y municipales siempre han usado el dinero de los impuestos de los mexicanos para premiar o castigar líneas editoriales, dado el enorme valor simbólico que conserva, pese a su crisis, el periodismo. Lo ha sido porque somos un país inmenso con una de las 15 economías más importantes del planeta, pero sin educación de calidad y por ende, sin lectores que valoren de la calidad artística o intelectual, no digamos profesional, de lo que se produce en los medios de comunicación, y que en consecuencia, les da lo mismo la información que les cae, mientras sea gratuita. País de la piratería, de los mercados negros, de la evasión fiscal. No hay condiciones para que los proyectos periodísticos prosperen. Pero hay que anotarlo también: en países europeos con democracias consolidadas, caso notable de Francia, el Estado también subvenciona medios de comunicación. Sólo que los medios allí son instituciones: el francés promedio sabe la importancia de contar con proyectos profesionales de comunicación, educación y cultura, es la savia que permite a la democracia persistir. El gobierno, entonces, resiste las tentaciones de intervenir línea editoriales y censurar periódicos: la buena información, bien cribada y sin más compromiso que la verdad, es vital para que en la plaza pública se tomen decisiones sensatas.

Si regresamos al deporte nacional de la satanización de medios de comunicación por recibir pagos por publicidad, al menos reconozcamos que, por citar al vilipendiado Enrique Peña Nieto, su maligno y neoliberal gobierno salvó con amplísimos recursos públicos nada menos que a La Jornada, el diario favorito de López Obrador. No vimos más que gacetillas anodinas a cambio, el diario se mantuvo con su imperturbable línea antineoliberal que lo ha hecho icónico de la izquierda latinoamericana.

¿En qué quedamos, hay corrupción buena o nada más se trata de estigmatizar a conveniencia?

Finalmente, la caricatura de análisis contra Enrique Krauze no resiste la prueba más sencilla: si de veras es un mercader, y está al mejor postor, ¿por qué el gobierno de la Cuarta Transformación no lo compra con carretadas de dinero para que mude sus convicciones de toda la vida y defienda el nacionalismo revolucionario, y asunto arreglado?

La verdad es que Enrique Krauze y el grupo Plural-Vuelta-Letras Libres ya había delineado su crítica del estado patrimonialista desde los tiempos de Luis Echeverría. Por una democracia sin adjetivos data de los años de Miguel de la Madrid. Esos influyentes intelectuales fueron leídos por quienes vertebraron los cambios políticos entre los años 80 y 90. ¿Es un pecado su éxito intelectual, el modo en que su crítica fue eficaz bocanada de cambios para construir un país distinto al asfixiante estado priista? ¿Son Krauze y sus amigos víctimas de su éxito?   ¿En esta historia controvertida debemos meter y subrayar el papel de pasiones humanas como el odio, la envidia, la arrogancia intelectual y la intolerancia moral, tan típicas de la política de los países latinos? ¿A la larga, los teólogos de la revolución y sus sucedáneos están ufanos porque con el triunfo de AMLO esa camarilla quedó finalmente en el lugar que le pertenece, el “basurero de la historia”?

Me parece que la defensa del derecho al disenso, a la duda, a la exigencia de evidencias, a la demanda de profesionalidad periodística, es el aspecto que más nos debe importar a los ciudadanos sobre este escándalo de conspiradores, de campañas negras y de noticias falsas, que se ha quedado en la esfera de los supuestos. Proyectos culturales como Letras Libres, Nexos y otros van a vivir una prueba de la que, por el bien de todos, deben salir avante: no declinar en su vocación crítica pese a la intolerancia reinante, y mantener en la nómina a viejos y nuevos críticos, a escépticos informados, a periodistas rigurosos que nos permitan a los lectores tener elementos claros para interpretar la realidad. Y eso es lo que a mi juicio está en riesgo con el linchamiento de Enrique Krauze, quien por cierto, no tenía la menor necesidad de denunciar lo que a su juicio es el riesgo para México del político tabasqueño en el poder. Apenas en marzo de 2018, cuando se tejía la fantástica conjura, publicó un texto que será capital en los años de prueba en que estamos ya inmersos: El pueblo soy yo. Lo hizo abiertamente, ¿para qué hacerlo de manera oculta?

“Nací en 1947, en México, en el seno de una familia judía mermada (como casi todas) por la barbarie nazi. En mi adolescencia, mi abuelo paterno  -horrorizado ante las cenizas de su propio sueño de juventud- me desengañó del socialismo revolucionario: asesinatos masivos, hambrunas provocadas, juicios sumarios, el gulag […]”, señala en la introducción del libro, para explicar su proclividad personal contra el autoritarismo.

Y explícitamente alude al caso López Obrador: “…para México, donde se perfila el posible triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones de julio de 2018, la inclusión del ensayo El mesías tropical es un llamado, en el sentido más grave del término. Lo publiqué en 2006 y lo incluyo ahora, sin cambiar una coma, porque ninguna coma ha cambiado él de su actitud redentora: él mismo se ha definido como ‘salvador de México’. Creo que, de triunfar, usará su carisma para prometer la vuelta de un orden arcádico (o el advenimiento de un orden utópico) y con ese poder acumulado, habiendo llegado gracias a la democracia, buscará corroer su tronco desde dentro, dominando las instituciones, desvirtuando las leyes, acotando las libertades…”.

¿De verdad necesitaba Krauze de un aparato conspirador para difundir las ideas que siempre ha enarbolado? ¿No se trata de disfrazar con un oportuno caso de conspiración e ilegalidad un pleito que es real, pero en todo caso, es ideológico, y que se debería hacer en buena lid en las páginas de los periódicos y las revistas y en los espacios de debate en la televisión y la radio? ¿Es tal el temor al presunto mercader de ideas corrupto pero que por algún sortilegio neoliberal no se corrompe con los buenos, como para convertir en la mayor prioridad la destrucción de su imagen, y no el promover un diálogo intelectual que demuestre sus yerros y sus apreciaciones simplificadoras e incluso sus falacias históricas, que es de lo que se le suele acusar? Lo siento, no me trago esa historia de buenos y malos. Espero que haya Enrique Krauze para mucho rato, lo mismo que voces nuevas, voces viejas, voces imprudentes y voces maduras. Es que “el caos es la música de la democracia”, dijo alguna vez, memorablemente, el periodista argentino Andrés Oppenheimer. No busquemos que se haga silencio. 

Volvemos a la historia como deidad, en mayúscula. La Historia. Todos apelan a su veredicto, pero la realidad es, y Krauze lo sabe bien, que el oficio de historiar suele ser provisional y bajo constante revisión, incluso en asuntos milenarios. ¿Alguien ha leído los matices a la demonizada figura de Nerón que ofrece un famoso libro de Edward Champlin, casi dos mil años después? Más cerca de nosotros, el joven guerrillero Fidel Castro, tras su detención y proceso por la toma del cuartel de Moncada, en 1953, formuló su profecía personal: “la historia me absolverá”. 66 años después, la veleidosa diosa no parece inclinarse a convertir esta potente frase de tintes bíblicos en una verdad incontrovertible. Ese rasero cargado de ambigüedad también llegará para los protagonistas de México de hoy, que ambicionan, como pocos, a priori, justamente un ser histórico trascendente, bajo la pomposa leyenda de la “Cuarta Transformación”.

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