Hay muertos que no saben callar

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Me parece que lo que hicieron en la rotonda no es justo. Eso de secuestrar a los muertos ilustres y a los sin lustre y ponerlos juntos haciendo una ruedita en una glorieta, con un túmulo de cantera -que por cierto es una obra inconclusa como los arcos del Milenio-, me parece lamentable y penoso por donde se vea.

¿De qué diablos van a hablar José Clemente Orozco y Heliodoro Hernández (nuestro Fidel Velázquez región cuatro) o Irene Robledo?

¿Cómo se atreven a poner a Fray Antonio Alcalde a convivir con el General García Barragán y al hacer esto compararlos y elevarlos a la categoría de iguales?

Hay a quienes ni la muerte iguala. No me parece, ni me ha parecido nunca que el decoroso descanso de los ilustres se vea acompañado de la osamenta impresentable de los infames, por meras razones politiqueras de los vivos.

La rotonda esa pues me da asco.

Pero el martes pasó algo que la reivindicó a mis ojos.

Porque si bien al Fraile de la Calavera, por mencionar a un ilustre, le robaron todo cuando ya no podía decir nada y Orozco tenía que mantener el rostro mustio frente a la gentuza que jamás hubiera procurado en vida y que los armonizadores sociales sonreían demostrando que la muerte había dado triunfo a los infames, algo cambió.

El escultor Alfredo López Casanova se atrevió a poner en la estatua de Alcalde palabras que hablan por los desaparecidos y el Fraile otra vez habla por los que no pueden. Algunos se quejaron porque el hecho violentaba la memoria del ilustre pero veamos que cosas realmente han pisoteado su recuerdo en nuestra historia:

El gobierno de Guadalajara, en la administración pasada le robó sus jardines, inventándose unos bodrios irrespetuosos de la dignidad del pasado. Y de ese modo, lo que debería ser un espacio para la herbolaria, para el uso de las plantas medicinales o qué se yo, un laboratorio o lo que sea que siguiera en la línea de ese espíritu, es hoy una capirotada de imbecilidades arquitectónicas con duchas que ni sirven y eso sí que es un insulto a la memoria.

Le robaron también a Fray Antonio Alcalde el derecho a hacer el bien a perpetuidad fundado en sus ideas cuando las casas cuyas rentas debían sostener al hospital civil dejaron de existir y los dineros del hospital acabaron en los bolsillos de hombres como Heliodoro Hernández Loza, el armonizador social cuyos huesos yo imagino hasta hace unos días más muertos de la risa que de muerte. Una risa pútrida y odiosa, acompañada de la sangre que eternamente emanan las manos del inaceptable Marcelino García Barragán. Nuestros próceres son un asesino y un bandido.

¿De qué hablarían, pienso, El doctor ATL y García Barragán?

-Yo era un pintor y una especie de místico cuyos lienzos con volcanes hacen palidecer de emoción hasta a los enamorados.

– Ah, mira tú, yo maté un chingo de gente y tus lienzos no sonrojan a los asesinos.

Hey, contestaría Eliodoro, yo robaba cuotas sindicales para hacer casas y tampoco me importaron nunca tus muralitos.

– ¿Dices que eres pintor?, contestaría Barragán. ¿Tendrás en tu paleta el color del chicle bola rosa? Es que el cajón donde descansan mis restos, bueno menos los pedazos que unos señores que quién sabe que entienden por arte convirtieron en anillo, tiene un color muy lúgubre y me gustaría darle un poco de mi toque.

– Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?, preguntaría Arreola.

La glorieta de los Jaliscienses sin lustre, es una demostración de los alcances que tienen los políticos que hacen politiquería hasta con la historia y acaban metiendo a los amigos de grupos de poder a lo más cercano que teníamos al cielo de los laicos y mezcló a los ilustres con los infames y ahora es la glorieta de los asesinos, los pintores, los sindicalistas charros y los colados.

¿Les preocupa, en serio, que un escultor haya escondido mensajes sobre tres estudiantes disueltos en ácido en la estatua de Fray Antonio Alcalde? ¿Les parece que ése y no el hecho de las desapariciones es lo que hay que ver aquí?

¿Qué diría Alcalde de los asesinatos? ¿De los cuerpos embolsados? ¿De las torres ilegales?

¿Se imaginan al Fraile de la Calavera ahí parado, mudo y conforme con la detestable farsa que es la glorieta de los y las Jaliscienses mal barajados?

Yo creo que hubiera tenido unas ganas tremendas de gritar, señalar la condenada indignación y levantar la voz.

Este poder de indignar a los indignos fue el que le concedió al Fraile el escultor al poner en su obra un grito silencioso que hoy sonroja a Heliodoro Hernández y avergüenza aún más la memoria del asesino García Barragán, recordándole que él también derramó sangre inocente.

Hoy los avergonzados son los que nunca debieron estar en la rotonda.

Hoy los ilustres han hablado.

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