Vivir o morir, un azar…

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La descomposición de nuestra sociedad es muy grave. Iba a escribir: “alcanzó niveles alarmantes”, pero no es cierto. Ya nadie se alarma por los constantes actos criminales que se adueñaron de nuestra cotidianidad. Tal vez, en algún momento, sí hubo cierta alarma, pero actuaron todos los mecanismos de normalización y el horror, el espanto que podrían provocar los miles de asesinatos, se desdibujaron y se convirtieron en parte del paisaje de nuestra vida.

Tal vez sean formas de defensa, como afirma algunos; recursos que tiene el ser humano para sobrevivir en la peor adversidad. Quienes se dedican a estudiar la vida y la muerte en los campos de exterminio nazi, se esfuerzan por desmontar esos mecanismos para analizar su funcionamiento: mujeres y hombres en espera de una muerte segura, inmediata, aferrados a la vida, tratando de llevar su vida como si no estuviera pasando nada, o nada grave.

Georgio Agamben, el filósofo italiano, asegura que en nuestras sociedades actuales, vivimos en un campo de extermino. Atrapados, sin opciones, inmersos en un sistema que administra la vida y la muerte como administra el alumbrado público, el agua , los turnos para la seguridad social.

Vivir o morir se convirtió en un frágil juego de azar: “estaban en el peor lugar y en el peor momento”, dice el fiscal frente a un acto criminal. Los actos criminales dejaron de ser una espantosa excepción, para convertirse en un elemento determinante de nuestras vidas. Como en los campos de exterminios, todos estamos expuestos, sólo hay que esperar el momento en que nos toque ser el próximo. El azar  poco a poco desaparece para convertirse en certeza.

Ahí es en donde la biopolítica se convierte en necropolítica. El Estado ya no administra la vida, al no poder garantizarla, sin presentar otras opciones, se convierte en el burocrático administrador de la muerte.

El derecho se convierte en criminalística, la medicina en forense, la justicia en verdugo. Se planifica un mayor crecimiento de morgues, de “panteones forenses”. El futuro es fácil de predecir, lo complejo, lo sorpresivo, lo ya no deseado por las autoridades del Estado, sería una disminución drástica del numero de muertos. No nos estamos preparando para eso.

El no hacer planes tomando como variable principal el crecimiento exponencial del número de asesinatos, sería visto como un acto de negligencia.

No hay vuelta atrás, la necropolítica llegó para quedarse. Le toca al Estado proporcionar los medios y mecanismos para mantenerla. Y mantenerse. Son estados que cuando se acaben las muertes violentas, perderán su función como tales.

Como los campos de exterminio nazis. Con una diferencia: el número de asesinatos planeado por los generales del Tercer Reich era, en teoría, finito. Se “limitaba” a una “limpieza” étnica, ideológica, sexual, sanitaria. En la situación actual de violencia que vivimos, el número de asesinatos no tiene un fin establecido. Nunca sabremos si cinco mil muertes al año son suficiente, o si se requieran diez o veinte mil para alcanzar un tipo de meta fijada por lo que nos quieren hacer ver como una mano invisible.

Por eso al Estado ya no le preocupan los asesinatos ni las desapariciones. Le interesan las cifras como instrumento para medir su permanencia. Al Estado ya no le importa quién es criminal y quién no. Como en el campo de exterminio, de alguna manera todos somos culpables. El Estado solo necesita de pacientes, de eficientes Heichmans que cumplan con su función de organizar la muerte.

Para los nazis, todo lo que sucediera fuera de la raza aria, era simplemente un asunto “entre ellos”.

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