ESTANCAMIENTO Y DESACUERDOS

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El Brexit se estancó por completo en un desacuerdo sobre cómo gestionar el comercio y la libertad de movimiento a través de la frontera terrestre de Reino Unido con Irlanda, el llamado backstop o salvaguarda irlandesa.Irónicamente, son los partidarios del Brexit los que ayudaron a que Reino Unido no salga de la Unión Europea UE a tiempo.Ellos creen que el acuerdo alcanzado por la primera ministra Theresa May hace demasiadas concesiones y por eso ayudaron repetidamente a que no consiguiera los votos necesarios para aprobarlo.

Ahora, el Brexit se ha retrasado como mínimo hasta el 12 de abril.

La Cámara de los Comunes recientemente votó ocho formas posibles de salir de la crisis y las rechazó a todas.

Lo intentarán nuevamente la próxima semana, pero no hay una salida obvia a la crisis del Brexit en Reino Unido.

Los turistas europeos que viajaron a Londres en el verano de 2015 sabían que todos los precios en libras subían bastante cuando los convertían a euros. En junio de ese año, la divisa británica llegó a cambiarse por 1.41 euros. Desde entonces, un tornado ha dejado a la libra temblando y la ha llegado a situar prácticamente al mismo nivel que la divisa comunitaria.

Ese tornado ha sido el Brexit, un proceso que, aunque aún esté lejos de darse por concluido, en lo que va de año no está castigando tan duramente a la divisa británica, en la esperanza de una salida pactada. Tras desplomarse cerca de un 15% desde la celebración del referendum hace casi tres años hasta finales del 2018, el nuevo año ha supuesto un cambio de rumbo para la libra, que se anota un alza del 4.5% frente al euro.

El tipo de cambio (una libra equivale hoy a unos 1.16 euros) está aún lejos de aquellos años en los que David Cameron aún no había puesto sobre la mesa la convocatoria de un referéndum para que Reino Unido abandonase la Unión Europea. Sin embargo, estas turbulencias en la divisa no se traducen necesariamente en que la capital británica sea un destino más barato para el viajero europeo.

Un turista que viaje ahora a Londres tendrá más libras en su cartera, pero no podrá comprar más cosas con ellas o comer en los restaurantes de precios prohibitivos de la capital británica.

Además, la depreciación de la libra ha tenido un gran impacto sobre los precios de Reino Unido. Al elevarse el costo de las importaciones, también lo ha hecho la inflación. Tras el referéndum del 23 de junio de 2016, el índice de precios al consumo (IPC) del país se disparó. Ese año concluyó con una inflación acumulada del 1.6%, la más alta desde 2014, y es que en los últimos seis meses de 2016, es decir, después de la votación, la tasa de inflación se triplicó desde el incremento interanual del 0.5% registrado en el mes de junio.

La tendencia continuó en 2017, cuando los precios se elevaron un 2.9%, y en 2018, aunque en menor medida: los precios subieron un 2.1% el año pasado. Con el nuevo año, la apreciación de la libra ha traído la calma en este sentido y en enero, el Banco de Inglaterra logró su objetivo de situar la inflación por debajo del 2%.

Muestra de todos estos datos es el hecho de que los turistas que viajen ahora a Reino Unido verán que los precios han caído respecto a antes de 2016, pero se han encarecido un 5% en el último año.

Sin embargo, hay un sector que se ha salvado de esta subida generalizada de los precios. Hay una situación permanente de rebajas en las tiendas ya que a pesar de que las ventas se han mantenido en niveles elevados, la realidad es que los británicos miran más lo que gastan y el transito de europeos es menor.

Sin embargo, la incertidumbre generada en torno a la salida de la Unión Europea y la forma definitiva en qué se hará ha beneficiado a los extranjeros que llegan a Reino Unido a trabajar o estudiar. Los precios de la vivienda han bajado como consecuencia del Brexit, no obstante, la oferta laboral se ha reducido y prácticamente solo hay vacantes en el sector servicios.

 

Esta ha sido la situación hasta ahora, pero el Brexit no ha terminado. Reino Unido no se pone de acuerdo en cómo saldrá de la Unión Europea ni cuándo lo hará, por lo que la libra podría seguir sufriendo en los próximos meses. Los expertos consideran, no obstante, que el mercado ya da por descontado un Brexit suave, por lo que la divisa británica se mantendrá en niveles estables y difícilmente superará los 1.17 euros –niveles cercanos a los que se encuentra la moneda–, según las previsiones de analistas. De hecho, según refieren algunos estudios, el riesgo de que finalmente se produzca un Brexit duro se reduce a un 30%.

 

El Parlamento británico volvió a rechazar el viernes el pacto de Theresa May con Bruselas pero antes del 12 de abril aún hay tiempo para evitar un Brexit duro y lograr esta vez una prórroga larga de hasta un año, lo que proporcionará estabilidad a la divisa británica e incluso una apreciación respecto al euro.

 

Sea cual sea el resultado del proceso, el Banco de Inglaterra tiene margen de maniobra para defender a la libra, por lo que no permitirá que su depreciación continúe por mucho tiempo, e incluso, si se produjera una salida sin acuerdo de la Unión Europea, tanto el banco central británico como el Gobierno del país impulsarían medidas de fiscales y monetarias para estimular la economía y proteger la libra.

 

A pesar de que el mercado dé por hecho una salida de Reino Unido de la Unión Europea con un acuerdo de por medio, lo que permitiría a la libra recuperar gran parte de lo perdido, los inversores prefieren no exponerse a la divisa británica.

Los inversionistas tienen poco interés en la libra y prefieren esperar a ver cuál es finalmente la solución política.

 

Aunque el mercado confía en que no habrá una ruptura unilateral desde Londres, aún existe la posibilidad de que el proceso se retrase y haya una convocatoria de elecciones de por medio, lo que podría dar la victoria al partido laborista, que no cuenta con el apoyo del mercado debido a su gran intervencionismo económico, o a un mayor poder de los brexiters más radicales, lo que aumentaría la posibilidad de una salida sin acuerdo. En esta situación, durante el periodo previo a los comicios, la libra podría situarse en niveles de 1.10 euros, cerca de los mínimos alcanzados desde el referéndum de junio de 2016.

La petición lanzada en internet para cancelar el brexit con la revocación del artículo 50 del Tratado de Lisboa ha superado este domingo los seis millones de firmas, con lo que se convierte en la demanda popular más votada en el Reino Unido.

En cumplimiento de la normativa vigente, la petición, impulsada por la británica Margaret Anne Georgiadou en el portal de peticiones al Gobierno y al Parlamento, será debatida este lunes por los diputados, si bien se trata de un acto simbólico al no haber votación al respecto.

En su respuesta a los firmantes, el Ejecutivo ya señaló hace unos días que no tiene ninguna intención de revocar el artículo 50, cuya activación el 29 de marzo de 2017 inició dos años de negociaciones con Bruselas para la salida de este país de la Unión Europea UE.

El Reino Unido debía salir del bloque europeo el pasado viernes, 29 de marzo, pero finalmente pidió una prórroga del plazo debido a que la Cámara de los Comunes aún no ha aprobado un acuerdo de salida.

En 2016, una petición que pedía celebrar un segundo referéndum, tras el que dio la victoria al brexit el 23 de junio de ese año, reunió 4.2 millones de firmas.

Una demanda al Gobierno en 2017 para detener la visita al Reino Unido del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, recabó a su vez 1.9 millones de firmas, si bien tuvo que pararse antes de plazo por la celebración de elecciones anticipadas.

Una de las razones del actual bloqueo en el Parlamento británico es que ninguna de las múltiples facciones parece creer de verdad que Reino Unido esté al borde de caer por un precipicio ante la proximidad del 12 de abril, fecha para implementar el Brexit.

La primera ministra Theresa May y sus partidarios todavía no dan por derrotado el plan de salida de la Unión Europea (UE), y no hay que descartar que vuelva a intentar su aprobación en los próximos días.

Los euroescépticos más radicales no apoyan a May porque todavía aspiran a un Brexit sin acuerdo pero “gestionado”, es decir, negociando miniacuerdos con Bruselas para mantener el flujo de personas y mercancías entre las dos partes.

Los pro-europeos moderados ven una oportunidad de forzar un Brexit más blando, dejando a Reino Unido dentro de la unión aduanera y quizá el mercado común.

Los partidarios de dar marcha atrás al proceso siguen soñando con un segundo referéndum o revocar la petición de salida de la UE.

El líder laborista Jeremy Corbyn y sus adeptos creen que la convulsión pueden llevar a unas elecciones generales, donde el castigo a los conservadores les llevará a Downing Street.

Y a los unionistas irlandeses solo les preocupa que, con Brexit o sin él, la relación económica y regulatoria entre el Ulster y el resto de Reino Unido no se vea dañada.

Casar esos intereses para alcanzar una mayoría en la Cámara de los Comunes ha sido imposible hasta ahora. Quizá una de las pocas cosas que une a todos es que piensan que en Bruselas los partidos duran hasta el último minuto, y los ultimátum de la Comisión caen en saco roto. Todo ello explica que el pasado miércoles ninguna de las ocho opciones alternativas presentadas desde distintos ángulos de la Cámara alcanzara una mayoría, pese a la cercanía de la fecha límite.

El lunes, 1 de abril, habrá un nuevo intento de clarificar el proceso, ya que diputados de varios partidos están tratando de combinar las mociones que tuvieron más apoyos en la sesión del miércoles para que vuelvan a ser votadas. El plan que tiene más posibilidades de victoria es el de dejar a Reino Unido dentro de la unión aduanera, algo que defienden los laboristas y algunos conservadores. Los euroescépticos lo odian, ya que Londres debería en este escenario seguir la política comercial de la UE y sus tarifas de importación, sin poder firmar sus propios tratados. Curiosamente, el Partido Unionista Democrático DUP podría ver bien esa opción, ya que tanto el Ulster como Gran Bretaña tendrían la misma relación con la UE y no se crearía una “frontera” en el Mar de Irlanda ni dentro de la isla, con la República.

Además, para atraer a nacionalistas escoceses y liberal-demócratas, el plan podría incluir un posterior referéndum para elegir entre ese Brexit blando o seguir en la UE.

El problema es que esta idea choca con May, que quiere una política comercial independiente para Reino Unido y se niega a otro plebiscito. Si el Parlamento aprobara una moción en ese sentido, May podría negarse a ejecutarla al ser una votación no vinculante, creando una grave crisis institucional. Los expertos creen que unas elecciones generales serían la única forma de resolver ese choque entre los poderes ejecutivo y legislativo, lo que a su vez requeriría pedir a Bruselas un retraso del Brexit.

Pero vista la resistencia de May a todos los reveses de los últimos dos años, no puede descartarse que la primera ministra vuelva a la carga con su tratado de salida en las próximas semanas, especialmente si el Parlamento no ofrece otra alternativa. John Bercow, presidente del Parlamento, ya le ha advertido de que no puede seguir presentando el mismo documento a votación, algo que ya resolvió presentando solo una parte de los documentos negociados con la UE. De cara a la próxima intentona, podría introducir cambios en la “declaración política” sobre la futura relación con la UE.

Otra opción es que organice una última etapa entre su plan y el que tenga más apoyo en los Comunes en las votaciones del 1 de abril. Los diputados tendrían que elegir el martes 2 de abril entre ambas alternativas. May cree que, entre su plan y el Brexit más blando que quiere buena parte de la oposición, los conservadores euroescépticos que hasta ahora no le apoyan votarán a favor.

Si quiere atraer a los laboristas, podría cambiar el paso y prometer la permanencia en la unión aduanera, aunque esto le restaría votos por el lado euroescéptico. Otros creen que, simplemente, May dejará correr el reloj para forzar una votación a vida o muerte sobre su pacto el 8 o 9 de abril, antes de la cumbre europea del 10 de abril previa a la fecha del Brexit, en la que los otro 27 estados miembros deberán decidir si dejan caer a Reino Unido por el precipicio o dan una larga extensión a Londres para repensar el proceso.

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