Graf frente a Alfaro y AMLO, un alto riesgo

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“Ninguna consideración debe ser nunca tan poderosa, que aparte a un hombre honrado de su deber”.

Federico El Grande, rey de Prusia. Refutaciones de El Príncipe, de Maquiavelo

Sergio Graf Montero tiene todas las credenciales técnicas, la experiencia dilatada y la estatura ética para presidir la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Territorial (Semadet) de Jalisco. La gran pregunta es si podemos agregar a esto el respaldo adecuado para hacer frente al desafío ambiental que le toca manejar, que es formidable: apenas hace unos días, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), al dar a conocer por Estado el índice de capital natural (ICN) del país, ubicó a Jalisco entre el grupo de las entidades “en riesgo” de que sus modelos económicos trastoquen el equilibrio de las especies, en cuya riqueza, Jalisco ostenta nada menos que sexto lugar nacional.

La duda es pertinente, ante la precariedad emocional que exhibe con frecuencia su jefe, el Gobernador Enrique Alfaro Ramírez, quien no solamente es un ejemplar típico del gobernante autoritario que escucha poco y reconoce menos, sino que, a pesar de la gran irritación que le produce la mera mención del tema, no puede negar la cruz de su parroquia: las ligas, por apellido o por padrinazgo político, con algunas de las firmas que en la actualidad más impacto ambiental provocan, sobre todo, en el ámbito del desarrollo urbano.

Sin embargo, en comparación con su predecesor, Aristóteles Sandoval Díaz, Alfaro tiene una ventaja notable: su autoritarismo no admite que los colaboradores se vayan por rutas alternas. Lo que distinguió al anterior mandatario, reconocido como abierto a escuchar y que con el tiempo se convirtió en una especie de balanza de equilibrio para su heterogéneo y a veces enfrentado gabinete, fue justamente la tendencia a administrar lo problemas, y no a resolverlos.

El caso de la presa El Zapotillo es el más emblemático: empezó como un tuit con una promesa que después de casi cinco años, no pudo sostener.

El costo electoral de este tipo de tibiezas fue aplastante para el tricolor en Jalisco, más allá de las buenas cuentas que Sandoval entregó en muchos rubros.

Alfaro se vende bien como un tipo que toma decisiones. El lado verdadero de esta mercadotecnia es que cuando asume una línea de trabajo, es complicado que se mueva, y hay un par de demostraciones de esto: en cosa de semanas se decidió por reabrir el expediente fallido de la nueva verificación vehicular, su Secretario trabajó con sigilo el tema de las renovaciones de los talleres que operaban el programa saliente para dejarlas sin materia legal, se afinaron algunos detalles del proyecto y se lanzó, acabado, a la opinión pública. Va porque va, y eso es una novedad importante que si se sostiene, le ganará reconocimiento.

Un segundo ejemplo es la decisión de fortalecer el gasto para el bosque La Primavera, que por primera vez tiene dinero para algo más que sueldos.

Sergio Graf.

Si a esto agregamos la contrastante personalidad de Graf Montero, quien es conciliador natural, busca puntos de coincidencia y no de diferencia, dialoga mucho pero sin perder de vista las prioridades, la fórmula podría derivar en éxitos importantes. Pero el titular de la Semadet deberá toparse con esas torres vistosas de la iglesia inmobiliaria, y muchos de sus más prominentes obispos gozan de los afectos del mandatario.

La ambigua relación de Alfaro con los empresarios del ramo durante sus alcaldías en Tlajomulco y Guadalajara no se puede pasar por alto: el discurso oficial era de legalidad al tope, de ajustar cuentas con el pasado de corrupción (¿dónde hemos oído eso?) de ordenar el desastre. En los hechos, lo que se ajustó fue la ley para convertir en regular y legal lo que violaba los planes parciales (el caso de las torres chuecas enderezadas es emblemático). Por si fuera poco, en Guadalajara mostró una cara desconocida en su anterior gestión municipal: poner a disposición de negocios privados bienes inmuebles públicos. No sólo no echó abajo el negocio de Puerta Guadalajara transformado a Iconia en la zona de Huentitán (después de intentos fallidos por seducir a los líderes vecinales con obras a cambio de su anuencia), sino que inventó una torcida dialéctica para asegurar que las donaciones de espacios que eran de uso público, y de área verde (remeber el predio público adyacente al parque El Deán cuyo uso de suelo era área verde y que cedió a la inmobiliaria de su recolector de basuras, la poderosa Caabsa Eagle, para llenar de departamentos el espacio), en realidad eran para inducir la densificación de la ciudad. Para el caso del complejo de edificios públicos de la zona de La Normal (UdeG-gobierno del estado), el pretexto fue más simple: la solicitud de cambiar las clasificaciones fueron de Aristóteles Sandoval y de Raúl Padilla, y no del gobierno de la “noble y leal ciudad”.

Ante todo esto, la tibieza ya referida de Sandoval hizo mancuerna ideal. Fuertemente presionado por Alfaro, el entonces Gobernador exigió a la anterior titular de la Semadet, Magdalena Ruiz, que renunciara a dictaminar los planes parciales polémicos, como lo marca la reforma de la Ley de Asentamientos Humanos (bajo el tecnicismo de que entró en vigor después de terminados los planes parciales)  y eliminó, de momento, la piedrita en el zapato. Pero con Graf ese “tecnicismo” no aplicará. Cualquier renovación de planes requiere de un trabajo por parte de la Semadet, a menos que la ley se reforme. Sería cinismo, pero el ejemplo que llega desde palacio nacional no es otro: si es ilegal, reformemos la ley y legalicemos. La experiencia de las torres ya sentó precedentes. ¿Acaso no se busca la refundación de Jalisco?

Las inmobiliarias poderosas de Guadalajara tienen ligas con el gobernador.

Tierra y Armonía, que edifica en la zona de El Nixticuil, en Puerta Sur y en el Cerro del Cuatro, es de sus primos hermanos; GyG, de Raymundo Gómez Flores (su padrino político, a confesión del mismo Alfaro). A través de esta intimidad otras relaciones florecen: por ejemplo, el cuestionado desarrollo de Santa Anita Hills, de José Manuel Gómez Vázquez Aldana, recibió licencias de su gobierno en Tlajomulco y de su sucesor, Ismael del Toro. Tampoco se pueden pasar por alto los vínculos propios del alcalde de Zapopan, Pablo Lemus , quien no sólo impuso dos “centralidades” en zona rural en la zona de Colotlán para favorecer al capital inmobiliario (al que ofreció infraestructura para hacer un nuevo Tlajomulco, pero “ordenado”, en la zona norte de Zapopan), sino que durante sus casi cuatro años de mandato, ha permitido la casi total invasión de todo el territorio colindante al bosque El Nixticuil. “Las licencias las dieron los de atrás”, es la disculpa constante. No olvidemos el caso Zapotlanejo, absurdamente incorporado al área metropolitana por impulso de Alfaro, y donde el núcleo inmobiliario suspira por infraestructura para meter medio millón de personas en una zona llamada pomposamente “Valle de Santiago”, justo al otro lado del cañón de 500 metros que separa a Guadalajara de Los Altos.

Fuera de Guadalajara, esos intereses tendrán mucho que ver con el desarrollo de infraestructura que es potencialmente agresiva para el ambiente: el libramiento de Puerto Vallarta, por ejemplo. La terminación de la carretera Talpa-Llano Grande-Tomatlán, para allanar el arribo a Chalacatepec, el cuestionado megadesarrollo del Instituto de Pensiones y socios, desde Guadalajara. Esta la agresiva urbanización de la ribera norte de Chapala, y los mismos negocios inmobiliarios que han trastocado el paisaje de Puerto Vallarta. Verdaderos desafíos para el titular de la Semadet.

Añadamos el expediente federal. Aunque hay una buena relación con la secretaría del ramo, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no tiene en realidad interés en el tema: el presupuesto que se ejerce en 2019 es apenas 30 por ciento del que se ejercía en 2014, y se están desmontando las áreas técnicas de la Comisión Nacional Forestal y de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. Eso obligará a hacer milagros con el gasto estatal, y los retos que plantea la deforestación ilegal, la expansión de la frontera aguacatera, la prevención y combate de incendios, el ascenso de las plagas forestales y agrícolas, la enorme contaminación del agua y del aire, difícilmente se paliarán con el gasto estatal, y con las habilidades de conocimiento y negociación del ex director de la reserva de la biosfera Sierra de Manantlán. ¿Y acaso hemos olvidado que AMLO, contradictorio como él solo, quiere que crezca la minería aunque sea a costa de los bienes naturales? Es verdad que no autorizó la mina Los Cardones en Baja California Sur, pero, ¿es un premio de consolación al vapuleado ambientalismo fifí, o será golondrina que hará verano?

En tiempos de nacionalismo y localismos exacerbados y de cortoplacistas, no hay espacio para una preservación medioambiental seria porque ésta solo es posible en el largo plazo, y sobre todo, porque trasciende las fronteras políticas. El cambio climático ya pega y no parece que la coyuntura política favorezca hacerle frente. Se ve, se siente, parece que se escucha, pero es indeterminado, es difícil de visibilizar para el ojo no entrenado, y bien puede ser parte de esa odiosa agenda neoliberal que pretende sacrificar el desarrollo de los “del sur”, una “genial impostura” del gran capital, como gritan los bolsonaros, los maduros, los ortegas, los orban, los putines… y los trumps, desde la misma sede del mal, Washington DC.

Como tampoco el libre mercado sirve por sí solo para resolver el grave problema ambiental, lo ideal sería ese intervencionismo estatal moderado y saludable que impone límites a los negocios e internaliza costos ambientales en sus cuentas, que cobra impuestos y los utiliza para bienes públicos, que promueve pequeñas empresas y fortalece iniciativas ciudadanas, que asegura bienes ambientales que son base del desarrollo, además de la tarea de alcanzar la contención del delito, uno de los azotes más odiosos del Jalisco y el México actuales.

Si Sergio Graf Montero termina los seis años de Alfaro, será porque se alinearon circunstancias que permitieron alcanzar ese tipo de intervenciones. Pero el conflicto tarde o temprano estallará. Y veremos si el autoritario Alfaro se exhibe como verdadero hombre de estado o su agresividad sólo es careta que esconde, como muchos de sus críticos sospechan, la búsqueda de aplauso fácil y del favor de los poderosos de esta tierra.

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