La puerta falsa del nacionalismo

739
0
Compartir

“De la madera torcida de la humanidad no se ha hecho jamás nada recto”, Emmanuel Kant.

Un viejo fantasma recorre de nuevo el mundo: el fantasma del nacionalismo. Por las calles, los cafés y las oficinas de gobierno de Moscú, Varsovia, Praga, Barcelona, Londres, Glasgow, Washington, Caracas, Brasilia, y a últimas fechas, por las ciudades y pueblos del territorio mexicano, se respira un viento cálido, de aromas dulces y turbios, que es para muchos, esperanzador: la pretensión de que los autóctonos puedan recuperar el control de los procesos económicos y sociales, que les arrancó a los países la globalización. ¿Es de verdad un sueño sensato?

Por primera vez somos contemporáneos de todos los hombres, decía Octavio Paz hace cinco décadas. El poeta también pensó que por primera vez somos integrantes de una misma civilización, con todos sus desniveles. Los frutos del intercambio llegan a todos los rincones del planeta, independientemente de cuáles sean las sedes de la innovación. El conocimiento y la tecnología se expanden, pero también, los valores que nacieron con las revoluciones del siglo XVIII, los derechos del hombre y del ciudadano, desarrollados al máximo para atender todos los recovecos de la diferencia: mujeres, supuesta minoría que es la verdadera mayoría de la humanidad; minorías sexuales, políticas, religiosas; los niños; las especies no humanas: los animales inocentes y los vegetales “sintientes”; Gaia, “el planeta vivo”. Usted amplíe la lista sin fin.

Los humanos de hoy somos el límite de las nociones de libertad e igualdad que empujaron las grandes revoluciones llamadas “burguesas” -porque marcaron el rompimiento de los privilegios de la nobleza “de sangre” y en los hechos, generaron los del dinero, pero que en sus escritos más radicales contienen el semillero contradictorio de los experimentos de sociedad más profundos en que se afanó el siglo XX-. En esa marea de ideas subversivas nacen prácticamente todos los contras políticos que se han disputado el mundo y las conciencias de la modernidad. Y por caminos insospechados. Por ejemplo, el romanticismo, esa rebelión de los sentimientos, también cultiva ideas y mitos comunitarios, recrea un pasado inventado y tradiciones excluyentes que contradicen el sueño liberal de la Ilustración.  Es la cuna del nacionalismo, esa doctrina política posterior a la invención de los estados-nación por las monarquías europeas que empiezan a agonizar lentamente tras los estertores de Watterloo .

Como la historia no es un discurso uniforme, sino con frecuencia, el estudio de cómo se desenvuelven, colisionan y se suceden sistemas contradictorios, al “fuste torcido” (Isaiah Berlin) del nacionalismo le toca adaptarse al poderoso influjo del liberalismo y el capitalismo globalizante, que encuentran un triunfante vehículo de expansión en los grandes imperios coloniales con sus estructuras de linaje antiguo, pues de facto, significan un espacio común de expansión accidentada de ideas afines a la mundialización como en su momento el imperio romano. Pero en el mismo seno del Imperio Británico, el galo, el ruso o la Roma americana, brotan las justificaciones de las naciones imperialistas. Esa potente necesidad de legitimación es la oportunidad de que en las estructuras universales previas a la primera guerra mundial exista un fuerte sentimiento primario del amor a la tribu, a la aldea, a la ciudad homogéneas, recelosas de lo extranjero y lo exótico, que coexiste con la agresiva industrialización, con el levantamiento de estructuras financieras trasnacionales y con un comercio de escala global que obliga a los diferentes a mirarse cara a cara, y a veces, a humanizar sus ideas acerca del otro. El caso particular de los Estados Unidos es el más llamativo: será la potencia dominante desde el tratado de Versalles, en 1919, pero el litigio de sus intereses extraterritoriales frecuentemente debe sacudirse el freno que le ponen de sus nacionalistas y el amor por el aislacionismo de la que es, paradójicamente, la más universal de las comunidades históricas modernas, nutrida de migrantes de todas las latitudes y extremos planetarios. Remember el origen alemán de los Trump, el kenyano de los Obama, el mexicanismo de las cónyuges Bush, por hablar solo de quienes han detentado la verdadera presidencia imperial, en las últimas décadas.

Un mundo romantizado, donde las hazañas fundacionales de héroes semihistóricos legitiman sueños de nación propia, más que la doctrina radical de igualdad y estado que es el comunismo exportado por los, por otro lado, muy buenos nacionalistas rusos del soviet de Moscú, será la catapulta que haga estallar los viejos imperios. Después de 1945, más allá de la Guerra Fría entre estados “socialistas científicos” y naciones capitalistas, todas ganadoras de la segunda conflagración universal contra el nazismo y el fascismo, el mundo se transforma con la emergencia de estados que pretenden ser naciones genuinas más allá de la historia, y cuya trayectoria de casi 80 años a la fecha es múltiple.

La caída del muro de Berlín y del avejentado comunismo las sumirá en el mundo global, de las que unas emergen luego de 1990 como potentes y agresivas ganadoras, sobre todo en extremo Oriente, donde China y sus vecinos son ahora el acabado  modelo de los estados-nación triunfantes que se “desnaturalizan” en busca del dominio del mundo.

En medio, esta es la época de los grandes acuerdos y tratados internacionales. De las conferencias del cambio climático y la creciente certidumbre de sus efectos nocivos sobre el planeta, de la preocupación creciente por la nueva proliferación de armas nucleares en estados agresivamente nacionalistas o entre grupos privados dedicados al terror, de la expansión efectiva de los derechos humanos y sociales, todo esto, alma de la sociedad internacional de las naciones que es la ONU, y que pese a sus fracasos simboliza mejor que nada esa civilización global sometida a metralla por ahora solo ideológica.

Metralla que proviene de las grandes perdedoras. Incluso Rusia, cuya enormidad física no elimina la resaca del derrumbe de su imperio y de su predominio sobre las utopías, y que ahora, en la nostalgia del viejo comunismo que la hacía uno de los dos polos del mundo, reafirma un mandato agresivamente nacionalista, en medio de una economía de segundo orden pero con una fuerza militar y una propaganda con las que busca recuperar su antiguo prestigio. El caso límite y más extraño es Estados Unidos, la supuesta nación ganadora del último siglo, puesta a la defensiva por el presidente Trump y su amor al aislacionismo, su negativa a respetar los grandes acuerdos internacionales, su rechazo al comercio global con otras reglas que no sean las suyas, su ataque sistemático contra los fundamentos de la democracia americana y en general, su visión aldeana sobre los intereses yanquis, cuya expresión frecuentemente trivial e irrespetuosa deviene a la del bravucón de la cuadra. Los mexicanos somos una de sus figuras de acoso favoritas, porque le sigue resultando barato atacar al vecino débil habitado por la gente morena que tiene el atrevimiento de invadir el sueño americano.

Y hacia el interior de estas fronteras, como respuesta, el experimento lopezobradorista, claramente nostálgico de órdenes previos que se remontan al casi un cuarto de siglo de las presidencias que van de Adolfo López Mateos a José López Portillo (1958-1982), un estado nacionalista-revolucionario, de economía cerrada, fuertemente estatista, de alta eficiencia en el control de la sociedad política y en generar una ficción de participación democrática legitimada por una redistribución típica de Estado benefactor, y al que era imposible rebelarse porque ejercía un eficaz monopolio de la violencia. La mejor expresión es de este acuerdo casi perfecto es “la dictadura perfecta” acuñada por Mario Vargas Llosa cuando el viejo estado entraba en agonía, hacia 1990. Pero el calificativo más eficaz es “el ogro filantrópico”, la sofisticada versión paciana del “garrote o pan” del presidente Porfirio Díaz.

La pregunta más importante: ¿este retorno del nacionalismo, de los nacionalismos, tiene algún sentido de utilidad para los desafíos que los humanos tenemos en el siglo XXI, integrados como nunca en una sola civilización, lo que implica un imaginario común, reglas comunes, valores asumidos por todos? El agudo historiador Yuval Noah Harari se ha tomado la molestia de responderlo, en su lúcido ensayo 21 lecciones para el siglo XXI (Debate, 2018).

“…¿Por qué británicos, norteamericanos, rusos y otros numerosos grupos se encaminan hacia el aislamiento nacionalista?”. La respuesta es extraña, porque, sostiene el intelectual israelí, no es natural la nación. Es una estructura compleja que surge ante necesidades de soluciones complejas, como la construcción de infraestructura de irrigación en el antiguo Egipto, en Babilonia y en el valle de México; de control de territorios ante la violencia invasora, como en las ciudades estado griegas. Lo natural es la lealtad a la familia, a la tribu, al clan. Algunas decenas de personas que pasan por nuestras vidas. Por eso, los estados-nación modernos requieren de la propaganda. “A fin de convencerme de ser leal a Israel y a sus ocho millones de habitantes, el movimiento sionista y el estado israelí  tuvieron que crear un gigantesco aparato de educación, propaganda y ondeo de banderas, así como sistemas nacionales de seguridad, sanidad y bienestar”. Pero el sentimiento patriótico, nacionalista, no es malo como vertebrador de sentido. Tampoco lo es ante el hecho de que el superpoblado mundo de nuestra era requiere esquemas de organización política eficientes. Inimaginable un mundo superpoblado donde el caos tribal de las microcomunidades pudiera alcanzar acuerdos mínimos.

Pero desde la invención de las armas nucleares, el acuerdo nacionalista ha sido alterado. No hay vuelta hacia atrás posible, no al menos sin el riesgo de altos costos.

Documentemos el optimismo: “es sorprendente que desde 1945 muy pocas fronteras se hayan redibujado a raíz de una agresión brutal, y la mayoría de los países han dejado de utilizar la guerra como una herramienta política estándar […] pro desgracia, estamos tan acostumbrados a este logro que lo damos por hecho. Esta es en parte la razón por la que la gente se permite jugar con fuego […] mientras los humanos sepan cómo enriquecer uranio y plutonio, su supervivencia dependerá de preferir la prevención de la guerra nuclear frente a los intereses de cualquier nación concreta”.

En cuanto a la crisis climática ambiental, “cuando se trata de clima, los países ya no son soberanos. Se encuentran a la merced de acciones que otras personas efectúan en la otra punta del planeta. La república de Kiribati [una nación insular en el océano Pacífico] podría reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero a cero y no obstante, verse sumergida bajo el oleaje creciente si otros países no hacen lo mismo. El Chad podría instalar un panel solar en cada tejado del país  y sin embargo convertirse en un desierto yermo debido a políticas ambientales irresponsables de extranjeros lejanos. Ni siquiera países poderosos como Japón y China son soberanos desde el punto de vista ecológico. Para proteger Shangai, Hong Kong y Tokio de inundaciones y tifones destructivos, los chinos y los japoneses deberán convencer a los gobiernos estadounidense y ruso de abandonar la estrategia de ‘hacer lo de siempre’…”.

El riesgo por el cambio climático es mayor que el de la guerra nuclear. Y dejará naciones perdedoras… sobre todo en la franja intertropical, donde se ubica México, y debería ser primer interesado en políticas ambientales locales y globales. Pero la inversión ambiental en este país se ha reducido 70 por ciento desde 2013, incluido este primer año del periodo lopezobradorista. Parece que el viejo modelo nacionalista-revolucionario que viene de regreso se yergue no como solución, sino como amenaza añadida ante el reto del calentamiento global.

“Incluso en países en que es evidente que perderán mucho debido al calentamiento global, como Estados Unidos, los nacionalistas podrían ser tan miopes y estar tan satisfechos de sí mismos para no apreciar el peligro […] una bomba atómica es una amenaza tan evidente e inmediata que nadie puede pasarla por alto. En cambio, el calentamiento global es una amenaza más vaga y demorada en el tiempo. De ahí que siempre que las consideraciones ambientales a largo plazo exijan algún sacrificio doloroso a corto plazo, los nacionalistas podrían verse tentados a anteponer los intereses nacionales inmediatos […] o podrían simplemente negar el problema. Ya que no hay una respuesta nacional al problema del calentamiento global, algunos políticos nacionalistas prefieren creer que el problema no existe”.

El tercer gran reto para el que el nacionalismo no está preparado es para la disrupción tecnológica. “…la fusión de infotecnología y biotecnología abre la puerta a un sinfín de situaciones hipotéticas sobre el tema del fin del mundo que van de las dictaduras digitales a la creación de una clase inútil global. ¿Cuál es la respuesta nacionalista a estas amenazas? No hay respuesta nacionalista […] el estado-nación es simplemente el marco equivocado para enfrentar estas amenazas”.

Por ejemplo, si el gobierno de Estados Unidos prohíbe manipular genéticamente embriones humanos, eso no evitará que el gobierno chino lo haga. Eso implica acuerdos de la comunidad internacional. También está la tendencia a la irrelevancia masiva de la vieja clase obrera, que ha sido importante políticamente en los últimos dos siglos porque fue la fuerza que detonó la industrialización. En un mundo dominado por robots eficientes para trabajo manual, el obrero de Detroit o el de Naucalpan dejarán de ser importantes. No es la explotación, sino la irrelevancia, lo que los amenaza.

“…mientras la guerra nuclear y el cambio climático amenazan solo la supervivencia física de la humanidad, las tecnologías disruptivas amenazan cambiar la naturaleza misma del género humano y, por tanto, están mezcladas con las creencias éticas y religiosas más profundas de las personas […] si la humanidad no consigue concebir e impartir globalmente reglas éticas generales y aceptadas, se abrirá la veda al doctor Frankenstein”.

Con la combinación de biotecnología e inteligencia artificial (IA), “podríamos asistir a la desvinculación completa de la inteligencia y la conciencia, y el desarrollo de la IA quizá diera como resultado un mundo dominado por entidades superinteligentes pero absolutamente no conscientes”. Esto obliga a perspectivas globales “e incluso cósmicas”. La estrechez del nacionalismo nunca fue mejor definida.

Incluso si el cambio climático provoca efectos temidos, que serían superiores en devastaciones a las grandes guerras mundiales juntas, no frenará la evolución de la IA y de la bioingeniería, e incluso lo podría alentar como lo fue la apuesta tecnológica de loa nazis ante la guerra que perdían. “Las naciones que se enfrentan a un cataclismo climático podrían verse tentadas a depositar sus esperanzas en jugadas tecnológicas desesperadas”.

Concluye Noah Harari: “ahora tenemos una ecología global, una economía global y una ciencia global, pero todavía estamos empantanados en políticas solo nacionales. Esta falta de encaje impide que el sistema político se enfrente de manera efectiva a nuestros principales problemas. Para que la política sea efectiva hemos de hacer una de dos cosas: desglobalizar la ecología, la economía y la ciencia, o globalizar la política”. Solo que lo primero es una puerta falsa. Los sueños de fronteras cerradas, de mercados internos autónomos, de empresariados nacionalistas y de desligarse de los grandes procesos universales se antojan suicidas e irresponsables.

El viejo nacionalismo con vestiduras nuevas no tiene mucho futuro. Sin ir al mundo, sin acuerdos universales de poner reglas a la economía y la tecnología, de reducción de emisiones, de respeto a los derechos humanos (la indiferencia lopezobradorista ante el sufrimiento de venezolanos y nicaragüenses a pretexto de la anticuada y frecuentemente feroz libre autodeterminación “de los pueblos” -léase gobiernos nacionalistas- es, en ese sentido, atroz), el pez grande seguirá devorando al chico. Y, oh crueldad de los malditos hechos, insobornables, México no es un pez grande del concierto mundial.

Compartir

Dejar un comentario