El desabasto y nuestros hábitos

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A excepción de grandes catástrofes como los sismos de 1985 y 2017 o las explosiones del 22 de abril de 1992, no recuerdo un acontecimiento que afectara a tantos y que en consecuencia nos tuviera a una gran mayoría hablando de un mismo tema: el desabasto de gasolina al arranque de 2019.

Como es sabido, la decisión del gobierno de Andrés Manuel López Obrador de combatir el robo de combustibles, conocido coloquialmente como huachicoleo, produjo un desbasto de gasolina en al menos una docena de entidades del país. Jalisco ha sido uno de los estados más afectados. Las 500 gasolineras de la entidad sufrieron falta de combustible, informaron los empresarios gasolineros.

Las consecuencias ya las sabemos: desabasto, compras de pánico o de urgencia y una respuesta entre necesaria o irracional: formarse en largas filas de las gasolineras para cargar combustible.

Como cabría esperar, esta situación inédita en Jalisco y México generó un debate que fue atraído por la gravedad de la polarización entre chairos y fifís, es decir, entre quienes a pesar de las afectaciones, están de acuerdo con la medida del gobierno de López Obrador, y entre quienes, afectados o no, criticaban la medida de López Obrador.

Mi reflexión propone escapar de esta falsa gravedad polarizadora que pretende meter todos los debates y todos los asuntos nacionales en las etiquetas chairos o fifís.

Para empezar, a pesar de lo que quieran reconocer chairos y fifís, en realidad la mayoría de ellos coinciden. La mayoría está de acuerdo en combatir una operación criminal a gran escala como es el robo de combustibles, y la mayoría también sufrió afectación por las consecuencias en las cadenas de suministro de gasolinas al cerrarse los ductos y decidir distribuir mediante pipas.

Más allá de este falso debate entre fifís y chairos, no hay que confundirnos. Si bien Jalisco es uno de los estados con más autos, apenas un tercio somos dueños de vehículos: dos terceras partes no poseen autos particulares. Los dueños de autos no somos mayoría.

El desabasto de gasolina desnudó la gran dependencia que tenemos de un medio de transporte particular a la población que somos poseedores de este aparato. Y al ser tan dependientes de un aparato para organizar y decidir nuestros movimientos, nos “obligó” o motivó a hacer sacrificios impensables como gastar muchas horas de nuestros días para cargar gasolina.

Más allá de la desorganización o incapacidad del gobierno federal para decidir combatir el robo de combustible sin tener un plan más efectivo de distribución, esta situación debe llevarnos a preguntarnos qué tan sensata y racional es la decisión de un automovilista en pasar seis, doce o hasta 24 horas formado en una gasolinera para cargar el combustible que mueva su vehículo.

Con la inteligencia y sensatez que lo caracteriza, mi colega y amigo Raúl Torres reflexionaba: si puedes pasar tres o seis horas en una cola de una gasolinera, podrías pasar ese mismo tiempo pensando cómo moverte sin necesidad del automóvil.

Por supuesto, habrá casos donde la espera para cargar de gasolina el vehículo sea imprescindible para reproducir la vida (las camionetas que venden frutas y verduras en las calles, las camionetas que compran botellas, colchones, estufas que vendan…, etc.), pero creo que una mayoría de quienes hicieron largas filas de varias horas ante las gasolineras, pudieron evitarlas.

Pero no se hizo porque el automóvil, como otros artefactos de nuestra vida moderna, están tan introyectados en nuestra cotidianidad que pensamos que no podemos vivir sin ellos. Esta ilusión capitalista, la ilusión de que no podemos ser sujetos sin estos artefactos, es lo que provocó desde histeria, desesperación, hasta posturas despreciables como aspirar a que siguiera la violencia y corrupción de gobiernos anteriores si eso garantizaba que no hubiera colas en las gasolineras.

LA DEPENDENCIA DEL AUTOMÓVIL ES UNO DE LAS SEÑAS DISTINTIVAS DE LA MODERNIDAD CAPITALISTA, COMO REVELÓ EL INTELECTUAL FRANCÉS ANDRÉ GORZ EN UN ENSAYO PIONERO Y LUMINOSO EN 1973.

El automóvil se creó como un artículo de lujo para los burgueses, pero en su masificación creo la ilusión de que todos podíamos tener el mismo privilegio. Lo que creó la industria masiva del automóvil fue trastornar las ciudades, por tanto los desplazamientos de la gente, y por lo tanto, sus vidas: “Para hacer un espacio al automóvil se han multiplicado las distancias. Se vive lejos del lugar de trabajo, lejos de la escuela, lejos del supermercado –lo cual exige un segundo automóvil para que “el ama de casa” pueda hacer las compras y llevar a los niños a la escuela”, escribió Gorz.

De modo que el desabasto que vivimos nos desnuda frente a la dependencia que tenemos de un aparato, pero al mismo tiempo nos confronta frente a nuestros hábitos de transporte, pues la mayoría de la veces nos trepamos al auto sin pensar que el trayecto lo podemos hacer por otros medios.  Y eso nos debería de confrontar con los hábitos de consumo y de vivir y movernos. Y en la ciudad que tenemos, diseñada para los automóviles particulares.

Pero temo que la mayoría vivirá la actual crisis de desabasto sólo como una interrupción de sus privilegios y no como una interrogación a nuestros hábitos y cómo el mercado y los políticos nos han modelado y creado esos hábitos. Hábitos que nos hacen depender de un aparato (el auto), su combustible, sus formas de producción y distribución y de las políticas estatales que hacen que se produzca este combustible, pero también esa industria tan nociva en la vida moderna.

Ojalá las grandes consecuencias del desabasto pudieran convertirse en motivo de reflexionar y cuestionar los hábitos consumistas que tenemos y que contribuyen a la reproducción de este modelo de producción económica y política tan nociva para la mayoría de la población. Pero no será así. La mayoría exigirá el privilegio individual de cargar gasolina sin hacer cola, sin importar los costos sociales y colectivos que pagamos por ese egoísta acto consumista.

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