El autoritarismo como crisis y oportunidad

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Diagnóstico, recetario y guía no exhaustiva para sobrevivir como persona inmerso en estos tiempos alterados

“…acontece con la libertad como con esos alimentos sólidos y suculentos, o esos vinos generosos, aptos para nutrir y fortalecer a los temperamentos robustos a ellos acostumbrados, pero que agobian, estragan y emborrachan a los débiles y delicados no habituados a su consumo. Una vez acostumbrados a los amos, los pueblos no saben ya prescindir  de ellos. Si intentan sacudirse el yugo, se alejan tanto más de la libertad cuanto que, confundiéndola con una licencia desenfrenada que nada tiene que ver con ella, sus revoluciones los ponen casi siempre en manos de embaucadores  que no hacen más que engrosar sus cadenas…”.

Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Jean Jacques Rousseau.

Entre los lúcidos, sólo puede errar el diagnóstico el que no quiere ver la realidad, es decir, quien voluntariamente se ciega. Y la realidad indica que a partir de este mes de diciembre, buen parte del destino a corto plazo de los mexicanos ha caído en manos de políticos carismáticos, de marcados tintes hegemonistas y con deslices autoritarios, que tienen un diagnóstico y una receta más o menos precisos para los males sociales -no necesariamente favorable a la institucionalidad democrática liberal, pero tampoco plegada hacia la crítica más radical de esta: los movimientos anarquistas y antisistema-, y que con base en una eficacísima comunicación política centrada en la propaganda en redes sociales y montada sobre el desprestigio de sus adversarios -que en esta narrativa son los “enemigos del pueblo” o de “los ciudadanos libres”-, apelan a las emociones y los mitos primarios: lo más importante, la promesa de retomar el hilo de la historia que la clase política tradicional (neoliberal o no) se ha empeñado en negarnos, una especie de “destino manifiesto” por el cual, ineludiblemente, se arriba a la grandeza, al desarrollo pleno, a la desaparición de los males económicos y de la ignorancia que aqueja a la atribulada patria tantas veces traicionada. 

Estos nuevos líderes investidos por procesos electorales completamente legítimos, aprovecharon el hartazgo social por la corrupción, la bien documentada ineficacia gubernamental, la temible violencia que ha sembrado el luto en decenas de miles de hogares en los últimos doce años, la pésima comunicación de los últimos tres gobiernos, y el lamentable nivel educativo del mexicano medio, para crear el relato conveniente.  

Más allá de las disímiles características de ambos, los jaliscienses en particular estaremos regidos por dos personajes fuertemente hermanados en la pretensión de encarnar la voluntad general, un estilo que podríamos señalar como schmittiano (del famoso teórico Karl Schmitt), es decir, excluyente de lo que se opone a su monopolio, de lo que niega su homogeneidad y sus sueños de armonía: una ideología antiliberal y racional del Estado, con fuerte prestigio en la Europa de los años 20 del siglo XX, que como realidad tiene larga data en la historia de América Latina, bajo algo más emocional y premoderno que se llama caudillismo: con ustedes, Andrés Manuel López Obrador en la presidencia de la república, y Enrique Alfaro Ramírez en la gubernatura del estado.

Como liderazgos carismáticos crecidos al calor de la política de calle, no tienen que ajustarse exactamente en el molde de la teoría. Sin duda tienen sus guiños con ciertas luchas por los derechos que se han desplegado por parte de muchos de sus compañeros de viaje, y hay que pensar que algunos aspectos de esta agenda podrán salir fortalecidos para no perder al electorado progresista que les ha apostado, bajo la premisa de que son proyectos de izquierda. Pero la visión idílica a la que apuestan no admiten disidencia, pues en el discurso de ambos personajes queda claro que el que disiente es parte de las mafias del “Prian” y es un renegado a la verdad que ellos poseen y ostentan.

Dirá más de alguno que es exagerado atribuir este marco conceptual a un personaje como Enrique Alfaro, quien además ha iniciado el camino de su gobierno con un enfrentamiento con el mandamás nacional que lo posiciona como defensor del federalismo y de las libertades locales. Pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones. Alfaro pretende el monopolio de la verdad y es absolutamente intolerante con sus críticos, a quienes estigmatiza por sus malas intenciones (que en el discurso alfarista jamás son presuntas), que van desde servir al viejo sistema (del que, como es natural, él emana, pero el discurso juzga conveniente no reconocerlo, pues se trata de la refundación, del hombre nuevo, de la tautología “a propósito” del liber civis; y un líder de un proceso espiritual tan ambicioso no puede presumir orígenes espurios), hasta sostener privilegios (las mujeres que le reprocharon el final del Instituto Jalisciense de la Mujer querían mantener un statu quo, como administradoras del victimismo ad aeternum), intereses inconfesables (la nefanda corrupción y chantajes de los ciudadanos que se amparan contra los planes parciales que buscan una ciudad ordenada e igualitaria…aunque el precio sea negociar espacios comunes con empresas inmobiliarias regidas por el negocio de largo plazo, y de facto, despojar áreas verdes de esos ciudadanos reaccionarios y obtusos) y peor aún, amor por la mentira y el desgobierno (la ralea de prensa basura que seguramente financiada por el enemigo, se atreve a publicar evidencias, siempre inexactas, claro que sí, de la labor de gobierno).

Y es más que evidente que el manejo de la agenda cotidiana del gobernador, como la de cualquier líder schmittiano que se respete, es normalmente una lucha, y toda lucha requiere enemigos.  

Por eso el tono belicoso de tantas de sus intervenciones públicas, y la necesidad de control del discurso en todas sus fases: en este contexto, los periodistas que hacen su trabajo no son sino enemigos; buscan quebrar esa narrativa casi épica donde el bien, la bondad, la belleza y la verdad siempre está en el redentor (al diablo con esa institución liberal, hoy sospechosa ,de la prensa como contrapoder, como vigilante de la transparencia y denunciadora de abusos y componendas). Por agregado, no “invertir” en los medios es un afán de debilitar a las empresas (la crisis del modelo de negocios del periodismo tradicional juega a favor) y abonar en lo posible a su desprestigio como creadoras de anomia social (otro concepto caro a los schmittianos), la versión actual del “no pago para que me peguen” (José López Portillo). Como contrapartida, las empresas de medios al servicio del líder son la versión posmoderna del ministerio de propaganda: la búsqueda de que el mensaje llegue, sin adulteración desde el gobernante hasta el gobernado, sin intermediaciones que lo perviertan. En los proyectos nacional y local, las ONG [organizaciones no gubernamentales], si no se hacen compañeras de viaje y legitimadoras, se vuelven altamente sospechosas (muy ilustrativo el caso del movimiento zapatista: sus raíces comunitarias, su búsqueda utopista de la democracia directa y su desconfianza del poder lo ha convertido en formidable crítico del proceso de concentración de poder y de intereses en la presidencia de la república). Y si se señala la incorporación de numerosos activistas sociales al proyecto de la “refundación de Jalisco” como evidencia en contrario, en nuestro caso local, ¿bastará recordar la habilidad del Estado mexicano, desde los tiempos añorados del porfiriato, de domesticar disidencias con presupuesto y de paso legitimar el proyecto de poder? Como dijo Manuel Gómez Morín, “que no haya ilusos para que no haya desilusionados”.

Nada de esto nos debe llevar a negar que el ineficiente Estado tecnócrata de la transición 2000-2018 quedó lejos de las expectativas. “La dinámica de la pobreza en México durante las décadas de políticas neoliberales es tan insatisfactoria como la desigualdad de ingresos. A diferencia de la tendencia mundial, la pobreza por ingresos en México hasta el año 2016 es tan alta en porcentaje [53 por ciento] como lo fuera hace 24 años, pero equivalente a 20 millones más de personas en esta situación. En particular, desde el 2006 a la fecha, es decir, en los sexenios de Calderón y de Peña, la pobreza por ingresos ha venido en constante aumento”, señala en un documentado artículo el economista de la UdeG, Máximo Ernesto Jaramillo Molina (https://economia.nexos.com.mx/?p=2034).

La violencia galopante se ha enseñoreado de dos tercios del territorio nacional, incluido de forma notoria, el caso de Jalisco, sembrado de cadáveres, de fosas mortales y con una larga lista de desaparecidos. La corrupción es un  fenómeno innegable que hace aflorar lo peor del cinismo de la clase política tradicional. Los negocios a la sombra del poder, nota característica del país en los últimos 50 años, exasperan al ciudadano promedio y exaltan la sospecha. La impunidad campea en todos los ámbitos, subrayada en las penosas cifras de denuncias investigadas efectivamente por el Ministerio Público y que derivan en sentencia condenatoria. Un aspecto preocupante que refleja esto es la creciente tendencia de muchas comunidades tradicionales a aplicar justicia a la Fuenteovejuna, ante la inoperancia de los sistemas institucionales. “Un reino sin justicia es una cueva de ladrones” (San Agustín de Hipona), frase que late como eco de la irrelevancia del bien común en esta república abrumadoramente creyente y cristiana.

Es decir, se votó para cambiar un estado de cosas juzgado intolerable por las mayorías, y la realidad objetiva acredita esa percepción. ¿Pero se votó por cancelar las libertades que sustentan el proyecto democrático, y regresarle la iniciativa total a los ejecutivos, y sobre todo, al gran tlatoani, el señor presidente? No se descarte esa posibilidad en muchos de los irritados y justicieros votantes. Muchos mexicanos la firmarían sin el menor sonrojo, ante la abrumadora evidencia del fracaso de la democracia pluralista que se pretendió construir. Han usado las herramientas de la democracia electoral para dar el poder a políticos que no creen en esa filosofía. ¿Se han equivocado, sumidos en la desesperación? El tiempo lo responderá. Por lo pronto, quienes también votaron esos proyectos disruptivos pero bajo la idea de mejorar la democracia, derrumbar la monstruosa simulación y fortalecerla con la participación ciudadana, tienen tareas no menores. A ellos, y a quienes se asumen como oposición no desde la base de la pérdida de privilegios (de paso: desmontar privilegios es una condición absolutamente necesaria en un país tan desigual) sino de la creencia de defender la precaria democracia que heredaron de la transición de hace 20 años, dedico la parte final de este texto.

¿Qué se puede hacer para que la enorme energía social que gestionan los nuevos líderes formales no destruya los logros reales del sistema mexicano, rompa con sus taras y mejore sustancialmente la calidad de vida de los más desposeídos?

1. Si es un político derrotado, sea usted un buen opositor. Comencemos por denunciar la ingenuidad, quizás buena fe, sin duda irresponsable -no descarte la posible abulia derrotista o convenenciera para ser redimidos por los nuevos caudillos-, manifestada por muchos panistas, perredistas o priistas, que en las redes sociales y en declaraciones públicas, han tratado de salir del paso y se limitan a comentar: “le deseo lo mejor, porque si a Andrés [o a Enrique] le va bien, le va bien al país [o a Jalisco]”.

Esto solamente podría ser verdadero si lo que buscaran ambos fuera el fortalecimiento de los derechos humanos, de la división de poderes, de la libertad de expresión y de prensa, de la legalidad y la equidad en las relaciones entre los gobernantes y gobernados, del funcionamiento justo de la economía (subsidios focalizados, para los pobres y marginados, y no cruzados y amplios para mayor beneficio de los ricos y poderosos), con un sistema fiscal justo que establezca impuestos universales y progresivos, que elimine los “regímenes especiales” salvo en caso de real necesidad (por ejemplo, detonar algún sector que más delante será beneficioso para el país), que simplifique las cosas para los pequeños y medianos empresarios (los principales empleadores de este país) y que tienda a poner en el eje del desarrollo al territorio y sus bienes (el aire, el agua, el suelo, la biodiversidad: ese complejo entramado que llamamos naturaleza, de la cual provenimos; si usted quiere decirlo más asépticamente: el medio ambiente).

Pero me temo que esa es una lectura simplista. La oposición no debe claudicar jamás de su función crítica (obligadamente bien informada) ante los gobiernos, y paradójicamente, eso ayuda a que los gobiernos mejoren. Quizás los proyectos de poder deban ser ralentizados y reformados, porque el costo de no hacerlo puede repercutir en descrédito o la pérdida de poder. Y esa es la función de los contrapesos que hace que la democracia sea “el peor de los sistemas políticos, a excepción de todos los demás” (Winston Churchill).

2. Si es ciudadano, participe en la vida pública. No crea que discutir en las redes sociales basta, aunque estas fundamenten y vehiculen la propaganda de los neopolíticos en México y el mundo y cuenten, como todo político postmoderno, con ejércitos agresivos de boots, trolls y haters (neologismos a los que ya nos hemos familiarizado) desde cibernéticos hasta voluntarios, como sucede con todos los ministerios de propaganda. Participe en su cuadra, en su colonia, y no deje que otros decidan por usted, aunque se haya documentado que los nuevos grupos en el poder, como los usos y costumbres del pasado, buscan secuestrar la representación vecinal para desplazar la oposición a grandes proyectos, por ejemplo, la redensificación de Guadalajara, una de las grandes apuestas del alfarismo (nadie discute su pertinencia, pero sí los modos). No participe en ejercicios de simulación, como las pretendidas “ratificaciones de mandato” cocinadas para legitimar un proyecto sin un árbitro confiable, lo mismo que las consultas ciudadanas diseñadas para no derribar decisiones tomadas de antemano. La simulación democrática es uno de los mayores enemigos de la verdadera democracia.  Si se van a hacer consultas, hay que exigir que se hagan bien. Sólo a nivel local, con ciudadanos participativos y demandantes, se puede construir lo que llaman los sociólogos el “tejido social”, fundamental para borrar la presencia ominosa de las empresas criminales o los delincuentes espontáneos que aprovechan la ausencia del estado y la apatía y el miedo ciudadanos.

3. En cualquier caso, sea un ciudadano cumplido. Pague sus impuestos, no viole las normas de tránsito, denuncie los delitos, presione para que sus derechos sean respetados, demande ante la autoridad jurisdiccional y busque el cobijo del poder judicial. La búsqueda de justicia y la ampliación de los derechos son el eje de una verdadera democracia. Es fundamental este ejercicio de derechos y no debe agotarse en la manifestación ciudadana callejera. Judicializarlo es elevar el costo y esa es una premisa básica para ser tomado en cuenta.

4. Presione para que la educación básica mejore en calidad. El alma de la democracia a futuro son esos niños que hoy pasan por primaria y secundaria. Permitir que egresen sin saber lectura de comprensión y operaciones aritméticas básicas es condenarnos a ser siempre un país de súbditos, sometidos a los cantos de sirena de políticos y proyectos de poder inescrupulosos. Por eso es tan importante cuestionar el regreso del sindicato a la cima del poder del sistema, y tan necesario involucrar a los padres en la tarea de educar con ejemplo al interior de las familias. Esto es, de lejos, más fundamental que hacer decenas de universidades para que todos quepan: el material que se les provee proviene de un sistema educativo básico de pésima calidad. Allí están los cimientos de todo.

5. Ejerza sus derechos. El más fundamental es la libertad de expresión. Exija información debidamente fundamentada para que los debates públicos no sean manipulados por los intereses de los políticos. Defienda la existencia del periodismo como herramienta de crítica social y presione a los periodistas a que cumplan de forma ética su deber de informar, lo que implica participar de las redacciones, intercambiar correspondencia con reporteros y editorialistas, señalar errores y exigir su corrección -siempre que el planteamiento esté debidamente fundamentado- y sugerir nuevas líneas de investigación. El vilipendiado periodismo es, después de todo, el “perro guardián de la democracia” y eso explica el afán de los poderosos en derrotarlo por las vías del desprestigio y la generalización de sus innegables taras. Como ciudadano, su tarea también pasa por exigir cuentas a los empresarios de cadenas periodísticas sobre “decisiones empresariales” que afectan la calidad editorial; los empresarios son dueños de empresas privadas, pero en el caso del periodismo tutelan y gestionan bienes públicos intangibles, y no pueden escudarse en sus propios intereses para evitarlo. No se calle, manifiéstese libremente. La autocensura es el comienzo de la derrota de las libertades civiles.

6. Defienda instituciones. De la amplitud y la calidad de estas se pueden establecer las bases de una sociedad democrática e igualitaria. Las instituciones públicas importan porque son de todos, porque viven de nuestros impuestos, porque representan intereses generales y legítimos. Se deben fortalecer los tres poderes y la defensa también pasa por la crítica (los salarios de miedo de los diputados o los magistrados, la opacidad de las licitaciones del ejecutivo, la arbitrariedad en decisiones que afectan el ambiente o los derechos de comunidades, por ejemplo). Las instituciones intermedias, las a últimas fechas vilipendiadas ONG, son parte de la ecuación de libertades que debemos defender. No hay democracia sin “intermediación” y el conocimiento y la legitimidad de esos organismos serán necesarios para restablecer la confianza, que es la base del desarrollo.

7. Privilegie siempre los hechos a las ideas preconcebidas, a los “relatos alternativos” o a las interpretaciones interesadas. La poderosa energía social y política que mueven estos nuevos líderes, debidamente encauzada, puede llevar a los grandes cambios que conducen a una sociedad más igualitaria y justa. Y los hechos acreditan o derrumban cualquier supuesto: si hay menos muertos, menos asaltos y menos intimidación: las personas salen a las calles, es síntoma de que la seguridad ha mejorado; si los políticos moderan su discurso, se recupera el respeto y la ecuanimidad social, y desciende el discurso beligerante que busca la lucha maniquea entre buenos y malos (es delicadísimo el tema del respeto, a pretexto de la presunta y sobrevalorada sinceridad, estos liderazgos barren con las normas sociales de convivencia); si el ingreso en los hogares mejora, aumenta el consumo y la inversión en bienes materiales e intangibles. No es posible engañar a los sentidos despiertos, mucho menos al “menos común” de ellos: el sentido común.

8. Lo más importante, no pierda su alma, su vida personal, su privacidad. No sacrifique lo mejor de su tiempo y talento en las redes sociales, donde se vuelca el lado irritado e intolerante de los mexicanos. Deje pasar lo que no es importante. Olvídese de evangelizar paganos. Juegue su deporte favorito, departa persona a persona con los amigos, pasee con sus hijos, tómese ese café, disfrute esa lectura, vea esa película de ficción que tanto deseo le provoca. Todo demanda tiempo de calidad. Hacer política también. Y política es tarea de hombres libres, de ciudadanos. En manos propias está el no dejarse manipular y llevar por la marea engañosa de los cambios…

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