PRESIONES, CONCESIONES Y REVOLUCIÓN

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Un mes después del inicio del movimiento, los “chalecos amarillos” volvieron a tomar las calles en un contexto de tensión pese a las concesiones y los llamados a la calma del presidente Macron.

Hubo disturbios y la policía lanzó gases lacrimógenos. Este fin de semana se contaron mas de un centenar de detenidos. 

En toda Francia son más de 33,500 manifestantes. Pero a diferencia de la semana pasada, el esquema organizado en París no prevé el bloqueo de avenidas céntricas ni el cierre de comercios, museos y otras atracciones, como la Torre Eiffel, el Louvre o la Ópera de París. 

El mantenimiento del orden resultará facilitado, al menos en parte, por la menor movilización de los “chalecos amarillos” del interior. La mayoría de los militantes que participaron en las últimas manifestaciones anticiparon, en efecto, que no viajarán a París y se limitarán a protestar en sus regiones.

Muchos desmantelaron las barricadas en autopistas y rutas que mantenían desde hace tres semanas, abandonaron los puestos de bloqueo en las entradas de las ciudades e incluso comenzaron a apelar a sus compañeros de lucha a suspender la protesta.

La desmovilización es el resultado de la enorme conmoción que produjo el ataque terrorista del martes en Estrasburgo, que provocó cuatro muertos y 12 heridos.

Aunque el agresor fue abatido anteayer en esa ciudad, una parte del movimiento sigue considerando que, en el actual contexto de tensiones, no es responsable agregar nuevas dificultades a la situación de emergencia que vive el país y proponen postergar las protestas hasta que terminen las fiestas de fin de año.

El ala dura, en cambio, considera “insuficientes” las recientes concesiones anunciadas por el presidente Emmanuel Macron y rechazó los llamamientos del gobierno a suspender la protesta. Tres “voceros” históricos del movimiento -Eric Drouet, Priscilla Ludosky y Maxime Nicolle- continuaron hasta ayer a la noche lanzando convocatorias a manifestar.

La desmovilización también puede conspirar contra la acción de los vándalos y militantes de grupos extremistas, que necesitan una gran convocatoria para infiltrarse y provocar desórdenes. 

Para neutralizar a esos “profesionales de la violencia”, la policía instaló numerosos puestos de control en puntos claves de París para detectar a quienes portan objetos contundentes, armas, explosivos o se desplazan para crear disturbios.

El movimiento de los chalecos amarillos continúa sin organización, sin dirección ni portavoces oficiales. Entre los participantes en las manifestaciones de París, el fin de semana, eran fácilmente discernibles hombres y mujeres de muy diversa procedencia y sensibilidad.

Desde que iniciaron las revueltas, se ha tratado de grupos de clases medias y pensionistas de provincias, en pareja, en familia, enarbolando banderas de Francia, que pedían “comprensión”, denunciando a Macron con una terminología tradicionalmente conservadora. A la par, desde entonces, grupos de jóvenes de la periferia de París y otras grandes ciudades, en banda, con poca presencia de la Francia multicultural, lanzaban proclamas muy duras contra Macron, sin llegar a los enfrentamientos físicos con las fuerzas del orden. Pero también, grupos de jóvenes encapuchados de extrema izquierda y extrema derecha, usando máscaras antigás, aprovechaban la confusión para lanzar una batalla campal contra las Compañías Republicanas de Seguridad (CRS).

El francés promedio tiene amigos o familia que viven en pueblos pequeños: de ahí la gran solidaridad moral y comprensión. Por el contrario, las élites intelectuales, culturales y sociales, siempre han considerado que esa Francia profunda era “arcaica” y “provinciana”. Los chalecos amarillos son la revuelta de esa Francia profunda contra las elites parisinas, que Emmanuel Macron encarna de manera arquetípica.

Su demanda sigue siendo desde entonces la misma, que no suban los combustibles, recuperar el poder adquisitivo perdido, recuperar los servicios públicos perdidos en la Francia periférica que no tiene las ventajas de París y las grandes ciudades.

Ahora bien, la violencia y profanación del Arco del Triunfo, el más emblemático de los monumentos del patriotismo nacional, ha confirmado la diversidad inflamable de un movimiento incontrolado. A unos metros de la llama perenne que guarda la tumba del soldado desconocido aparecieron al sábado pintadas de extrema derecha, extrema izquierda y “autónomas”, entre la “tradición” (¡La extrema derecha barrerá a Macron!), la grosera (“Macron, te vamos a joder”) y la extrema izquierda tradicional (¡Venceremos, los chalecos amarillos vencerán!).

Los especialistas en guerrilla y violencias urbanas se preguntan cómo disuadir y combatir un movimiento tan poliédrico, sin centro, sin organización, sin dirección.

Édouard Philippe, jefe de Gobierno, inició  una ronda de conversaciones con representantes de sindicatos y partidos. Sin resultados tangibles. Extrema izquierda y extrema derecha intentan capitalizar la crisis. 

Ante tal panorama, confuso e inflamable, la opinión pública espera ansiosa la deseada respuesta de Emmanuel Macron, para intentar evitar otro estallido de violencias el fin de semana que viene.

Christophe Guilluy, geógrafo, creador del concepto de Francia periférica, insiste en un punto central: “El presidente Macron y las elites parisinas llevan años ignorando y humillando a los franceses de clases medias más modestas, que están corriendo el riesgo de la precariedad”. Esa pudo ser la matriz original del movimiento de los chalecos amarillos, que ha desembocando en otras manifestaciones de angustia social y violencia urbana.

Jacques Julliard, historiador, estima, por su parte, que la crisis en curso corre el riesgo de convertirse en una suerte de Mayo 68 de las clases medias… es una tradición muy francesa apelar a la “revolución” para intentar “explicar” muchas crisis de fondo. Muchos chalecos amarillos de la muy primera hora enarbolaban pancartas que decían: «1789 – 1848 – 1968 – 2018». Se trata de una suerte de aspiración mesiánica y de nihilismo social.

Jacques Julliard recuerda que Mayo 68 terminó con unas elecciones que dieron al general de Gaulle la mayoría política conservadora más grande desde 1919. Julliard estima que poco puede esperarse un movimiento sin organización, sin dirección ni programa concreto, navegando sin rumbo conocido por las agitadas aguas de la angustia social.

Menos apocalíptico, el francés medio espera inquieto que Emmanuel Macron tome la palabra con un discurso solemne, intentando explicar como se propone salir de una crisis cuyos flecos económicos, sociales, políticos, incluso culturales, continúan agravándose a un ritmo incontrolado desde hace varias semanas.

Este sábado ha habido otra manifestación en París de los chalecos amarillos, esta vez con más reclamaciones políticas que económicas. Se trata del quinto sábado consecutivo de protestas, pero en esta ocasión no ha sido tan multitudinaria. La policía ha efectuado un total de 95 detenciones en la capital francesa.

Pero quizá una de las imágenes del día es la que han protagonizado varias mujeres vestidas como “Marianne”, símbolo de la libertad de la república francesa y especialmente de los reprimidos. Mostrando sus pechos desnudos y cubiertas por una capa roja, han desfilado por las calles de París en silencio colocándose frente a los gendarmes dando lugar a una imagen de lo más llamativa y renovada. Según fuentes policiales, el llamado Acto V ha sido secundado por unos 16,000 manifestantes que han efectuado 199 bloqueos en todo el país, frente a los 22,000 asistentes de la semana pasada.

Así pues, vuelve la calma a París. La capital francesa recupera la normalidad tras un nuevo sábado, el quinto seguido, de manifestaciones de los denominados ‘chalecos amarillos’. Los turistas han vuelto a las calles de una ciudad en la que se desplegó un amplio dispositivo de seguridad para evitar que volvieran el caos y los disturbios de pasados fines de semana. Pese a que se produjeron algunas manifestaciones y enfrentamientos con los miembros de las fuerzas del orden, la cosa no fue a mayores. 

A ello, sin duda, ayudó el hecho de que fueron muchos menos los manifestantes que convocó la protesta del movimiento social en París, y en el resto de Francia. 

Y es que el poder de convocatoria de los ‘chalecos amarillos’ ha perdido fuerza. Las cerca de 126,000 personas que salieron a las calles el pasado ocho de diciembre quedaron reducidas a poco más de la mitad el sábado. Algunos ven en este hecho el fin de una movilización ciudadana sin precedentes pero para muchos otros, la lucha continúa en pos de mejoras sociales y del aumento del poder adquisitivo de los franceses. 

Algunos manifestantes permanecían en las rotondas el domingo a pesar del pedido del ministro del Interior, Christophe Castaner, de que abrieran el paso al tráfico. Ocho personas han muerto en incidentes relacionados con el movimiento de los chalecos amarillos, la mayoría en accidentes viales ligados a los bloqueos de las calles.

Los manifestantes, como ya se ha dicho, exigen más medidas para ayudar a los trabajadores y retirados de Francia, y quieren que los altos funcionarios del gobierno centrista del presidente Emmanuel Macron renuncien, incluido el mismo mandatario.

A pesar del frío, los manifestantes ocuparon una rotonda cerca de la ciudad sureña de Orange junto a una autopista importante y juraron continuar con las manifestaciones, incluido el bloqueo a los almacenes de combustible. Algunos manifestantes de los chalecos amarillos, que toman su nombre de la vestimenta de seguridad que todos los conductores franceses deben tener en sus autos, prendieron un pequeño fuego con tablones de madera y organizaron una lumbrada en una rotonda cerca de Reims en la región de Champaña. Algunos traían gorros de Santa Claus y desplegaron un cártel que decía “Revolución 2018”.

El sábado, los manifestantes tomaron las calles en ciudades alrededor de Francia, incluida París, pero en cantidades mucho menores que los fines de semana previos: 69 mil comparados con los 126 mil de la semana anterior.

En un intento por apaciguar la crisis social de Francia, Macron ha anunciado una serie de medidas cuyo objetivo es mejorar el poder adquisitivo de la gente. Tras un mes de protestas en toda Francia, la popularidad del presidente Emmanuel Macron sigue cayendo, según un sondeo publicado este domingo, pese a que el movimiento popular parece desinflarse. El movimiento se está atemperando, pero lo que permanece es un fuerte sentimiento de rabia contra Macron, aseguran especialistas en Francia. 

Según un sondeo publicado este domingo en el Journal du Dimanche, el índice de aprobación de Macron (que lleva 19 meses como presidente) siguió cayendo: dos puntos en el último mes, a un 23%. Muchos de los manifestantes han señalado directamente a Macron, de 40 años, exigiendo su dimisión y criticando su pasado de joven banquero, su pertenencia a la “élite” y su supuesta “arrogancia”.

Por su parte, la popularidad del primer ministro, Édouard Philippe, perdió tres puntos, hasta el 31%. La encuesta también consultó como votaría si se repitiese la elección presidencial de abril de 2017, con los mismos candidatos.

La ultraderechista Marine Le Pen, que perdió en aquel entonces en el ballotage, se colocaría en primer lugar con el 27% de los votos, seis puntos más que los conseguidos hace 19 meses.

Por su parte, Macron recibió el respaldo del 25%, un aumento de un punto con respecto a su resultado en la elección.

Quien no parece haberse beneficiado es el líder izquierdista Jean-Luc Mélenchon, que pasa del 19.6% en la primera ronda de 2017 al 14% actual. El lunes pasado, el presidente francés había anunciado un aumento de 100 euros mensuales para los empleados que cobran el salario mínimo, o la anulación de un impuesto a las pequeñas jubilaciones. La jornada del sábado suponía pues una prueba de fuego para Macron.

Hasta ahora, el joven presidente, que ha llevado a cabo a marchas forzadas varias reformas liberales y de flexibilización laboral, se vanagloriaba de no ceder ante las protestas callejeras, como según él hicieron todos sus predecesores en Francia.

Pero después del movimiento de protestas, Macron ha demostrado que está más abierto al diálogo. 

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