La raíz profunda de nuestra intolerancia

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Decir que los mexicanos somos abiertos y tolerantes sería equivalente a asegurar que estamos en la tierra de la innovación, de la valoración del conocimiento y de la aceptación del pluralismo religioso o político. Los debates cotidianos en las redes sociales nos quitan cualquier pálida y parpadeante esperanza que abriguemos sobre la posibilidad de que esta afirmación sea cierta. Allí están las evidencias: la pésima calidad de los argumentos en el “debate” político, las trampas verbales que apenas maquillan el prejuicio y el ataque ad hominem, el afán descarado de hacer propaganda -cuyo anverso es satanizar al contrario-, y la defensa de la causa propia con aferramiento pueril, reacia a depurarse en las aguas saludables y desacralizadoras de la realidad. Y no son de ahora. Por eso me sorprende tanto que sorprenda.

Así, la saturación de sarcasmos, descalificaciones o condenas emitidas en la web sobre la presencia de la caravana hondureña que atraviesa el país en busca de su American dream, donde se generalizan actitudes individuales de algunos miembros de ésta, para aplicarlas al conjunto (una falacia denominada secundum quid), o se asegura que atender a siete mil, diez mil centroamericanos le quita el alimento y oportunidades a las decenas de millones de pobres locales -como si se fuera dar a la diáspora miserable el tratamiento que se autoasignan “la ralea de políticos juntos” (Jonathan Swift dixit)-, es algo que fluye con toda naturalidad. Sin necesidad de volver a los muy famosos dicterios de un exasperado Umberto Eco sobre Facebook o twitter como el reino triunfante de los idiotas (remember to Mr Trump, pero hay que precavernos de caer en otro secundum quid… aunque la evidencia sea abrumadora), debemos comenzar por admitir que el prejuicio del mexicano tiene raíces.

¿Ha usted hablado a cierta profundidad con algunos mexicanos? En su abrumadora mayoría se dicen orgullosos de sus “raíces indígenas”; también se asumen víctimas del malvado imperialismo español, que barrió con las arcadias aborígenes más inocentes y bondadosas que el paraíso de Eva y Adán antes de la inoportuna irrupción de la manzana; además, desprecian a los indígenas contemporáneos (sea por la vía de la abierta crítica hacia las supuestas pasividad e ignorancia culpables, sea con el velo de superioridad del paternalismo hacia los “pobrecitos indios”), hablan español, rezan por lo general al Dios que vino con los conquistadores… y odian, off course, “el oscurantismo” de España, a la par que la arrogancia materialista de los vecinos yanquis, la otra encarnación del mal, la despreciable meca del capitalismo sin alma (a la que millones de paisanos se han arrojado en busca del progreso material. Otra lección de la realidad).

Es un modelo de pensamiento y sociedad de raigambre religiosa y moralista que se forjó, paradójicamente, durante el periodo colonial, el tiempo que los mexicanos menos estudian (aunque abarca 60 por ciento de la existencia de nuestro estado-nación) por la negación que carga en el sistema educativo heredado de la reforma y la revolución, negadoras por ideología de la poderosa huella hispánica inherente a esta cultura. En todos estos juicios facilones -que no derivados de un examen honrado y a conciencia- se termina asumiendo la singularidad de lo mexicano, la profundidad de su ensimismamiento, la tragedia festiva de su historia (se ha explotado hasta el cansancio el cliché de la actitud mexicana hacia los muertos como diferente al resto del mundo; como si no fuera argamasa conformada de fatalismo indígena y doctrina católica de la muy europea contrarreforma), y por obvia consecuencia, la necesidad de una salvación, noción ajena a la política moderna y el pluralismo democrático. Esa visión identitaria, autocomplaciente, no puede sino fundamentar complejos de superioridad (que siempre son de inferioridad, dicen los psicólogos) hacia los extraños, los extranjeros y los diferentes.

¿Por qué está tan arraigado este pensamiento mítico? Por el sistema educativo básico, sobre todo del sector público, que forma a ocho de cada diez futuros ciudadanos. Nuestra “historia oficial” (una aberración como noción: solo hay historias oficiales en los regímenes autoritarios y las culturas cerradas, es decir, sistemas con dogmas y verdades incontrovertibles) es en realidad una construcción ideológica, legitimizadora. Llevarle la contra es herejía, como buena religión política. Eso explica las enconadas descalificaciones a las repentinas iniciativas para rehabilitar “villanos” de la estatura de Agustín de Iturbide (la finca donde este firmó el acta de independencia, en 1821, en Córdoba, Veracruz, sólo tiene una placa conmemorativa: reconocer el hecho es “darle armas a la reacción”), o los rasgos luminosos del fallido imperio de Maximiliano o de la larga dictadura de Porfirio Díaz (una especie de padre abusador: todo se niega del segundo indio oaxaqueño que gobernó México, aunque el nacionalismo revolucionario lo reprodujo en todo, excepto en los temas de la reelección y de la reforma agraria). La historia es campo de batalla y la clase política generalmente así lo asume.

Por eso, el mexicano medio, cínicamente, dice que la historia la escriben los vencedores.

En el caso de esta sociedad, lo que parecería un exabrupto digno de los revisionistas del fascismo, es una verdad que se pesa por muchos kilogramos. Si bien hay una gran tradición de historiadores que buscan la verdad en la mejor tradición de Tucídides, Tito Livio o Suetonio, y basta con leer sus libros para enterarnos de los matices y las complejidades que el discurso oficial nos niega, éste ha secuestrado el simplismo del mexicano, a través de una educación básica rudimentaria y deleznable, que tiene el costo agregado de formar malos educandos para las tareas de la vida, no se diga para el acceso a niveles medios o superiores de educación. La inquietante estrechez de los valores con que el mexicano ve al mundo está forjada en ese sistema público lleno de politiquería y de ignorancia culpable, intencionada. Bajo este argumento, la persistencia de liderazgos caciquiles tipo Elba Esther Gordillo pierde cualquier velo de inocencia. Su presencia es políticamente esencial para un sistema que se perpetúa bajo el peso de los mitos fundacionales.

“Entre los estados de la América hispánica que se emanciparon de la metrópolis a partir de 1810, solo México de manera continua se construyó contra el antiguo colonizador, y más generalmente, contra el extranjero; antes de la independencia, minimizando el rol y el aporte de la ‘madre patria’; después, excluyendo radicalmente el pasado español de la constitución de la nación […] la invención de México es, ante todo, una fuente de energía política y de cohesión defensiva…” (México, un estado norteamericano, Alain Rouquié, 2015). Habrá que entender esto, también, como la forma en que se generó un estado fuerte para poder resistir el formidable desafío de la vecindad con los Estados Unidos y su expansionismo, que se llevó más de la mitad del territorio heredado de la Nueva España. Pero a la luz de la modernidad, parece un pretexto muy cómodo para mantener el aferramiento a valores excluyentes del resto del mundo. Una especie de espejo de Narciso.

La lección que nos ofrece la intolerancia de la red debe recordarnos que cuando el país recibió notables diásporas por causas políticas o económicas: la libanesa de los años dieces y veintes del siglo XX, la española de la Guerra Civil, la argentina y chilena de los setentas, lo que salía en los periódicos no era necesariamente lo que pensaban el común de las personas -porque un impreso no es ni de lejos el equivalente a lo que ha sido la explosión de la internet, que es la democratización radical: caben literalmente todas las opiniones y destacan las más estridentes; esto desnuda mejor que nunca la prevalencia de los prejuicios-. Y que la humanidad promedio, no digamos la mexicana, ha sido y es recelosa, casi como segunda naturaleza, si la educación y las familias no hacen su parte para desmontar los prejuicios.

Quitémonos el velo: a diferencia de México, Estados Unidos sí solía ser esa tierra de apertura al diferente, de valoración del conocimiento y de las habilidades ajenas, de aceptación del pluralismo y de las oportunidades para todos… y ya ven el muladar que han dejado los estropicios de Mr. Trump, una total pérdida en la decencia y moderación del uso del lenguaje, no como nostalgia de la falsa máscara de la corrección política, sino como expresión civilizada mínima para lidiar con el otro, ese eterno desafío de las comunidades que se piensan ideales y homogéneas. El prejuicio es humano, hay que reconocerlo. La intolerancia, el recelo a lo distinto, la desconfianza, son la historia. Que el susto de la irrupción de los odios sea útil a las buenas conciencias: la respuesta está en otra parte. No somos tan diferentes como país, no somos mejores ni peores, y estamos ligados a los otros -no se diga a los vecinos geográficos- por lazos que debidamente potenciados, pueden ser la respuesta a los desafíos sociales que hoy se amontonan en todas las fronteras políticas.

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