MARCHAS, DISTURBIOS Y VIOLENCIA

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El mundo mira atónito cómo una protesta que comenzó por redes sociales en Francia se ha convertido en una verdadera revuelta que ha obligado al presidente Emmanuel Macron a suspender el impuesto a los combustibles, que debía aplicarse desde el 1 de enero de 2019 y que, hasta hace pocos días, insistía en aplicar.

La sociedad francesa todavía no logra asimilar la magnitud y extensión de esta protesta social que surgió sorpresivamente, por fuera de las representaciones tradicionales de los partidos políticos y los sindicatos.

Si bien cada situación es diferente, no es casual que para comprender lo que sucede en Francia tantos analistas tomen como referencia a las “primaveras árabes” de 2011, o el llamado movimiento de los indignados del mismo año en España. Y también aparecen las menciones a la revuelta del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina, conocida por la consigna “que se vayan todos”, que terminó con la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa.

Se sabía que, tarde o temprano, el gobierno de Emmanuel Macron iba a enfrentar una fuerte resistencia. Su arriesgado programa de reformas fiscales y laborales tiene perdedores muy claros, que no iban a aceptar pasivos los cambios. Por eso, el enfrentamiento con los sindicatos era inevitable. Los primeros apuntados fueron los ferroviarios, que tienen un régimen de trabajo privilegiado. Hicieron tres meses de huelga, pero no lograron torcerle el brazo al presidente más joven de la democracia francesa. Ganar esa batalla le hizo pensar que las cosas iban a ser más fáciles de lo que terminaron siendo.

No fueron trabajadores organizados los que le provocaron la primera gran derrota a Macron y hundieron a su gobierno en una crisis que se profundiza cada día más. Fue un grupo inorgánico y heterogéneo, sin referentes claros ni una ideología precisa, que asaltó las calles de París —y de muchas otras ciudades—, desatando un caos que hacía varias décadas que no se veía en la capital francesa.

Se movilizan a través de las redes sociales, Facebook principalmente. No tienen líderes, ni una dirección definida. Pero allí radica su éxito, porque muchas de esas personas miran con recelo a todos los aparatos y a las instituciones, incluyendo los sindicatos.

Su heterogeneidad posibilita que todos lleven su propio reclamo, incluso aunque tenga fundamentos diferentes y hasta contradictorios con los de sus vecinos. Es un límite para el movimiento, pero también una fortaleza.

El movimiento reúne a diferentes sectores de la sociedad. Desde grupos de clase media y pensionistas, hasta jóvenes de la periferia de París y otras de las principales ciudades del país. Pero también están los violentos, los jóvenes encapuchados de extrema izquierda y extrema derecha.

Hasta el momento este movimiento, cada vez mayor, no tiene estructura ni líderes ni portavoces. En cada rincón del país, los manifestantes se organizan a través de las redes sociales.

Mientras las protestas terminan en fuertes enfrentamientos entre los ‘chalecos amarillos’ y las fuerzas de seguridad, los sindicatos aún se encuentran divididos ante esta situación.

La extrema derecha y la extrema izquierda, en cambio, aprueban y fomentan mayores expresiones de rechazo al gobierno de Macron.

El disparador fue el incremento de los impuestos a la gasolina y al diésel, una medida aconsejada por los expertos en medio ambiente para desincentivar el consumo de combustibles fósiles. Pero una parte de la clase media baja, que desde hace muchos años enfrenta restricciones por el elevado desempleo y los bajos salarios, lo sintió como una gran injusticia. Sobre todo, por parte de un gobierno que redujo impuestos patrimoniales a los ricos para evitar que se lleven al extranjero sus fortunas.

Más de 280 mil personas salieron a protestar el 17 de noviembre, el primer gran día de la marcha. Muchos de ellos tenían puestos los chalecos amarillos que obligatoriamente tienen que llevar los automovilistas. Rápidamente, ese pasó a ser el emblema del movimiento. Con el correr de las semanas, las movilizaciones perdieron concurrencia, pero aumentaron su visibilidad por el estallido de episodios de violencia.

El extremo se vivió el pasado sábado. Mientras Macron estaba en Buenos Aires participando de la cumbre del G20, París ardió. Autos y edificios fueron incendiados, se registraron saqueos en tiendas y un grupo de personas vandalizó el Arco del Triunfo.

Los enfrentamientos entre manifestantes y policías se repitieron en distintos puntos de la ciudad, que parecía una zona de guerra. Si bien Macron decidió dar marcha atrás con el aumento de impuestos, la crisis persiste y los protestantes siguen determinados en mantener las manifestantes.

Los violentos recibieron una fuerte respuesta de las fuerzas de seguridad. El sábado más de 1,700 personas fueron arrestadas en todo el país, y 118 resultaron heridas. La jornada volvió a dejar terribles imágenes de autos incendiados y manifestantes dispersados con gases lacrimógenos.

Este domingo, el Ejecutivo reconoció que los disturbios representan “una catástrofe” para la economía del país.

Bruno Le Maire, ministro de Economía y Finanzas, aseguró que la nación atraviesa una “crisis”, y Jean-Yves Le Drian, titular de Relaciones Exteriores, expresó su preocupación por los hechos de violencia.

En toda Francia salieron a las calles unas 125,000 personas, 10,000 de ellas en París, especificó el ministro del Interior, Christophe Castaner, durante una conferencia de prensa conjunta con el primer ministro Édouard Philippe.

“Las fuerzas del orden han hecho que se respete la ley”, subrayó Philippe, quien puso el acento en que ahora es momento para el diálogo.

Philippe anunció que en breve el presidente Emmanuel Macron hablará por primera vez a la población desde que comenzó la movilización de los chalecos amarillos el 17 de noviembre último y que ya dejó muertos y más de 2,000 detenidos.

En el cuarto sábado consecutivo de protestas del movimiento de los chalecos amarillos, las calles de la capital francesa volvieron a verse automóviles ardiendo y negocios asaltados mientras los manifestantes intentaban levantar barricadas con las placas de madera con las que habían sido protegidos muchos negocios.

La Policía reprimió las protestas con gas lacrimógeno y camiones hidrantes en los alrededores de los Campos Elíseos, donde los manifestantes eran sometidos a una revisión de sus mochilas y bolsos para evitar que introdujeran objetos peligrosos.

Fueron movilizados 89,000 efectivos de seguridad en todo el país, 8,000 de ellos en París, reforzados por vehículos blindados de la Gendamería.

La mayoría de las estaciones de metro permanecieron cerradas, al igual que muchos comercios. También fueron suspendidos seis partidos de fútbol de primera división y permanecieron cerrados los principales monumentos y atracciones turísticas, como la Torre Eiffel, el Museo del Louvre, la Ópera o las catacumbas.

Los chalecos amarillos organizaron bloqueos o filtraron el paso de vehículos en decenas de lugares por todo el territorio francés, en particular en algunos puntos estratégicos de la red de autopistas y las estaciones de peaje.

Las protestas se extendieron a otras ciudades del país, como en Burdeos, Toulouse, Marsella, Lyon o Nantes y a otros países como Bélgica y Holanda.

Ante las protestas, el Gobierno francés anunció esta semana la suspensión de la subida de impuestos a los combustibles y al diésel durante 2019.

Sin embargo, algunos cabecillas de los manifestantes insistieron en que de todas formas marcharían cada sábado por París para exigir otras reformas, como mayores recortes de impuestos, aumento de salarios y demandar, incluso, la dimisión de Macron.

En el plano político los dos excandidatos presidenciales de extrema derecha y extrema izquierda, Marine Le Pen y Jean-Luc Melenchon, hablaron de una nueva movilización exitosa de los chalecos amarillos en el país, pese a la “campaña intimidatoria” del gobierno de Emmanuel Macron.

Ambos pidieron la renuncia del Ejecutivo y el llamado a elecciones anticipadas para salir de la crisis.

Durante muchos años hubo en Francia intentos sociales o individuales de resistencia al trabajo que parecían no llevar a nada. Pero después de 2010, cuando se produjeron grandes protestas contra el incremento de la edad jubilatoria, se pensó que probablemente iba a surgir un movimiento social, aunque no se sabía cuándo ni de qué manera. El descontento se cristalizó y comenzó alrededor de una demanda muy específica, pero agrupa a muchos descontentos y reclamos relacionados con la desigualdad social y la arrogancia de los ricos.

El malestar no es nuevo en Francia. Desde hace tiempo hay en el país grandes porciones de la población que padecen el estancamiento económico, una desocupación crónica cercana al 10% y la ineficiencia de un estado que era demasiado grande y que ahora está en jubilación.

Los enfrentamientos entre manifestantes y policías se repitieron en distintos puntos de la ciudad, que parecía una zona de guerra. El gobierno francés, que minimizó la protesta hasta que le estalló en el corazón de París, se encuentra con que no sabe con quién hablar y mira atónito cómo la revuelta crece día a día. Cada región elige la forma de manifestarse y sus representantes pueden ser una vendedora de cosméticos, un jardinero o un peluquero que trabajan por cuenta propia, y que hablan por sí mismos y por un colectivo organizado desorganizadamente y con numerosas contradicciones. Los une un chaleco amarillo convertido en símbolo de apropiación del espacio público de manera colectiva.

Para el gobierno esta representación atípica es un problema real, pero también una excusa para decir que no sabe con quién negociar mientras exigen que digan lo que quieren, como si fueran un partido político o un sindicato con reivindicaciones claras y puntuales.

El enojo acumulado por años ya no tiene diques de contención por la fractura entre el pueblo y quienes dicen representarlos, y que no parecen entenderlos.

Dos cosas resultan muy llamativas. Una es lo rápido que pasó el gobierno de no ceder en nada a entregar todo después de semanas de mantenerse firme. Otra es la estrategia de Macron: a pesar de la profunda gravedad de la crisis, mantiene un silencio casi absoluto. Sólo respondió una pregunta desde Buenos Aires. “Los culpables de esta violencia no quieren ninguna reforma, sólo quieren el caos”, afirmó. Al regresar a Francia, se limitó a recorrer el Arco del Triunfo.

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