El miedo y los riesgos en la democracia: de Pericles al populismo

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Dos premisas útiles para no sobresaltarse de más en estos tiempos azarosos para Jalisco, México y el mundo: una, vivir en democracia siempre es incertidumbre e inestabilidad. La civilización helénica, inventora de esa forma de gobierno, como nos lo narra Jacob Burckhardt en su monumental Historia de la cultura griega, revela que aquello estaba muy lejos de ser Jauja; que las bajas pasiones, la demagogia, la envidia de clases, los odios de casta y la desconfianza al extranjero (“bárbaro”, les dijeron por primera vez) eran pan de cada día; que el pueblo demandaba de tiempo en tiempo la incautación de las fortunas de los notables o la expulsión de los más talentosos, sin ninguna causa real (no digamos judicial) que lo avalara, más allá del tesoro de la ciudad exhausto por el gasto en guerras y en celebraciones, o el temor, no del todo infundado, de que los personajes carismáticos pudieran verse tentados a la tiranía.

La incomparable interioridad griega, esto es, su reflexión sobre el mundo y los hombres, dato que nos demuestran la humanidad de su arte dramático y de sus poemas fundacionales, sus portentosas ciudades diseñadas en torno a la plaza pública, sus descubrimientos y sus inventos, son así frutos de una cultura agonista, sobre la definición de ‘agon’ como lucha, competencia, disputa, afán de sobresalir y de perfeccionarse. El hombre interior se ve obligado a abrirse paso entre las protectoras pero frecuentemente temibles fuerzas de la ciudad-estado, pero tiene la muy democrática posibilidad de acceder a la inmortalidad con sus propios méritos. El hombre self-made, tan valorado en las democracias liberales modernas, aquí nació, entre estertores violentos.

“Este Estado, no sólo cometió, cegado por la pasión, los más fatales disparates y las violencias más contraproducentes, sino que consumió rápidamente a sus hombres más capaces o los espantó. Pero la mirada de la posterioridad no se ha preocupado por el Estado ateniense, sino por la potencia cultural de primer orden que fue Atenas, como fuente del espíritu…”.

También reconozcamos que esa primera democracia debe luchar de forma cotidiana contra flagelos como la demagogia (no es casualidad que Aristóteles nos haya dejado el catálogo de formas de gobierno más completo que existe… y de sus taras correspondientes), la corrupción y el tráfico de influencias (“los atenienses tuvieron que escuchar desde muy temprano -y no solamente de boca de sus autores cómicos-  que había muchos que trataban de enriquecerse con  excusa de los negocios públicos”) y con el tiempo, con uno de los más graves problemas: “la profunda desconfianza, que se manifiesta  en las incesantes acusaciones, es una verdadera enfermedad, aunque en casos aislados esté justificada; enfermedad tanto más grave cuanto que es considerada como signo de salud”, añade el historiador alemán.

ESTO EXPLICA LA PRESENCIA OMNÍMODA DE UN PERSONAJE FALSARIO Y OPORTUNISTA, QUE PROSPERA A COSTA DE CULTIVAR LA DUDA MÁS GRATUITA Y VOLÁTIL: EL SICOFANTE.

La calumnia convertida en un arte ante el cual, “la probidad no servía de escudo”, pues nadie era inocente mientras no se demostrara lo contrario. Demasiado moderno, ¿no cree el lector?

“Para el funcionamiento de este sistema fue necesario todo el tropel movible de los sicofantes, lo que quiere decir que reconoció la soplonería como oficio digno (¿precursores de los comisarios ideológicos que hoy pululan en las redes sociales?) […] la Polis, como la realeza absoluta, estaba divinizada; se había convertido en religión, que apela a los medios más extremados contra toda desviación. Pronto los sicofantes serán imprescindibles para el gobierno; sin el miedo a los sicofantes, muchos habrían huido de la ciudad, o se habrían substraído a los deberes más penosos, o hubieses explotado el interés público con más desvergüenza todavía. Pero si algo nos puede demostrar que en Atenas la idea del Estado había traspasado los límites soportables por la naturaleza humana normal, es el reconocimiento público de semejante peste social, este terrorismo legal que se mantiene a los 400 años de la guerra del Peloponeso con la misma fuerza que antes de ella…”. La víctima más ilustre de ese sistema de denuncia y calumnia será, sin sombra de duda, el filósofo Sócrates.

La segundo premisa que no debemos olvidar: no hay democracia sin institucionalidad, sin formalismo. Incluso en su mejor momento como religión cívica, la institucionalidad subyace: “no sabemos que la democracia haya sacado adelante a otros que los atenienses; estos excedían a los demás helenos en inteligencia natural y fueron menos rebeldes a las leyes vigentes”, cita Burckhardt a Pausanias. Justamente cuando decae la democracia, decae ese espíritu de la ley cristalizado en el respeto a la formalidad institucional. Con el paso de los siglos, si algo nos demuestran los regímenes no democráticos modernos es que lo primero que hacen volar por lo aires es la institucionalidad, ahora llamada “burguesa” y por ende, “simuladora”. Que la institucionalidad es esencial para mantener libertades y derechos lo comprobaron con su vida millones de judíos bajo el régimen Nazi:

“En toda Europa, pero en diferentes grados según el lugar, la ocupación alemana destruyó las instituciones que permitían que las ideas de reciprocidad parecieran verosímiles. En los lugares donde los alemanes borraron los Estados convencionales, o aniquilaron las instituciones soviéticas que a su vez acababan de destruir los Estados convencionales, crearon un abismo donde el racismo y la política aunaban sus esfuerzos hacia la nada; en este agujero negro, fueron asesinados los judíos. Cuando alguno se salvaba, solía ser gracias a personas que podían actuar en nombre de un Estado o de instituciones que funcionasen como un Estado. En ausencia de la iluminación moral de las instituciones, la bondad era todo lo que quedaba, y la tenue luz de los salvadores individuales salía a relucir” (Timothy Snyder, Tierra negra, Galaxia Gutenberg, 2015).

Nadie piensa en que estemos por llegar a esos extremos, al menos en los ámbitos más locales, pero aun en versiones mesuradas, la destrucción de la institucionalidad incrementa el azar y puede hundir el goce de derechos. Ese es el riesgo agregado a que nos somete el populismo de nuestra época a quienes vivimos la cotidiana lucha de las democracias imperfectas. Supongo que por eso es sensato reformar las instituciones, criticarlas creativamente, fortalecerlas para que cumplan su mandato… para no abrirnos al abismo de la arbitrariedad.

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