La polis verde y la autocracia que viene

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A los amigos que se quedan en Milenio Jalisco, con el deseo de que el periodismo salga avante del desafío.

La crisis ambiental es la crisis de nuestros tiempos, pero en más de un sentido, es la crisis de todos los tiempos, si del predominio del Homo (que muchas veces es solo supuestamente) sapiens sapiens sobre el planeta llamado Tierra, se trata. En buena medida la gestión de los modelos de civilización que han alojado amplios espacios de nuestro mundo en los últimos diez mil años, habían devenido en problemas políticos, económicos, sociales, fruto del mal manejo del territorio y sus recursos (es decir, del ambiente en que vivían), lo que dio ruta en ocasiones a un proceso catastrófico del que ya no se pudieron reponer. Es lo que el famoso historiador y divulgador científico Jared Diamond, premio Pulitzer,  tituló, en uno de sus libros más conocidos, como “Colapso”.

Los colapsos, entonces, no se dan por generación espontánea, por maldad de un dios o por mala suerte, aunque el azar tiene su concurso. Se cultivan con paciencia y requieren sobre todo del esmero y la prolijidad del autoengaño a nuestra la inteligencia colectiva, que como se demuestra en cada etapa de la historia humana, está sujeta con frecuencia a caer presa de los espejismos imaginativos. La creación de los imaginarios, es decir, de las grandes ideas comunes de pasado y futuro –sigo al gran filósofo Cornelius Castoriadis-, es lo que ha hecho posible el dominio del mundo por los hombres (Homo es una especie, no un sexo) , pues incentiva la cooperación entre miles, millones de desconocidos, y da forma a gigantescas estructuras políticas que no podrían acometer alguna otra de las maravillosas formas de vida planetaria, desprovistas de ese don que a últimas fechas ha resultado ser nuestra manzana envenenada.

La diferencia de los colapsos anteriores, al del presente, es la globalización. Y es esencial entenderlo, pues los fenómenos de desastre humano se habían restringido a ámbitos territoriales específicos, y con el cambio climático, eso ya no es posible. Diamond ilustra el caso de islas y de zonas con civilizaciones aisladas del resto, como la maya de nuestro país. La relación entre la “capacidad de carga” de los ecosistemas (es decir, de absorber impactos de un modelo económico y social de aprovechar los recursos disponibles y su consecuente deterioro, y restaurarse; a lo que hoy se llama “resiliencia”) y la salud política es clara. Cuando se pierde la primera, surgen las crisis, aunque casi nunca la clase política ha tenido el talento de entenderlo.

Entonces, los mayas o los moradores de la isla de Pascua buscaron desesperadamente apelar a los imaginarios integradores con ritos políticos y manifestaciones que vemos reflejados prístinamente en la arquitectura o la escultura: pirámides más amplias y grandiosas,  cabezas de piedra cada vez más colosales. Pero el cielo no escuchó. El agua se agotó. Las sequías arribaron y las cosechas se perdieron. Surgieron las rebeliones y las guerras intestinas, los homicidios se hicieron más comunes y más cruentos, los líderes simplistas y redentores tuvieron su hora, al optimismo de la participación colectiva sucedió el miedo, entregar el destino en manos del dirigente providencial, el salvador.

¿No podemos leer en esta clave lo que hoy nos sucede en México y muchos rincones del mundo?

Por eso, la crisis ambiental es crisis social, económica, política, cultural; es hoy además crisis de la democracia (un sistema creado por los griegos como un modelo muy restrictivo y que fue ampliado por las luchas de los siglos XVIII al XX hasta abarcar, por primera vez, a todos los hombres como sujetos de la política, y que tras la caída dela Unión Soviética ha dominado en el mundo) que se debate entre su incapacidad de dar soluciones y el secuestro de sus beneficios por las élites poco generosas, dadas a la rapiña, dominadas también por el miedo y la ignorancia. Recuerdo una famosa frase de Willy Brandt, el famoso canciller socialdemócrata alemán de la postguerra, que hizo popular en México el Maquío (Manuel de Jesús Clouthier del Rincón, candidato panista a la presidencia en 1988), “los problemas de democracia se curan con más democracia”.  

Pero en el pesimismo actual, muchísimos se han convencido de que es receta equivocada. Por eso tocan su hora, en países de tradición democrática o de tradición autocrática (dos ejemplos inmediatos de ambas tendencias: Estados Unidos y México), a los dirigentes populistas, los de recetas fáciles, los denostadores de la política entendida como  el modo en que los muchos nos ponemos de acuerdo y donde nadie posee el monopolio de la verdad. Es la hora de los López Obrador y los Alfaro (no obstante su aparente contraposición, el segundo es claramente un populista: ataca a los partidos, ataca a los que no piensan como él, se asume como líder providencial y como “la última esperanza”, usa gestos religiosos y emociones primitivas para hacer guiños al hambre de estabilidad de quienes conformamos esa entelequia simplona llamada pueblo, ataca al periodismo de investigación pero usa tecnología de redes sociales como vehículo de propaganda, en la mejor tradición autocrática del siglo XX, para consolidar su posición: sabe que gobernar es comunicar, aunque sea con medias verdades), y es el mayor riesgo que el sistema democrático ha tenido desde que fue universalizado con el eje de los derechos del hombre y del ciudadano en las jornadas de 1789, y en el caso mexicano, desde la debacle del presidencialismo entre 1988 y 2000.

Estos apuntes que se entregarán quincenalmente, gracias a la generosa invitación de Bruno López, tendrán como eje este contexto que he intentado simplificar en pocas líneas. Si los amables lectores se convencen de que la crisis ambiental es una crisis política, y de que entraña una crisis de la democracia, me doy por servido. La polis verde, así, está hoy sitiada por las nuevas autocracias.

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