Peña Nieto termina repudiado

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Para fines prácticos el gobierno de Enrique Peña Nieto ya terminó, aunque formalmente su sexenio acaba el próximo 30 de noviembre. Tanto por sus propios fracasos, como por el impacto político de la elección presidencial del pasado 1º de julio, con una votación histórica para el próximo presidente, y con una agenda pública que se asemeja más a un presidente en funciones, las acciones y anuncios de Andrés Manuel López Obrador y su equipo de gobierno, no sólo han opacado sino debilitado aún más al gobierno saliente del priista Enrique Peña Nieto.

Los mensajes publicitarios que vemos y escuchamos de modo insistente y acosador en los medios masivos de comunicación en el contexto del 6º Informe de Gobierno, son los estertores tanto de una administración, de un partido, como de un personaje. En términos prácticos Peña Nieto ya es pasado, y por sus resultados, parece que se encamina no al reconocimiento como uno de los mejores presidentes nacionales, sino al basurero de la historia.

Por supuesto él intenta hacer creer a todos los mexicanos que su gobierno ha sido no sólo exitoso, sino transformador a escala histórica. Si uno analiza su discurso y propaganda, queda claro que Peña Nieto pretende ubicarse en el mismo lugar de presidentes mexicanos que llevaron a cabo transformaciones históricas. Si analizamos su paquete de reformas estructurales, sobre doce diversos asuntos nacionales, desde los laborales, hasta las reformas energética y educativa, pasando por la hacendaria, puede pensarse que los cambios que impulsó, sí dejarán huella histórica. Quizá el cambio más notable en ese sentido, sea la reforma energética, que cambió el régimen jurídico que se construyó después de la Revolución mexicana y que con la reforma energética de Peña Nieto se asemeja más al régimen jurídico porfirista que dejó el sector petrolero al servicio de las petroleras internacionales.

Pero más allá de las ambiciones del propio Peña Nieto de ser considerado uno de los “grandes” presidentes de este país, el juicio de la sociedad manifestado a través de diversos medios y sentidos, es lapidario: el actual es uno de los peores gobiernos federales que ha tenido este país. Todos los indicadores de aprobación de las casas encuestadoras registran un incremento sostenido de rechazo al actual mandatario hasta llegar a ser el presidente más repudiado por la opinión pública.

PERO NO SE TRATA SÓLO DE UN ASUNTO DE PERCEPCIONES, O DE MALA COMUNICACIÓN, DE INCOMPRENSIÓN O DE MAL HUMOR SOCIAL COMO A LO LARGO DEL SEXENIO HA INTERPRETADO PEÑA NIETO Y SU CÍRCULO ÍNTIMO EL RECHAZO.

Por dogma neoliberal, a Peña Nieto como a sus principales colaboradores les fascina destacar cifras macroeconómicas como indicadores de supuesta prosperidad y desarrollo de la sociedad mexicana. De ese modo la propaganda y los mensaje de Peña Nieto (en discursos y entrevistas) insisten en remarcar que se crearon empleos como en ningún otro sexenio (cuatro millones), que llegaron inversiones extranjeras como nunca, que llegaron más turistas que en cualquier otra administración, o que aumentó el poder adquisitivo del salario.

Sus cifras son reales, pero no consideran que si se crearon cuatro millones de empleos, se necesitaban seis millones; o las consecuencias de llegada de inversiones extranjeras o del crecimiento de la industria turística, por ejemplo en apropiación privada de territorios que antes eran comunes y que ahora se destinan a actividades extractivas que lesionan a pueblos, comunidades y barrios, despojándolos de tierras que antes eran de uso común y que ahora se explotan de modo privado.

Pero la principal negación de Peña Nieto tiene qué ver con el trágico y horroroso saldo de la guerra que inició su antecesor y que él siguió sin mayores cambios. Los datos son contundentes: el de Peña Nieto terminará como el sexenio más violento en muchas décadas, probablemente desde la guerra Cristera, superado las cifras sanguinarias del sexenio del panista Felipe Calderón.

El saldo de la guerra a lo largo del sexenio de Peña Nieto es de escalofrío: cerca de 200 mil asesinados violentamente, miles de ellos masacrados, descabezados, disueltos en químicos, desmembrados, desaparecidos, torturados, ejecutados extrajudicialmente, e intentados desaparecer en centros de exterminio y fosas  clandestinas. No hay otro país en el mundo que tenga estos niveles de violencia cotidiana y extrema, fuera de los que tienen guerras exteriores o civiles. Los saldos que deja Peña Nieto son terribles y explican, en buena medida, su derrota electoral, y deberían llevar a fincarle responsabilidades políticas y jurídicas por las decisiones que tomó y que condujeron a esta situación.

Pero no sólo es el saldo de guerra con sus caras más dolorosas de asesinatos y desaparecidos, lo que lleva a calificar a Peña Nieto como uno de los peores gobiernos del país.

Al mismo tiempo, las condiciones de reproducción de la vida material se volvieron más difíciles para la mayoría de la población, ya fuera por la tendencia hacia la privatización de la propiedad de la tierra comunal o ejidal, la explotación de la fuerza de trabajo, el mayor control impositivo hacendario, la sangría de la deuda pública, y también por la continua represión y persecución a los movimientos sociales. Con Peña Nieto aumentó el despojo, la explotación y represión política en el país.

Ala vez, logró convertir a México en uno de los territorios privilegiados de la inversión privada de capital. Esto no es contradictorio, sino complementario. Con la situación de virtual guerra contra la mayoría de la población, especialmente jóvenes varones de sectores más empobrecidos, se facilitaron las dinámicas de acumulación promovidas por el gobierno de Peña Nieto y sus reformas estructurales. De modo que su juicio no es unitario: mientras una élite y minoría enriquecida le reconoce que trabajó para ellos, la mayoría de la población lo repudia.

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