CON PRISA Y SIN ACUERDOS

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La próxima semana será de “alta prioridad” para destrabar y llegar a un acuerdo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) por parte del equipo negociador mexicano. Ésa es la encomienda que se le ha conferido a Jesús Seade, propuesto por el virtual presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, para ser jefe negociador del TLCAN. Seade está en Washington, D.C., participando en las conversaciones que fueron reanudadas entre los equipos mexicano y estadounidense el 26 de julio, y al que se espera se incorpore la delegación canadiense a partir de la siguiente semana.

El optimismo por terminar próximamente el recién retomado proceso para modernizar el TLCAN debe ser manejado con cautela ante la posibilidad de no cerrar la negociación pronto; y por la volatibilidad reaccionaria del inquilino de la Casa Blanca, que un día dice una cosa y otro día otra.

Al momento, la administración de Donald Trump ha utilizado los tiempos de las conversaciones como una herramienta política a su conveniencia, y esta vez no habría por qué descartar este factor: ya se encuentra en modo “campaña” de cara a las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre. Por lo que ya lo hemos leído y escuchado con cada sandez dignas de su proclive xenofobia.

La negociación por parte de Trump se ha reducido a un burdo juego político. Él sabe que existe una necesidad de tener un tratado, pero está manejando su mensaje porque es lo que sus bases quieren oír, y es también lo que le reditúa votos en el sector más radical de estadounidenses, que son quienes lo encumbraron y llevaron a la Casa Blanca. Vienen las elecciones intermedias en noviembre, y el juego político se encamina a tomar decisiones que podrían forzar hacia una dirección poco conveniente. Así que esperar que un proceso que lleva más de un año se cierre en dos semanas, es ser demasiado optimista. Por parte de Trump siempre hay un doble discurso: por un lado, frente a los equipos negociadores, es un tanto prudente; por otro, de cara a sus electores, se muestra radical e inflexible. Es un “doble cara”, pues.

Lo cierto es que estas negociaciones se harán en medio de una coyuntura complicada, donde los estadounidenses presionan por proteger ciertos sectores y buscando no enfrentar a sus socios en bloque.

Estados Unidos va a continuar, por ejemplo, con las políticas arancelarias, pero la diferencia es que las hará de manera quirúrgica. Ante eso, el tratado tiene que negociarse con bastante habilidad. Todo está muy orientado a negociaciones bilaterales en un marco trilateral, aunque nos cueste aceptarlo. Y está sucediendo que con nuestro país se negocia una parte y con Canadá otra. Así, al final del día, quien realmente tendría un acuerdo con dos países sería Estados Unidos, mientras que Canadá y México estarían acordando por separado.

Con estas condiciones, a los encargados de la política comercial mexicana no les quedará más que ser pragmáticos y buscar un acuerdo multilateral; pero si la situación lo requiere, se tendrá que buscar uno bilateral que sea capaz de acomodar los intereses nacionales.

En este contexto, Canadá pide un rápido desenlace en las negociaciones del TLC. La ministra de Exteriores de Canadá, Chrystia Freeland, desea que las conversaciones trilaterales para actualizar dicho Tratado se reanuden lo antes posible y no sigan fraccionadas, como comenzaron hace ya casi 15 días. Freeland también ha señalado que estaba preparada para sumarse a negociaciones de alto nivel sobre el futuro del pacto comercial entre Canadá, México y Estados Unidos. Los diplomáticos de Estados Unidos y México se han pasado la última semana tratando de zanjar las diferencias entre sus países, y ahora mismo una solución parece, como mínimo, a la vista. Las conversaciones para modernizar el acuerdo vigente desde 1994 comenzaron hace casi dos semanas a petición de Donald Trump, que se estancaron en el periodo previo a las elecciones presidenciales mexicanas, que tuvieron lugar el 1 de julio y se saldaron con la victoria de Andrés Manuel López Obrador.

Las dilaciones se debieron, al menos en parte, a las demandas de Estados Unidos que pedía grandes cambios en el sector automotriz, así como a una cláusula de caducidad que obliga a renegociar el acuerdo cada cinco años para renovarlo.

El equipo negociador de Canadá se reintegrará en estos días para avanzar en la renegociación, luego de haberse ausentado por dos semanas. 

Vale mencionar que México aceptó por primera vez, públicamente, que discutirá la propuesta de Estados Unidos de establecer un contenido salarial en las reglas de origen del sector automotriz como parte de la renegociación del TLCAN. ¿Qué quiere decir esto? Pues que el 35 o 40% de los componentes de un automóvil hecho dentro del marco del TLCAN debe hacerse en una zona de altos salarios.

En las reglas de origen del sector automotriz, Estados Unidos está impulsando medidas restrictivas al comercio, al pedir que 40% del contenido de un automóvil o 45% de una camioneta pick up, se fabrique utilizando mano de obra pagada de 16 dólares o más por hora para tener derecho a ser exportados sin cobro de aranceles en el marco del TLCAN, un umbral en el que México está bastante lejos de cumplir con pagos por alrededor de 3 dólares la hora.

En su más reciente posicionamiento, México respondió sugiriendo un contenido de valor regional del 30% para el acero y el aluminio y un requisito de contenido salarial del 20%. Hasta el último corte de negociaciones ministeriales en mayo pasado, la Secretaría de Economía mexicana descartó a través de su titular que se exija, como lo pidió Robert Lighthizer, representante comercial de la Casa Blanca, que 70% del acero, vidrio y aluminio usado en la producción de autos y camionetas sea originario de América del Norte. Así pues, las cartas están de nuevo sobre la mesa, y ahora con el equipo negociador del virtual presidente electo mexicano sumado a la delegación mexicana, veremos si se da el impulso necesario para que el TLC avance. Ello también resulta ser un signo que se traduce en que Trump ya no estaba dispuesto a negociar con Peña Nieto, sino con el próximo presidente, con el que al parecer tiene mayor afinidad.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin, ha dicho que la renegociación del TLC es una gran prioridad para el Gobierno ahora que pasaron las elecciones presidenciales en México. Estados Unidos, Canadá y México han estado negociando desde agosto del año pasado una renovación del pacto comercial de 24 años, pero las conversaciones se han estancado por las demandas de Washington sobre autos y otros asuntos. Sobre este tema, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, dijo que el Gobierno de México está platicando con sus pares de Estados Unidos y Canadá para reanudar la renegociación del Tratado a finales de agosto o principios de septiembre. El equipo de Andrés Manuel López Obrador ofreció flexibilidad al tratar los puntos conflictivos del TLC. El negociador comercial del virtual presidente electo dijo estar dispuesto a mostrar flexibilidad en reglas de origen en el sector automotriz y en mecanismos de resolución de controversias. Este último aspecto se refiere a conflictos entre inversionistas y Estados, en los cuales se permitiría a los primeros enfrentar las acciones de un Gobierno extranjero.

Por su parte, Seade se unirá en Washington al equipo de negociación del TLCAN del actual Gobierno de México. El colaborador de López Obrador calificó de inaceptables la demanda de Estados Unidos de una cláusula de extinción de 5 años para el tratado, aranceles estacionales sobre frutas y verduras de México y la eliminación de paneles para resolver desacuerdos. Las reglas de origen señalan el porcentaje mínimo que debe tener un auto fabricado en Norteamérica para recibir el beneficio del arancel cero dentro del acuerdo. Sin embargo, dentro de todo esto, el peor escenario para México incluye la combinación de dos cosas: que no haya acuerdo en las negociaciones que se realizan en Washington durante las próximas dos semanas, y que Donald Trump decida retirar a Estados Unidos del Tratado. Esto sería terrible. Afortunadamente, éste es el escenario menos probable: hay margen para alcanzar un acuerdo y, si no, también hay forma de que la relación comercial siga trabajando.

Estamos en la recta final, pero las exigencias planteadas por Estados Unidos obligan a la mesura y, en más de un sentido, abonan al sentimiento derrotista. En uno de los temas que más ha trabado el avance de las negociaciones tiene que ver con la propuesta en reglas de origen, que implica mucho más que mover unos numeritos en el porcentaje del producto que se hace en América del Norte y en Estados Unidos. El gobierno de Trump busca una solución proteccionista. Pretende, además, intervenir en la política salarial mexicana. Existen bastantes ejemplos de gobiernos resultando injerencistas en la forma en que se organiza una industria. Eso es parte de la normalidad en China, Japón y la Unión Europea. Lo que no tiene precedente es un TLCAN en el que se obligue a uno de los participantes a mover los sueldos por decreto.

En teoría, y desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores mexicanos, suena bien que Estados Unidos presione para que se eleven los sueldos en nuestro país, pero no es así de fácil, no se trata de echar andar la máquina del dinero. En la práctica, no hay generosidad del vecino del norte, sino todo lo contrario. Esta presión implica una exigencia imposible de cumplir, y ellos lo saben: México no podría multiplicar por tres o por cuatro los sueldos de la industria automotriz en un periodo de cuatro años. Será más fácil llevarse la planta a Estados Unidos o Canadá. En el fondo eso es lo que quiere Trump. México no puede aceptar la propuesta de Estados Unidos en el capítulo de reglas de origen: implicaría agachar la cabeza en un asunto que mataría el futuro de la industria automotriz de México. La crisis no ocurriría de un día para otro, pero sí en un periodo de cinco a 10 años. Por eso, la Secretaría de Economía ha presentado una contrapropuesta, donde no cede en salarios y solicita un periodo de transición de 10 años para elevar el contenido regional de los vehículos hasta 70 por ciento. Hay confianza en que, si se resuelven “las reglas de origen”, se podrían destrabar los otros temas.

¿Qué pasa con el resto de los asuntos? Estados Unidos ha propuesto una fórmula en la que se podría anunciar “un acuerdo en principio” en los próximos días. Se dejaría, de esta forma, para otro momento la definición de los detalles de otros asuntos, por ejemplo: propiedad intelectual; provisiones laborales; los mecanismos de solución de controversias. México no parece interesado en anunciar “un acuerdo de principio”. El equipo negociador mexicano considera que se deben utilizar las negociaciones en diferentes temas para balancear el acuerdo: cada país ganaría en unos temas y cedería en otros. El problema de fondo es que Estados Unidos no quiere ceder y México va a contratiempo.

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