Los dos triunfos

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Andrés Manuel ganó, todavía no lo creo. He visto personas llorar de emoción, de miedo, de no saber por qué lloraron. He visto emoción y tristeza, pero he visto sobre todo esperanza. En las sumas y las restas creo que ganan las sumas. Ganan porque más de la mitad del país dijo sí al cambio que propone el movimiento de Andrés; gana el país porque la manera en que se llevó a cabo la transición es ejemplar. El candidato del PRI, Meade, dando muestras de madurez política nunca antes vista, poniendo al país primero, le deseó lo mejor al nuevo Presidente y reconoció su derrota. Acto seguido, el INE e incluso Anaya, reconocieron la indiscutible victoria de AMLO después de tanto tiempo. Peña Nieto también dio su mensaje, e incluso Donald Trump lo felicitó vía su herramienta de gobierno favorito: Twitter.

Los mercados no cayeron, el apocalipsis no llegó y el mensaje de unidad y de seguridad a los empresarios y a la sociedad fue muy claro. El peso, incluso, recuperó un poco su valor en un país que por primera vez en mucho tiempo no vive una guerra de incertidumbre postelectoral. El presidente legítimo es más legítimo que nunca.

Hay quien compara a Alfaro con Andrés Manuel y dice que sus triunfos son similares y sus movimientos casi espejos, y eso es como decir que el triunfo de Cuauhtémoc Blanco en Morelos genera un movimiento social como el que AMLO logró construir a lo largo y ancho del territorio nacional; o que el triunfo del candidato de Tabasco, Adán Augusto López, que sacó una votación superior a la de Andrés, es representante de un movimiento más fuerte y de mayor arraigo popular.

Alfaro, con su triunfo que no puede regatearse, no es AMLO ni representa en Jalisco lo que el Movimiento de Regeneración Nacional representa en toda la Patria.

No se puede comparar un millón de votos con treinta millones. No se puede comparar a alguien que siguió creciendo toda la elección con alguien que, si bien ganó con una cómoda, comodísima ventaja, decreció a lo largo del proceso.

Éste es tiempo de sanar heridas, de buscar reconciliación, de construir un acuerdo de paz que no tenga colores y partidos; pero hay que entender el tamaño de los liderazgos y la fuerza de los movimientos, las posiciones en la mesa.

Porque una cosa es la patria amorosa y otra muy distinta el movimiento naranja. Lo digo sin veneno, sin el menor encono, sin escatimar un ápice el triunfo de Alfaro, pero buscando que los ánimos del gobierno de Jalisco no lo hagan verse en el espejo de las vanidades como una fuerza equiparable a la nacional, a la que representa la lucha de una izquierda por primera vez triunfante.

Lo digo porque la reconciliación sólo es posible desde el entendimiento de los propios alcances y desde la humildad de la propia y pequeña estatura.

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