FUTBOL Y VICTORIAS VERDES

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El fútbol, no es un deporte concebido como otros muchos, es un espectáculo, ha conseguido causar furor y explosión de  todo tipo de pasiones, -a diferencia del resto de deportes-, a todo el planeta sin excepción. Varios son los factores que lo explican. Sin lugar a dudas el fútbol es un fenómeno social que nos atrapa bajo sus propios argumentos, espontaneidad y conciencia, capaz de someter los usos y costumbres de quien quiera oponerse. 

Es el deporte que conquistó a las sociedades del mundo en base a su contenido, a pobres y ricos, a cultos e incultos,  ha logrado conseguir una conjunción social capaz de traspasar barreras, tanto así que los sociólogos más reconocidos en el mundo lo han estudiado con mayor incidencia desde finales del siglo XX.

El fútbol sigue propiciando la mayor manifestación del orbe, provocada por una pasión, esas sensaciones casi mágicas tienen su explicación, algunos expertos hablan que el fútbol es la vida misma interpretada por un futbolista que genera desde su cuerpo polisémico, una fusión corporal-espiritual, capaz de generar una reacción social, cultural e histórica. Hay sociedades del mundo que han adoptado al fútbol como un derecho adquirido en su cultura popular, con un poder absoluto hasta para encumbrar a héroes y villanos.

Este fenómeno social llega cada cuatro años para trastornar nuestras agendas y entregarnos apasionadamente a disfrutarlo, se llama Mundial de fútbol, el que hoy está en marcha; los países directamente clasificados celebran y sufren sus actuaciones, caso concreto, nuestro país, donde la mayoría de los mexicanos coinciden en señalar de  heroicas e históricas las  jornadas que les permitió ganarle al actual campeón Alemania y después a Corea del Sur, logros  más que  suficientes para darles una especie de absolución sacramental a los irresponsables que osaron promover una celebración anticipadamente, y restregarles el resultado en la cara a los que de manera casi traicionera a la patria, habían pronosticado sendas derrotas.

Hay coincidencia en que el fútbol es el deporte más democrático que existe. Y es el más democrático porque es el más barato de practicar, lo que ha ayudando a su expansión por todos los rincones del planeta. En cualquier momento y en cualquier lugar se puede organizar un partido de manera improvisada. Todos lo hemos hecho alguna vez. El equipo necesario es mínimo. Basta un par de camisetas para cada portería –o dos árboles, o dos piedras–; unos cuantos para un lado y otros cuantos para el otro; una pelota, si es que la hay, en muchos casos es un lujo; si no, basta una pelota de papel prensado y atado con gomas, como hacía Di Stefano; o una naranja, como usaba Pelé; o una bolsa de plástico rellena, como utilizaba Samuel Eto´o en su ciudad natal de Douala en Camerún; o una lata o bote de refresco, cualquier niño en alguna ocasión ha jugado con ella; si no hay zapatos con tacos –en barrios del Tercer Mundo es así– se juega descalzo o los chicos se las reparten entre el que tiene que estar en el terreno de juego y el que descansa. El fútbol, siempre solidario, se abstrae de consideraciones económicas y se acerca de manera incondicional a las clases menos afortunadas.

La simplicidad de las reglas de juego es otro de los factores que ha contribuido a su notoriedad. Explicarle a cualquier persona que nunca haya acudido a ver un partido de fútbol en qué consiste es relativamente sencillo. El diccionario de la Real Academia Española lo define así: “Juego entre dos equipos de once jugadores cada uno cuya finalidad es hacer entrar un balón en una portería conforme a reglas determinadas, de la que la más característica es que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos”. Las 17 reglas son simples y claras y poco se han retocado con el paso de los años. La única norma un poco más enrevesada, el “fuera de juego”, es fácilmente comprensible: ningún jugador del equipo atacante puede estar más adelantado que el último defensa del equipo contrario.

Otro factor que atrae es la imprevisibilidad del desenlace. El misterio del resultado, corto casi siempre, incrementa la incertidumbre, que según algunos estudios, es la variable más determinante de la asistencia a los estadios: “La calidad y la incertidumbre explican la demanda del producto básico y genuino del fútbol”. El sociólogo brasileño, Roberto Matta, escribía: “La inmensa popularidad del fútbol es porque en la cancha se vive algo así como la sociedad perfecta: absoluta igualdad, equidad, libertad dentro de ciertas reglas, no hay favoritismos, cada cual vale por su talento, méritos, y eso da una idea de una sociedad perfectamente organizada”.

Roy Atkinson antes de un encuentro afirmaba: “Voy a dar un pronóstico: puede pasar cualquier cosa”; y Vujadin Boskov decía: “El fútbol es imprevisible porque todos los partidos empiezan con cero a cero”. En la misma línea se pronunciaba Di Stéfano: “Ganará el que meta más goles”. En el fútbol hasta lo más predecible puede convertirse en impredecible en cuestión de segundos, lo que añade más emoción a los encuentros. 

La polémica de los encuentros es indiscutible. En el fútbol profesional –probablemente no sea así en cualquier otro deporte– caracterizado por marcadores ajustados, los errores arbitrales son casi siempre determinantes en el resultado final del partido, lo que alimenta la disputa del debate durante y después del partido. Esto no ocurre por ejemplo, en el baloncesto, donde la equivocación al pitar una falta o una canasta no suele tener una incidencia determinante en el marcador final; o en el tenis, sobre si una bola entró o no entró; o en el balonmano, sobre el pasivo pitado; y, en general, en el resto de las competiciones deportivas. 

En alguna ocasión se ha dicho que “hablar de fútbol y no hablar del árbitro es tan difícil como contar el cuento de caperucita roja y no hacer alusión al lobo feroz”. El diario The Observer dijo en una ocasión: “Nadie ama a los árbitros excepto las esposas de los árbitros”. Los perjudicados se defienden como pueden. El italiano Pierluigi Collina decía: “El fútbol no es un juego perfecto. No comprendo por qué se quiere que el árbitro lo sea”. Para algunos “el árbitro perfecto debería tener seis ojos, cuatro pulmones, media boca y cero corazón”. 

Se respira futbol por todas partes. Desde la hazaña lograda por la escuadra nacional hace apenas una semana frente a su similar de Alemania en el Mundial de Fútbol que actualmente se disputa en Rusia, no se había suscitado en el país un festejo tan sentido y disfrutado como el que seguramente se prolongará durante todo el fin de semana, tras la victoria este sábado de la selección mexicana ante la de Corea.

El triunfo fortalece la hipótesis de que ahora sí por lo menos los jóvenes deportistas puedan llegar al tan anhelado quinto partido.

El deseo es que con creces se supere esta meta y por qué no, se haga realmente historia y pueda la selección nacional llegar hasta las últimas instancias de la justa deportiva mundial, que en esta edición, hay que decirlo, ha roto quinielas y restado autoridad a las estadísticas, dato, que aunque parezca increíble ha causado influencia en el panorama político nacional, pues sirvió para refrescar las aspiraciones de los contendientes y para ejemplificar que los pronósticos, por muy sesudos y hasta científicos, también se pueden equivocar, más aun cuando no existe un método para medir o pronosticar la influencia de un buen resultado que provoca alegría nacional en el ánimo del electorado.

Resulta ya ingenuo describir al balón pié como una simple disciplina deportiva; es también un espectáculo planetario, un negocio que genera enormes ganancias, una actividad con dimensiones sociales, simbólicas y culturales, al igual que un espacio de difusión de mensajes de toda índole. Durante décadas, fueron contados los momentos en los que los sociólogos y los politólogos se interesaron por el rostro político del futbol, seguramente influidos por la costumbre entre muchos intelectuales de mirar con menosprecio a este deporte, salvo contadas excepciones. Sin embargo, desde hace algunos años han surgido por fortuna diversos análisis y estudios sobre la forma en que el futbol interactúa con la esfera social, particularmente la política.

Ser sede del Mundial de Futbol, como lo será de nuevo nuestro país en 2026 ha sido en varias ocasiones la forma en que una nación desea hacer públicos sus avances económicos, tecnológicos y de capacidad de organización y anfitrionía, de infraestructura nacional, de coordinación entre instancias de protección civil y seguridad para garantizar estancias tranquilas a nacionales y extranjeros, así como de confianza para la inversión privada y la explotación racional de los recursos renovables.

Los triunfos de la selección verde también son motivacionales, porque fortalecen el nacionalismo, nos unen como sociedad y fomentan que cada uno, en el desempeño diario y en la actividad que nos toque desempeñar, queramos ser mejores. Un triunfador eso hace, motiva a otros a triunfar.

Qué bueno que las nuevas generaciones de mexicanos asuman estos triunfos como actos no solo comunes, sino que los entiendan como casi obligados al ser producto de la constancia, tenacidad, preparación y constante capacitación. Que así sea frente a las denominadas potencias extranjeras o frente a las figuras de renombre y talla internacional, los mexicanos no nos achicamos, ni hacemos menos frente a otros. Lo básico y primordial, es que desde los gobiernos se impulsen las oportunidades para potenciar los resultados, el talento nacional está ahí, latente, creciente y en espera solo de un impulso para demostrarlo frente al orbe.

Parecería una locura decir que México no es el mismo de una semana para acá, pero ante lo evidente en la emoción social que arrastra y contagia hasta al más apático del deporte o de las noticas de los deportes, es innegable que pareciera haber un renovado arrojo que muy seguramente también podría reflejarse en las urnas.

Nuestra nación no es el país fracasado que algunos pintan en aras de un interés partidista y electorero.

Pero tampoco estas buenas noticas la varita mágica para solucionar los serios conflictos y desigualdades que nos aquejan. Sin embargo si es un factor de unidad frente a la polarización que la contienda política ha propiciado.

Lo que en la calle podemos ver los que diario, durante los últimos meses hemos estado en contacto con los ciudadanos, es que el ánimo realmente ha cambiado en la última semana, luego entonces ya no es la molestia y el sin sabor del actuar de los malos gobiernos lo que en un momento dado definiría un voto a favor de alguien, o quizá mejor dicho, en contra de alguien.

Y no significa que de la noche a la mañana los problemas del país se terminen, sino que se crea un espacio en que se diluye de alguna manera el enojo y malestar social y eso permite volver a ver a todos los candidatos a cualquier puesto de elección popular, y más a conciencia analizar y definir el voto, pero no ya desde un escenario de rechazo automático, sino de la ponderación de pros y contras. De tal suerte que estos días, y hasta el próximo fin de semana en que sucedan las elecciones concurrentes en nuestro país, estaremos relajados emocionalmente y disfrutando aun de los triunfos y gozos que nos brindaran los seleccionados del balón pie nacional.

Así los mexicanos y jaliscienses ya nos pusimos la verde, y la invitación es que los que aun están ajenos a todo esto, también se pongan la verde, y juntos celebremos con alegría y entusiasmo las victorias que vendrán.

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