Fin del bipartidismo

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Con independencia del resultado electoral del próximo 1º de julio en Jalisco, algo es seguro: el fin del bipartidismo que ha controlado el poder público en la entidad desde hace 90 años. En efecto, Jalisco ha estado en manos del Partido Revolucionario Institucional (PRI; y antes llamado PNR y PRM) de 1929 a 1992, y otra vez de 2013 a 2018. En tanto el Partido Acción Nacional (PAN) gobernó de manera consecutiva de 1995 a 2013.

La hegemonía y control político del PRI y del PAN sobre las instituciones y principales cargos públicos de Jalisco llegó a su fin. Ambos partidos perderán la elección y pasarán al tercero y cuarto lugar por el número de votantes.

Las dos organizaciones de la partidocracia tradicional no sólo enfrentarán su peor resultado electoral sino probablemente la entrada en una fase de extinción, o al menos de sobrevivencia y de injerencia minoritaria en las cuestiones del poder público.

El bipartidismo tradicional que ha gobernado Jalisco será sustituido por gobernantes de los partidos Movimiento Ciudadano (MC) y Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Como se sabe, a escala nacional el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, encabeza la intención de voto a la presidencia de la República por un margen considerable. La reciente encuesta de Reforma le concede dos a uno sobre el segundo lugar, el panista Ricardo Anaya. A escala federal el PAN encabeza la coalición conformada junto a MC y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que postula a Anaya.

En Jalisco el rompecabezas electoral se conformó de manera distinta. Sólo Morena repite localmente la alianza que se alcanzó a escala nacional, su alianza con los partidos del Trabajo (PT) y Encuentro Social (PES). Esta alianza postuló a la gubernatura de Jalisco a Carlos Lomelí Bolaños.

Pero los tres partidos que postulan a Anaya mantienen candidatos por separado localmente: Enrique Alfaro por MC, Miguel Ángel Martínez por el PAN y Carlos Orozco Santillán del PRD.

Las tendencias de intención de voto de candidato a gobernador están a favor del abanderado de MC, seguido del candidato de Morena, dejando en un tercer lugar al candidato del PRI, y en un cuarto lugar muy lejano al abanderado del PAN.

La encuesta de Mural del 4 de mayo concede 50 por ciento de intención del voto para Alfaro, 20 por ciento para Lomelí y 17 por ciento para el priista Miguel Castro, y apenas 7 por ciento para Martínez. Pero en el mes de mayo, López Obrador ha jalado votos a favor de los candidatos de Morena en todos los estados, de tal suerte que según Lomelí ya tenía 30 por ciento de intención del voto a fines de mayo.

Los números están claros. Con independencia del resultado final, PRI y PAN serán los grandes derrotados de la elección en Jalisco, y la victoria será para MC y Morena.

Si los números están claros, lo que no está nada claro es qué cambio de fondo implicará este recambio de actores principales en la partidocracia en Jalisco.

Para empezar, si bien se presentan como partidos “nuevos” de la partidocracia tradicional y por eso se llaman a sí mismos “movimientos” y no partidos, buena parte de las dirigencias de MC y Morena provienen de esa misma partidocracia: Alfaro ha pasado por el PRI, el PRD y ahora MC. Lomelí ya fue abanderado del PRD y diputado de MC, y ahora está en Morena. Las mismas dirigencias nacionales de ambos partidos provienen del PRI: López Obrador y Dante Delgado.

La derrota del PRI y del PAN es más que merecida. Después de siete décadas de gobiernos priistas, los panistas ofrecieron un cambio de fondo en 1995, y traicionaron a la sociedad. El PRI regresó en 2013 prometiendo redención, y traicionó a sus electores.

MC y Morena ofrecen cambios de fondo, pero de igual modo le fallarán a sus electores. Por más voluntarismo y empeño que pongan, no puede haber cambios de fondo con el cambio de meras nomenclaturas, sino no se pone fin al actual sistema político y de dominación. Y ni MC ni Morena se proponen esa tarea. De modo que sale un bipartidismo para que entre otro, pero todo seguirá igual.

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