La debacle del PRI

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El gran derrotado de la elección de este año será el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Todas las encuestas lo ubican en un lejano tercer lugar.

No será la primera vez que el PRI pierda la Presidencia de la República, pero será la primera vez que quede con tan pocos seguidores. En este momento, su candidato presidencial José Antonio Meade tiene entre 14 por ciento a 17 por ciento de intención del voto, según encuestas de Parametría, Reforma y Bloomberg. Pero todo indica que Meade caerá aún más, pues parece afirmarse la candidatura de Ricardo Anaya de la coalición  PAN-PRD-MC como la segunda opción electoral, como la opción para enfrentar a Andrés Manuel López Obrador. En ese caso, es probable que la votación por el candidato priista sea cercana a 10 por ciento o menos.

La derrota priista será brutal. Sólo para comparar, en el año 2000, cuando el PRI perdió por primera vez la elección presidencial, su candidato Francisco Labastida obtuvo 13.5 millones de votos, que representaron 36.1 por ciento de la votación de ese año. Esta vez, probablemente, el voto priista rondará los ocho millones de sufragios.

El PRI no perderá solamente la elección presidencial, perderá también la mayoría de elecciones para gobernador en juego, como la de Jalisco, y quedará en un lejano tercer lugar entre las bancadas de diputados y senadores al Congreso de la Unión.

Según estimaciones del portal Político.com (con encuestas de El Economista y Consulta Mitofsky), el PRI tendrá una bancada de entre 74 a 52 diputados y apenas unos diez senadores.

La derrota para el PRI será monumental. Implicará, entre otras cosas, que decenas de miles de cuadros profesionales de ese partido que ahora trabajan en la administración federal, en las de los gobiernos de los estados y los poderes públicos federales y órganos autónomos, quedarán sin empleo.

Más allá del desempleo al que pasarán probablemente unos 300 mil priistas, el PRI pasará a ser, por primera vez en la historia, un partido minoritario, sin mayor peso legislativo o en las gubernaturas para decidir o imponer políticas públicas.

Esa derrota puede ser el camino hacia su extinción, o al menos debería serlo.

El PRI representa la esencia de un sistema político de dominación que se ha mantenido en el poder mediante una maquinaria electoral alimentada con recursos públicos, clientelismo, fraudes electorales, represión política que incluye encarcelamientos y asesinatos, y acuerdos cupulares con los poderes fácticos de este país. Un partido sin ideología definida y sin ética política.

Lamentablemente, en la tradición liberal de México no hay antecedentes de la auto disolución de una fuerza política, como sí existe en la tradición libertaria.

Lo más sano y decente sería que en un ejercicio de autocrítica los priistas reconocieran que hoy son un partido que representa lo peor de la política mundial (no sólo nacional) y se disolvieran. Si quisieran continuar en la política profesional, tendrían que hacerlo desde otra agrupación y con otro programa político.

Pero difícilmente lo harán y lo más probable es que la minoría que se quede a cargo del partido busque preservar las migajas para una camarilla de dirigentes.

La debacle del PRI será el fin de una época del sistema político mexicano. Pero no su transformación radical, como anuncian los opositores al PRI. Ni Morena y ni la alianza PAN-PRD-MC representan un cambio de régimen como postulan. Sin variaciones del régimen político liberal que tiene al país en esta profunda crisis.

Un cambio profundo tendría que emerger desde abajo, desde una confederación de democracias locales-municipales, tal como se está ensayando con éxito en Chiapas y Rojava. Ahí se está construyendo la verdadera modernidad política mundial. Entre tanto, adiós al PRI.

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