Los diablos mandan

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Tres estudiantes desaparecieron en Jalisco, las autoridades del municipio de Tonalá reaccionaron con la respuesta que puede esperarse cuando se hizo el reporte, y que puede resumirse en una palabra: Nulidad. Las autoridades estatales y los aspirantes a cargos políticos, cuando el reclamo social se volvió viral, hicieron lo propio: sacar raja y simular.

La historia es una de terror: la noche del 19 de marzo un grupo disfrazado de agentes de la fiscalía los interceptó cuando regresaban por la noche de un rodaje, de hacer la tarea. Seis hombres con armas de alto poder les ordenaron que subieran a un vehículo y no se les volvió a ver con vida.

Las autoridades de Jalisco señalan que fueron disueltos en ácido porque obtuvieron la confesión, probablemente bajo tortura, de un par de tipos.

También, en barriles con ácido, encontraron muestras de ADN no sólo de los estudiantes, sino de una veintena más.

Aquí, en el horror, surgen preguntas: ¿Dónde están los dientes que nunca se disuelven, los fragmentos de ropa? ¿Quiénes eran las otras 20 personas? ¿Cómo es posible que estas casas operen con tal tranquilidad sin que haya trabajo permanente para encontrarlas y desactivarlas? ¿Qué hace el estado? ¿Está sometido a un cartel?

Nadie, entre los candidatos y poderes de la República habla de lo evidente, cuando gritan que no se escatimarán fuerzas para detener a los culpables y que nadie por encima de la ley y todas esas cosas que están en el libro de texto de los asesores en control de daños. Nadie dice que detener y encarcelar a un montón de operarios del escalón más bajo de la pirámide del crimen organizado no es hacer justicia, ni garantizar que estas cosas no se repitan, es entregarle al pueblo un chivo expiatorio para que al ver correr la sangre se calme un poco.

Y es que vivimos secuestrados, también nosotros, por el miedo que da decir y señalar la evidente verdad, que el estado está rebasado, coludido, infiltrado y es ya parte, por todos lados de los grupos criminales que controlan todo.

Da miedo escribirlo con nombres y apellidos porque eso es tentar al diablo que está detrás de las instituciones y que, al señalarlo, al nombrarlo, uno lo invoca y uno desaparece.

Pero está bien porque, como al diablo, no hace falta nombrarlo. Lo más probable es que usted sepa a quiénes me refiero en esta pesadilla en que los diablos mandan y la muerte acecha en cada esquina.

Ningún candidato los nombra y al final el ganador, sea quien sea, se sentará con ellos porque ellos mandan y nosotros existimos al margen de su realidad a menos que, por equivocación, hagamos la tarea a la hora y en el lugar equivocados que son todos los lugares y todas las horas.

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