Priistas de clóset

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El desprestigio que tiene el Partido Revolucionario Institucional (PRI) es tan alto que incluso sus candidatos a la presidencia de la república y a la gubernatura de Jalisco buscan distanciarse de lo que representa esa organización como marca política.

En efecto, tanto José Antonio Meade Kuribreña, candidato a la presidencia, como Miguel Castro Reynoso, candidato a gobernador de Jalisco, tratan lo más posible por encubrir que son abanderados de ese partido.

Se nota hasta en sus logos, donde no aparecen los clásicos colores del PRI: verde, blanco y rojo. En el caso de Meade, los tres triángulos por los que apostó como diseño son verde, azul y rojo. Todo parece indicar que el favorecido por el dedazo de Enrique Peña Nieto quisiera recuperar algunos votantes panistas, y de ahí el guiño de diseño de incluir el color azul en el logo del candidato priista.

Por su parte, Miguel Castro apostó por el verde, un negro y una especie de tinto que se parece más al color del emblema del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) que encabeza Andrés Manuel López Obrador.

No sólo es el cambio de colores. Ambos candidatos hacen lo más posible para que no aparezca el logo del PRI en sus mensajes y actividades de campaña. De hecho, en sus páginas oficiales en Internet, no aparece el logo priista. Como si se avergonzaran de él, como si fueran priistas de clóset. Son candidatos de un partido del que se avergüenzan.

Pero razones no les faltan. Recientes encuestas de opinión revelan un rechazo generalizado a los partidos tradicionales: PRI, Acción Nacional (PAN) y Partido de la Revolución Democrática (PRD); este rechazo está siendo capitalizado por Morena.

Pero de todos, y como cabría esperar, el PRI es el partido más reprobado por los ciudadanos.

Las altas tasas de desaprobación para el tricolor quedan registradas incluso en las encuestas que se atribuyen a la Oficina de la Presidencia de la República. En el levantamiento con fecha del pasado 15 de marzo, más de 42 por ciento de los encuestados respondieron que nunca votarían por  la coalición del PRI con el PVEM y el Panal. En la encuesta Mercaei de marzo de este año, 82 por ciento de los entrevistados dijo que el país va por rumbo equivocado, 73 por ciento reprueba el trabajo del presidente Enrique Peña Nieto y 69 por ciento de los encuestados manifestó mucho o algo de hartazgo hacia los partidos políticos.

Las altas tasas de rechazo que tiene el actual inquilino de Los Pinos no son gratuitas. Se las ha ganado a pulso. El punto de quiebre en la aceptación de Peña Nieto ocurrió hacia fines de 2014, en el pico de las movilizaciones de solidaridad con los padres y normalistas de Ayotzinapa, tras la desaparición de los 43 en septiembre de ese año. Pero a este hecho se sumaron el escándalo de corrupción de la Casa Blanca y las promesas incumplidas de las reformas estructurales, especialmente de la reforma energética.

Al rechazo a Peña Nieto, se suma el rechazo al PRI con una cadena de casos de corrupción tanto federales (socavón Exprés en Morelos, contratos opacos en el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México), como locales con la corrupción rampante de los gobernadores de Tamaulipas, Coahuila, Veracruz, Chihuahua, Nayarit, entre otros. El PRI ha sido un partido que ha dado a la nación innumerables ejemplos de políticos corruptos, pero nunca como ahora. Puede decirse que el PRI de ahora con Peña Nieto, los Duarte, los Moreira, Sandoval de Nayarit, entre otros, es más corrupto que en tiempos de “El Negro” Durazo y José López Portillo.

Todos estos negativos son los que mueven a Meade y a Castro a tratar de distanciarse de todo lo que huela a PRI, empezando por el logo. Pero el fétido olor de la corrupción asociado a ese partido es tan intenso, que ni escondiendo el logo se escaparán. El PRI es un partido condenado a la derrota por su corrupción y traición a la sociedad, y esa condena arrastrará a sus candidatos.

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