La falacia del 6 contra 4

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Las redes de redes es un maravilloso instrumento que podría unirnos, como lo vislumbró Nikola Tesla (1856-1943) cuando dijo que podríamos comunicarnos como si estuviéramos en persona de manera instantánea sin importar distancias; sin embargo, él imaginó que sería un pulso que pasaría por la tierra y que la maravilla sería que nos generaría conocimiento y experiencia y transmitiría inteligencia pura. Resultó ser, en buena medida, todo lo contrario.

Las campañas políticas inundan la red de insufribles imbecilidades que no podrían pasar por el cedazo de un razonamiento medianamente decente. La red se utiliza para disparar balas retóricas, ideas geniales que no lo son o frases pegajosas que significan nada y sirven para sostener patrañas.

Y como se trata de una especie de partido de futbol, el mundial de las elecciones, los hinchas de uno u otro equipo producen porras que confunden con argumentos y las distintas plataformas sociales se ven ahogadas bajo el clamor ensordecedor de la vuvuzela y el griterío de artefactos, bestias, hombres y mujeres que francamente no permiten pensar y con los que es imposible sostener un diálogo, una conversación o ya de menos una charla.

“Entiéndelo, 6 de cada 10 mexicanos no apoyamos a AMLO, las mayorías no están con él, los que no lo queremos somos más”. O algo por el estilo circula en las redes en forma de postales; copy pastes y versiones más o menos libres de la misma idea: sólo 4 de cada 10 votarán por una opción determinada; por lo tanto, es minoría; por lo tanto, los otros somos mayoría; por lo tanto, cállense los que están con esa opción porque no debería poder ganar si no tiene el consenso.

Es una idea bonita, reconfortante, que surge como defensa de aquel que ha decidido que algo es verdad, en este caso algo como AMLO es Venezuela o el señor del caos o Lucifer, la estrella de la mañana; es un ángel caído, un demonio del mundo antiguo. O es Donald Trump en esteroides, es un peligro para México y que ahora ve que la corriente le juega en contra, necesita una justificación para sostenerse en lo que piensa.

Ése es el meollo del asunto, no se trata de dónde está la razón sino de tener razón y, en el caso, de este particular argumento, 6 de cada 10 constituyen una mayoría; habría que hacer algunas consideraciones. La primera es que es muy raro que una elección se decida por un consenso de más de la mitad de los votantes, los más de los que llegan a los cargos públicos lo hacen desde el apoyo de la mayor de las minorías. Por eso nuestro sistema contempla plurinominales, porque, ciertamente, si un candidato gana con 30% de la votación, el otro 70% debe estar representado mediante la participación de actores políticos que representen sus diferentes corrientes y agendas, por eso hay un algoritmo raro que permite saber, mediante porcentajes de votación, quiénes de las listas “pluris” de los partidos grandes y chiquitos, acceden a posiciones legislativas.

De ganar AMLO, pues, no ganaría un carro completo, a menos que las urnas así lo decidan, sino que habría equilibrios de poder.

Claro que nuestro sistema está corrompido y los “pluris” no representan a los votantes, pero ésa es otra historia que no viene al cuento con este asunto, aunque valdría la pena tenerla en cuenta.

El tema es que para que esos 6 de 10 que no quieren a AMLO constituyan una mayoría, necesitarían estar de acuerdo en qué quieren, no sólo en lo que no quieren. Si no quieres a AMLO y quieres que gane el PVEM constituyes una minoría profundamente desinformada; por ejemplo, o si no quieres a AMLO pero quieres que gane el PRI constituyes otra minoría, lo mismo los del frente y, por ende, no son un grupo, sino varios grupos que quieren distintas cosas y eso da al traste la idea.

Pero el fondo de la sentencia de falsa mayoría no es la razón, sino la emoción; y este ejemplo es similar a muchos otros argumentos para votar a favor o en contra de quien sea. Se vota con el corazón y nos gusta creer que estamos en lo cierto, que somos expertos y sabios y estamos dispuestos a lo que sea para no salir de nuestro autoengaño. Reconocer que nos equivocamos, en la era del Facebook, es profundamente complicado.

Sin embargo, también hay otra cosa que sucede en estos procesos. Cuando cambia la marea, cuando se nota que la tendencia está a favor de alguien, muchos de los que sostenían lo contrario se suben al barco, por el puro gusto de tener razón, para no quedarse fuera de la victoria y tal vez por eso en parte Andrés Manuel sigue y sigue rompiendo su techo en las preferencias.

EtiquetaZul
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