ERRORES y HORRORES

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Donald Trump

LA ÚLTIMA DIMISIÓN EN CONOCERSE ES LA DE GARY COHN, EL PRINCIPAL ASESOR ECONÓMICO DE TRUMP

El xenófobo inquilino de la Casa Blanca estadounidense, Donald Trump, confirmó recientemente la salida de Rex Tillerson como secretario de Estado en medio de escándalos y más escándalos que sacuden al mercader neoyorkino.

Por medio de su cuenta de Twitter, -como ya es costumbre, dicho sea de paso-, el sicofante de la política dio a conocer la noticia, y agregó que Mike Pompeo, director de la CIA, reemplazará a Tillerson y pronosticó que hará un “trabajo fantástico”. Pompeo fue designado como jefe de la diplomacia estadounidense pocos días después del anuncio de una reunión entre Trump y el líder norcorean Kim Jong-Un, en lugar y fecha aún por confirmar. “¡Gracias a Rex Tillerson por su servicio!”, expresó Trump, y anunció además que Gina Haspel se convertirá en la nueva directora de la CIA.

Tuvo pocas palabras de elogio para Tillerson, quien estaba de gira por África la semana pasada cuando Trump decidió aceptar una invitación para reunirse con el líder norcoreano Kim Jong-Un. Después del anuncio, Tillerson suspendió su agenda por estar “indispuesto” y acortó su viaje para poder regresar a Washington. Es decir, el pobre funcionario ha de haber sido el primer sorprendido con la noticia.

Pompeo, de 53 años, se graduó con honores de la academia militar West Point y estudió Leyes de la Universidad de Harvard. Cuenta con experiencia en temas de seguridad nacional, militares y de inteligencia. Fue desde 2011 representante a la Cámara por el estado de Kansas y miembro del movimiento ultraconservador Tea Party. En su papel como legislador, fue un duro crítico del acuerdo nuclear con Irán y de la política exterior del gobierno de Barack Obama, así como defensor de programas de recolección de datos personales de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés).

También miembro de la Asociación Nacional del Rifle, ha sido criticado por tener una postura “islamofóbica” y se ha mostrado a favor de mantener abierta la cárcel de Guantánamo, en Cuba.

Con el contexto anterior, vale analizar cómo recientemente, una serie de salidas de funcionarios de alto perfil han sacudido el gobierno de Donald Trump. La última dimisión en conocerse es la de Gary Cohn, el principal asesor económico de Trump.

Se ha especulado que Cohn, partidario del libre comercio, estaba enojado por los planes del mandatario de imponer aranceles a las importaciones de aluminio y acero.

“Ha sido un honor servir a mi país y promulgar políticas económicas a favor del crecimiento en beneficio del pueblo estadounidense, en particular la aprobación de una reforma fiscal histórica”, dijo Cohn en un comunicado difundido tras su renuncia. El expresidente del banco Goldman Sachs, de 57 años, ayudó a Trump a sacar adelante sus reformas fiscales a finales de 2017. Sin embargo, se creía que los dos no eran eran cercanos. ¿Qué diferencias tenían? Hasta el martes en la noche, la Casa Blanca no había dicho la fecha exacta de la salida de Cohn. Un funcionario dijo que “durante varias semanas, Gary había estado discutiendo con el presidente que ya era hora de que se retirara”. Una de sus diferencias ocurrió en agosto de 2017, cuando Cohn criticó a Trump por su reacción ante una violenta protesta de supremacistas blancos que dejó a una mujer muerta en Charlottesville, Virginia.

El asesor dijo que el gobierno “puede y debe hacerlo mejor”, en cuanto a condenar a los neonazis y supremacistas blancos. Según informes, Cohn redactó una carta de renuncia después de la protesta, pero quedó en borrador.

Gary Cohn era como un extraño en el gobierno. Era un demócrata en una Casa Blanca republicana; un funcionario a favor de la globalización económica que trabajaba para un presidente que hacía campaña a favor del nacionalismo económico. Parece que finalmente las tendencias proteccionistas de Donald Trump empujaron al principal asesor económico del gobierno a dimitir. Esto no es un evento inesperado. Según muchos reportes, hubo una disputa en la Casa Blanca acerca de si imponer amplios aranceles a las importaciones estadounidenses de acero y aluminio, un estire y afloje que el mismo Trump resolvió, precipitadamente, la semana pasada.

Había rumores de que Cohn se quedaba en la Casa Blanca solo para ver a la reforma de impuestos en la meta final, después de su incomodidad extrema ante las cálidas palabras de Donald Trump sobre algunos de los manifestantes nacionalistas blancos involucrados en enfrentamientos violentos en Charlottesville, Virginia, en agosto de 2017.

Según informes, muchos funcionarios leales a Trump en la Casa Blanca veían a Cohn como un intruso no deseado. Mientras que algunos en el exterior, particularmente en el mundo financiero, lo acogían como una influencia moderadora, junto con Ivanka Trump y Jared Kushner, hija y yerno del mandatario. Ahora el primero se va y los dos últimos parecen muy debilitados. Todo esto podría marcar una nueva dirección en la política de la Casa Blanca.

Entre los posibles candidatos presentados por los medios de comunicación estadounidenses para sustituir a Cohn se encuentran el asesor de la Casa Blanca, Peter Navarro, y Larry Kudlow, un comentarista conservador y asesor de la campaña de 2016. Trump también tuiteó que no había caos en la Casa Blanca, pero que todavía había algunas personas que quería cambiar.

A fines de febrero, Hope Hicks, una de los colaboradores más cercanos de Trump, renunció.

La joven fue la cuarta persona que se desempeñaba como jefe de comunicaciones del presidente. Su dimisión llegó un día después de que testificara ante al Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, que investiga los posibles vínculos de la campaña de Trump con Rusia. Pero fuentes de la Casa Blanca dijeron que la declaración de Hicks no era la causa de su partida. Al tiempo lo sabremos.

Por otro lado resulta Trump, finalizó la semana con tres movimientos vinculados cuyo impacto global apenas comienza a dilucidarse. El más significativo es el giro en su agenda para enfocar la guerra comercial que había lanzado días atrás contra todos, ahora de modo excluyente sobre China, país al que bombardeó con aranceles por 60 mil millones de dólares anuales. Una medida económica que representa política y económicamente la satanización de China como responsable del deficit comercial norteamericano. La beligerante medida cimbró a las bolsas alrededor del mundo que dan por hecho las consecuencias negativas que esta guerra acarreará al actual entorno global.

Esas caídas sucedieron pese a que, oculta en la cortina de humo de los anuncios, la administración Trump reculó a su anterior paquete proteccionista sobre el acero y el aluminio. Solo Japón y nuevamente China, que no es un jugador central de estos insumos en el vecino país del norte, continuarán bajo el nuevo régimen de tarifas. Por cierto Argentina, cuya participación es mínima, se benefició de esta decisión junto a Europa, el segundo mayor proveedor a Norteamérica de acero después de Canadá -ya eximido- y Corea del Sur, Taiwan y Brasil. La Casa Blanca habla de una “suspensión” hasta analizar las apelaciones, pero la estrategia obedece a garantizar alianzas para el choque contra China y aún más allá. El tercer movimiento de Donald Trump fue el relevo del Asesor de Seguridad Nacional H. R. McMaster, un moderado, por el ex embajador en la ONU, John Bolton. Ese cargo define las estrategias militares de la potencia, y el nombramiento de este halcón ilustra hacia donde pretende caminar el gobierno. Bolton es un defensor a ultranza del nacionalismo norteamericano y secundó a George W. Bush en la falsa denuncia contra Irak de la existencia de armas de destrucción masiva que justificó la invasión a ese país hace una década. El relevo se suma al reciente del canciller Rex Tillerson, reemplazado por el ultraconservador Mike Pompeo, ex jefe de la CIA y militante del fundamentalista Tea Party.

Estos cambios definen un perfil más homogéneo y militarista del gabinete. Se producen con el trasfondo de la ofensiva contra China y poco antes de que en mayo la Casa Blanca demuela el acuerdo nuclear con Irán. Tanto Pompeo como Bolton apoyan la decisión pese a que beneficiará a los nacionalistas persas empeñados en desplazar al actual presidente Hasan Rohani, el principal arquitecto de los convenios en sociedad con el ex mandatario demócrata Barack Obama.

Contrario a sus antecesores, Tillerson, el nuevo asesor de seguridad nacional ha venido planteando la necesidad de retomar la noción de la guerra preventiva y atacar a Irán y a Norcorea (como ocurrió con con Irak hace 15 años).

Recordemos que el pacto que congeló el desarrollo nuclear iraní lleva la firma de Francia, Alemania y Reino Unido junto a Estados Unidos, China y Rusia. La Unión Europea ha advertido que no aceptará su ruptura. El peso de las decisiones arancelarias provocará una reacción de Beijing que será cauta para forzar a negociar, pero luego se extenderá por fuera de lo comercial. Beijing podría incrementar su desembarco en el Mar de China, aumentar la presión sobre Taiwan o usar su calidad de mayor acreedor de Estados Unidos amenazando con desprenderse de parte de la montaña que acumula de bonos del tesoro norteamericano. Existe otra dimensión más acotada que debe observarse.

Es interesante notar que el ataque arancelario contra Beijing se produce sobre los escombros de la ya malherida noción de que la red Internet edificaba una democratización de la información y el conocimiento. El escándalo de las filtraciones de Facebook, pero especialmente el descubrimiento de la manipulación de los usuarios que reveló ese hecho. La intersección de esos episodios se encuentra en la paranoia de Estados Unidos, justificada según varios analistas, frente al vibrante desarrollo tecnológico chino; la influencia del gigante asiático en la red (tiene 800 millones de usuarios, más que cualquier otro país); los presumibles manejos opacos al estilo Facebook, pero de modo esencial por los avances científicos que amenazan desplazar a Washington del liderazgo global. Es eso lo que se quiere neutralizar.

Yicai Global, el mayor conglomerado financiero y mediático chino, reveló que la inversión del gigante asiático en investigación y desarrollo (R&D) incrementó el año pasado al 2.25% del PBI, por encima del 2% de la Unión Europea. Pero sorprendentemente superior al raquítico 0.6% que invierte Estados Unidos, un tercio de lo que era en 1964. Incluso el presupuesto de 2019 incluye una baja progresiva de 42.3% en gastos no vinculados a la defensa que son los que van a investigación científica y que hacen posible el matrimonio entre los intereses públicos y los privados. China es el segundo país del mundo en publicación de tesis científicas a nivel global, 70% más que en 2012. Y figura en la vanguardia en patentes de invención. Los gigantes tecnológicos chinos, como Alibaba y Tencent, registran un valor de mercado por encima de Facebook.

Pero el gran tema es Inteligencia Artificial. En diciembre pasado, Eric Schmidt, CEO de la matriz de Google, aseguró que para 2020 China se habrá puesto al día en Inteligencia Artificial, para 2025 serán mejores que los estadounidenses y para 2030 dominarán la industria. Schmidt confirmó que Trump recortará este año los fondos para ciencia e investigación básica en 4.3 mil millones de dólares, 13% menos respecto a 2016. El presupuesto militar aumenta el dinero para ciencia básica e investigación pero solo en 117 millones. Aunque una gran cantidad de dinero privado fondea la investigación en Inteligencia Artificial no alcanza para garantizar la ventaja nacional, por lo que la percepción es que el presupuesto de Trump va en la dirección equivocada.

El magnate justificó la ofensiva arancelaria contra China en que su país confronta un déficit comercial global de más de 500 mil millones de dólares. En ese déficit, 375 mil millones corresponden al intercambio con Beijing. En su mayor parte es resultado de las compras masivas a ese país de tecnología y productos de consumo. Hay una contradicción ahí sobre este propósito de liderar cortando las piernas del rival que entusiasma a la Casa Blanca, y lo que la realidad describe. Así como con el presupuesto, la política insular de Trump ha desalentado la llegada de mentes brillantes de todo el mundo a Estados Unidos mientras, China exhibe una de las mayores concentraciones multinacionales de científicos en su suelo.

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