Meade, el tecnosaurio

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Ruben MartinEl lunes pasado, el día de su destape como candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade Kuribreña se despertó tecnócrata, y se acostó tecnosaurio. Me explico.

Aunque no se sabía el día exacto, el dedazo presidencial a favor de Meade era sabido desde hace meses, cuando de modo ostensible se empezó a montar una operación política de gran envergadura para imponer a este economista como abanderado del PRI, sin ser militante de este partido.

José Antonio Meade fue elegido por la oligarquía mexicana como el candidato del todavía partido en el poder, porque lo consideran calificado, pero sobre todo porque garantiza los intereses de ese pequeño grupo oligárquico, que controla las decisiones políticas y las principales dinámicas de acumulación de capital en el país.

Meade ha ocupado diversos cargos públicos y ahora fue designado abanderado del tricolor (en una alianza multipartidista de facto) por su preparación, pero también por sus conexiones personales, académicas, políticas y sociales con un grupo de poder enormemente influyente en la vida del país desde hace 40 años: los tecnócratas.

Un grupo de profesionales, mayoritariamente economistas, que se han formado primero en la facultad de economía de la UNAM y posteriormente en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) fundado por un grupo de empresarios mexicanos, justamente para producir cuadros encaminados a diseñar políticas públicas acorde a los intereses de la burguesía mexicana.

Como todas las élites influyentes, los tecnócratas no son un grupo homogéneo, sin embargo, coinciden en lo esencial. A ese grupo pertenecen Carlos Salinas de Gortari, Manuel Camacho Solís, Ernesto Zedillo Ponce de León, Pedro Aspe Armella, Jaime Serra Puche, Jacques Rogozinski, José Ángel Gurría, Guillermo Ortiz, Tomás Ruiz, Francisco Gil Díaz y Agustín Carstens, entre los de primer nivel. Es un grupo compacto que, además de permitir la llegada de dos de los suyos a la presidencia, prácticamente han controlado las principales agencias económicas del gobierno federal mexicano: Hacienda, Banco de México, IPAB, Cofetel, Banobras y también espacios legislativos donde se diseña la política económica y hacendaria del país.

El cabildeo con los representantes de la clase empresarial mexicana y los representantes de las trasnacionales con intereses en México son pan de cada día para ellos. La misión que se propuso ese grupo tecnocrático mexicano, si uno se centra en su narrativa principal, fue la de “modernizar a México”, vale decir, reorganizar el capitalismo mexicano en un sentido favorable a sus promotores: la clase empresarial nacional y extranjera. Y lo han hecho bien. Por eso la oligarquía mexicana optó por Meade.

Pero para imponer a Meade en la silla presidencial no basta su trayectoria, ni su imagen. La oligarquía necesita de la caduca y decadente maquinaria política del PRI.

Por eso, lo primero que hizo José Antonio Meade el día de su destape, después de recibir el espaldarazo rezagado de Enrique Peña Nieto (Luis Videgaray se le adelantó) fue recorrer las oficinas donde despachan los dinosaurios del tricolor.

Aunque se veía ostensiblemente incómodo, y hasta avergonzado, Meade se aguantó el recorrido por los corrillos dinosáuricos de la CTM, la CNC, la CNOP y posteriormente una reunión conjunta con las organizaciones de mujeres, jóvenes, Movimiento Territorial y militares priistas.

Meade es un tecnócrata, del núcleo duro de una élite que ha decidido e impuesto la política económica neoliberal desde hace 30 años, pero lo primero que hace como ungido presidencial es un paseo por los campos donde pastan los dinosaurios priistas. 

Y esto es así porque, evidentemente, necesita a la vieja estructura priista, sus redes clientelares, a los mapaches que saben operar fraudes y alterar la voluntad popular, necesita el dinero que posiblemente se desvíe de las arcas públicas, y dinero negro que venga de los circuitos del lavado de dinero. Por eso, Meade, se levantó tecnócrata, y se acostó tecnosaurio. Esa amalgama es lo que representa Meade: los intereses de la oligarquía, impuesta por las formas políticas viejas y antidemocráticas del priismo.

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