Pronóstico reservado

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Justin Trudeau y Peña Nieto.

Justin Trudeau y Peña Nieto.

SI EL ACUERDO SUCUMBE, ESTADOS UNIDOS, CANADÁ Y MÉXICO VOLVERÍAN A TARIFAS ARANCELARIAS PROMEDIO, LAS CUALES SON RELATIVAMENTE BAJAS

Esta semana inició la cuarta ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, conocido como NAFTA por sus siglas en inglés. Se trata de la ronda más complicada, porque los temas a tratar son: las reglas de origen del sector automotriz, las controversias del NAFTA, así como la revisión del tratado comercial cada cinco años. México no hizo pública la estrategia de sus negociadores para esta cuarta ronda y se reservó hasta el momento de negociar en la mesa, sin embargo, anticipadamente se advirtió que si México se sale del tratado no será el “fin del mundo”. Delegados de Canadá, Estados Unidos y México mantendrán las mesas de negociación de la cuarta ronda hasta el próximo martes 17 de octubre. Lo que para nadie es un secreto es que la cláusula de extinción hecha por Estados Unidos ha generado una atmósfera “horrible” y “tensa”, según ha trascendido. Hasta ahora, México y Canadá se oponen con firmeza a esa cláusula, al igual que a otras presentadas por Estados Unidos, que incrementó la incertidumbre respecto al futuro del acuerdo.

En medio de la incertidumbre, el peso mexicano y la Bolsa de Valores perdieron terreno ante el incremento de especulaciones respecto al NAFTA.

Los negociadores se reunieron para su cuarta ronda de conversaciones sobre la modernización del NAFTA, pero en México empeoró el ánimo vinculado a las posibilidades de un buen acuerdo.

La propuesta norteamericana de proteger su propia producción estacional, presentada a los negociadores en Ottawa en la ronda de septiembre, fue un mal presagio a las exigencias de EE.UU. para el sector automotriz. Hoy más que nunca se está empezando a conversar sobre la verdadera posibilidad de que México se retire o que las negociaciones fracasen, y la posibilidad de vivir sin el NAFTA hasta que Donald Trump termine su presidencia.

El peso canalizó la creciente tensión. Tocó su nivel más bajo desde principios de junio, cercano a 19 unidades por dólar. Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, viajó a Washington y México esta semana para tratar de encarrilar el acuerdo.

Thomas Donohue, director del principal lobby de empresas estadounidenses, hizo sonar la alarma. En un encuentro con empresarios en México en vísperas de las conversaciones mientras 300 cámaras empresarias de los 50 estados norteamericanos escribían a la Casa Blanca pidiéndole que “no haga daño”, el presidente de la Cámara de Comercio estadounidense prometió “luchar contra viento y marea” para salvar el NAFTA pese a que mencionó varias “propuestas venenosas que aún están sobre la mesa y que podrían condenar todo el acuerdo”.

Durante la visita de Trudeau a México, tanto él como Peña, aseguraron que sus naciones no abandonarán las mesas de negociaciones (de las siete rondas marcadas) que se realizan actualmente en Washington, pese a las propuestas delicadas, como la cláusula de extinción hecha este jueves por Estados Unidos, la cual propone que el NAFTA expire después de cinco años. “No vamos a abandonar las mesas de negociación, tendremos en cuenta las propuestas que se presenten, pero las vamos a debatir y presentaremos contrapropuestas, porque nos tomamos las negociaciones muy en serio”.

Peña Nieto calificó de “imaginativas” las declaraciones de su homólogo estadounidense Donald Trump, respecto a un acuerdo comercial entre Estados Unidos y Canadá, pero sin México.

El miércoles el presidente norteamericano, tras su reunión con Trudeau declaró: “Veremos si podemos hacer el tipo de cambios que necesitamos. Tenemos que proteger a nuestros trabajadores y, para ser justos, el primer ministro quiere proteger también a Canadá y a su gente. Debe ser justo para ambos países”. Después fue más allá y arremetió directo al declarar que quizá lo mejor sería desmantelar el NAFTA e impulsar un acuerdo solamente con Canadá.

En este entramado, hay una premisa que es real y que no debemos soslayar. México se juega más que Estados Unidos en una eventual guerra económica. El 76% de las exportaciones mexicanas dependen del país hoy liderado por Donald Trump. Y aunque México muestra más crecimiento del beneficio social generado del NAFTA entre los tres socios, el vecino país del norte también se expone a perder valiosos empleos. Donald Trump está jugando duro contra México. Así, las relaciones entre ambos países se ponen tensas y salta una pregunta: ¿quién arriesga más si México y Estados Unidos entraran en una batalla comercial que incluso ponga en riesgo el NAFTA? En términos generales, México, sin que eso quiera decir que a Estados Unidos el conflicto le salga gratis.

El mejor y más grande cliente de México es Estados Unidos, y para nadie es buen negocio pelearse con su mejor cliente. La dependencia de México en Estados Unidos es muy grande. El 77% de las exportaciones mexicanas llegan al país del norte. Este país es su mayor socio comercial. Como contraste, 14% de las exportaciones de Estados Unidos llegan a México.

Las exportaciones de México ascendieron a más de 300 millones de dólares en 2016, mientras que las importaciones sumaron 235 millones, con una balanza comercial positiva para la nación latinoamericana de 60 millones.

Un estudio de investigadores de Yale University y la Reserva Federal de los Estados Unidos de 2015 concluye que el intercambio comercial libre bajo la eliminación de barreras con el NAFTA implicó un incremento en el beneficio social de 1.31%, un porcentaje mayor que el registrado por Canadá y Estados Unidos. El beneficio social se mide, en este caso, bajo estos indicadores: términos de intercambio comercial, el volumen del intercambio y el impacto en los salarios. El mismo estudio también concluye que México ha sido más beneficiado que Estados Unidos y Canadá en un aumento real en los salarios, con un 1.63%, por la caída en las barreras arancelarias con el NAFTA. De los tres socios comerciales del NAFTA, México registra el mayor incremento en el intercambio comercial, con un 113%. Como contraste, Canadá muestra apenas un 11%.

Pero no hay que engañarse, Estados Unidos enfrentará costos importantes si le cierra las puertas al comercio a su vecino del sur.

Una investigación del instituto Wilson Center con sede en Washington, DC, indica que el gobierno estadounidense arriesga cerca de 5 millones de puestos de trabajo relacionados con el comercio entre ambos países. Lo que implica que 1 de cada 29 trabajadores tiene un empleo vinculado con su relación comercial. California es el estado donde se concentran la mayoría de estos empleos con 566,000 puestos laborales.

Además, prácticamente la mitad de las importaciones de México vienen de Estados Unidos, por lo que el sector agrícola y automotriz estadounidense entraría en riesgo.

Solo por exportaciones a México, Estados Unidos genera más de un millón de empleos directos, una cifra nada más superada por Canadá para el 2015, según datos oficiales de la Office of the United States Trade Representative.

Así pues, los tiempos son convulsos y el estire y afloje entre las delegaciones de negociadores de los tres países es tensa y se torna cada vez más complicada, sin embargo hay esfuerzos encomiables para que el NAFTA pueda ser un acuerdo en que quepan los intereses de todos, lamentablemente como ya se ha constatado en otros asuntos, el día que a Donald Trump se le pegue la gana, podría terminarlo de un solo “tuitazo”, así como ha hecho con muchos otros temas. Habrá que esperar y confiar no en la capacidad de los cabilderos, sino en que todavía le quede algo de cordura y sensatez a Donald Trump.

El fin del acuerdo comercial que data de 1994 provocaría un cataclismo por toda la economía global, pues provocaría un daño económico mucho más allá de México, Canadá y Estados Unidos, e impactaría a varias industrias: desde la manufacturera hasta la energética, pasando por la agrícola. Al menos en el corto plazo, también sembraría el caos en las empresas –incluidas las de la industria automotriz– que han organizado sus cadenas de suministro en América del Norte alrededor de los términos del acuerdo, lo que provocaría una disminución del crecimiento y el aumento del desempleo.

La reacción en cadena también podría obstaculizar otros aspectos de la agenda presidencial estadounidense; por ejemplo, consolidar la oposición política entre los republicanos de estados agrícolas que apoyan el pacto, lo cual pondría en peligro prioridades legislativas como la reforma fiscal. Además, podría tener consecuencias políticas de mayor alcance, desde las elecciones generales de México en julio de 2018 hasta la propia reelección de Trump hacia 2020.

No cabe duda que el medio empresarial se ha atemorizado pues cada vez hay más posibilidades de que desaparezca el acuerdo comercial. A principios de la semana pasada, más de 310 cámaras de comercio estatales y locales enviaron una carta a la Casa Blanca en la que la exhortaban a permanecer en el NAFTA. Horas después, desde México, Tom Donohue, el presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, afirmó que las negociaciones habían “alcanzado un momento crítico, y la Cámara de Comercio no tiene otra opción más que tocar las campanas de alarma”.

Justin Trudeau en su visita a México.

Justin Trudeau en su visita a México.

Si el acuerdo sucumbe, Estados Unidos, Canadá y México volverían a tarifas arancelarias promedio, las cuales son relativamente bajas: apenas unos puntos porcentuales en la mayoría de los casos. Sin embargo, varios productos agrícolas enfrentarían aranceles mucho más altos. Para enviar sus productos a México, los agricultores estadounidenses tendrían que pagar 25 por ciento de impuestos por la carne de res; 45 por ciento por el pavo y algunos productos lácteos, y 75 por ciento por el pollo, las papas y el jarabe de maíz de alta fructosa.

Durante meses, algunos de los líderes empresariales más poderosos de los países involucrados –y los cabilderos y políticos que los representan– habían esperado que la retórica del presidente estadounidense fuera más una táctica de negociación que una amenaza verdadera y pensaban que al final aceptaría su agenda de modernización.

El NAFTA tiene casi un cuarto de siglo de vida y la gente de todo el espectro político asegura que debería actualizarse para el siglo XXI y preservar el sistema de libre comercio que ha vinculado la economía de Norteamérica.

El pacto ha permitido que las industrias reorganicen sus cadenas de suministro en toda la región para aprovechar los recursos y fortalezas distintivas de los tres países, lo cual estimuló las economías del área y generó un incremento de más del triple en el comercio de Estados Unidos con Canadá y México desde sus inicios. Los economistas sostienen que estos cambios han beneficiado a muchos trabajadores ofreciéndoles salarios más altos y más empleos, pero muchos quedaron sin empleo cuando las fábricas se reubicaron en México o Canadá, y esto provocó que el NAFTA se volviera el blanco de ataque en el vecino país del norte, e incluso la bandera de campaña de Donald Trump.

No obstante, la mayoría de los líderes empresariales mantenían la esperanza de que Trump, quien ha criticado el NAFTA de forma constante, quedaría satisfecho con supervisar modificaciones para modernizar el acuerdo y después proclamar el resultado como una “transformación política”.

Hubo ocasiones en que parecía que así iba a ser. El nombramiento de Robert Lighthizer como representante comercial de Estados Unidos, quien en su audiencia de confirmación prometió que “no dañaría” el NAFTA, reconfortó a muchos en el Capitolio, donde Lighthizer trabajó durante mucho tiempo.

Así después de ocho semanas de pláticas sobre el acuerdo –las cuales en un inicio iban a concluir a finales de año–, la administración Trump continúa presionando para que se hagan concesiones que en esencia socavarían el pacto, según advierten los círculos empresariales, y que pocos observadores creen que Canadá y México podrían aceptar políticamente.

Los grupos comerciales aseguran que se oponen firmemente a la iniciativa que propone Estados Unidos de restringir una cláusula llamada “solución de diferencias inversionista–Estado”, que permite a las empresas demandar a Canadá, México y Estados Unidos por tratos injustos en el NAFTA. Mientras tanto, Canadá ha señalado que no considerará prescindir de otra cláusula, el capítulo 19 del NAFTA, el cual permite a los países desafiar las decisiones de cualquiera de las otras naciones respecto del derecho contra la competencia desleal y los derechos compensatorios ante un panel independiente.

Trump es famoso por adoptar una postura fuerte al momento de negociar y los analistas han señalado que la administración tal vez considera que sus ambiciosas solicitudes iniciales son una manera de ganar más influencia en las negociaciones del TLCAN, al más puro estilo de amenazar y presionar.

Trump es impopular tanto en Canadá como en México, y ceder antes sus demandas podría acarrear consecuencias devastadoras para los políticos de cada nación, de ahí entonces que quizá lo más ríspido de este asunto aún está por verse.

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