EMBATES y DAÑOS

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El terremoto en la Ciudad de México.

El terremoto en la Ciudad de México.

TRAS EL SISMO, ALGUNOS CRITICARON LA FORMA EN CÓMO SE ATIENDE LA EMERGENCIA, PERO LAS AUTORIDADES ASEGURAN QUE NO HAY DESORDEN

El pasado 7 de septiembre de 2017 un sismo de 8.2 grados en la escala de Richter  se registró en la Ciudad de México, causando destrucción en los estados de Chiapas y Oaxaca; dos semanas después, el 19 de septiembre, un sismo de 7.1 grados volvió a sacudir la capital del país, esta vez afectando a los estados de Puebla, Morelos y a la misma Ciudad de México, en donde se han registrado el mayor número de muertes.

México se encuentra en una zona privilegiada en el planeta que le ha dado una gran biodiversidad, pero también se encuentra en un punto en el que es probable que haya movimientos sísmicos. De acuerdo a los expertos del Servicio Sismológico Nacional (SSN) de la Universidad Nacional Autónoma de México, los dos terremotos que sacudieron la Ciudad de México se deben al “contexto tectónico” en el que se encuentra el país.

Aunque el territorio mexicano se sitúa sobre cinco placas tectónicas, la mayor parte de su actividad sísmica está relacionada con la actividad de las fronteras de las placas de Norte América, del Pacífico y Cocos.

La Placa de Cocos se desplaza en dirección a la Placa de Norteamérica en un proceso de subducción (cuando una placa se hunde bajo otra placa). Con menor actividad que la anterior, corre la Placa de Rivera, que deposita fricción entre las placas de Norte América y la del Pacífico al Sur del Golfo de California.

La frontera entre las placas de Norteamérica y del Pacífico sube al Norte por la desembocadura del Río Colorado hasta internarse en los Estados Unidos de América EUA a través de California en un proceso de divergencia de placas.

En conjunto, estas líneas forman parte del contorno del Círculo de Fuego del Pacífico, mismo que dibuja una circunferencia a lo largo de las islas orientales de Oceanía, el Pacífico asiático así como al margen occidental de las costas del continente americano. En general, los epicentros de estos terremotos se sitúan sobre brechas sísmicas, esto es, en lugares donde al menos un terremoto de gran intensidad había ocurrido en el pasado pero sin que hubiera ocurrido un terremoto desde mucho tiempo atrás. Un estudio de amenazas naturales en México del Banco Mundial, estima que en nuestro país puede esperarse un terremoto de al menos 6.5° Richter cada dos años, uno de al menos 7.0 cada 10 años y uno de al menos 8.0 cada 30 años, sin que esto signifique que así deba ser de manera constante, es decir, el estudio es meramente aproximativo y no puede ser considerado científicamente sustentado pues a la fecha es totalmente imposible determinar cuándo sucederá un sismo; quien afirme lo contrario estaría mintiendo.

Lo atípico del terremoto del 19 de septiembre de 2017 radica en que alcanzó una magnitud demasiado alta (7.1°Richter) para haber tenido su epicentro lejos de la zona de colisión de placas tectónicas; esto es, tuvo su epicentro en una zona muy interna de la placa de Norteamérica (límites de los estados de Morelos y Puebla). Históricamente, los grandes terremotos de México se han originado dentro de la zona comprendida entre la cordillera Neo-volcánica y las costas del Océano Pacífico, región comprendida entre los paralelos 16° y 22° Norte. Esta área corre de este a oeste, y su alta actividad tectónica se acompaña de volcanes activos y del movimiento de fallas. En esta zona se han originado los terremotos más fuertes de la historia reciente del país, como son el caso del terremoto de la Ciudad de México del 19 de septiembre de 1985 (Magnitud 8.1° Richter), el del 30 de enero de 1973 (7.3), 29 de noviembre de 1978 (7.8), 24 de marzo de 1979 (7.6), el de Colima en 1995 y, más recientemente, el del 7 de septiembre del 2017 en Chiapas y Oaxaca (8.2).

Pero los movimientos telúricos no son el único problema al que se enfrenta la región, también está sujeta a la repetición de erupciones volcánicas.

De hecho, al sur del epicentro del terremoto de hace días, dos volcanes (el Chichón y el Volcán de Colima) estallaron en 1982 y 2005, respectivamente. Además, otros dos volcanes activos al sureste de la Ciudad de México, Popocatépetl e Ixtaccíhuatl, suelen ventilar gas visible, y el primero entró en erupción en el 2010, y existen imágenes en las últimas horas que muestran fumarolas tras el terremoto de 7.1.

También, gran parte de la Ciudad de México está construida sobre un antiguo lago, espacio donde se ha encontrado suelo blando que intensifica los efectos de los terremotos.

Sin embargo; “No corro. No grito. No empujo”. Es una frase que varias generaciones de mexicanos aprendimos de memoria desde niños.

Es parte de la cultura de protección ante un sismo, y que, desde 1985 cuando un terremoto devastó parte de Ciudad de México, forma parte de una arraigada cultura de protección civil.

Pero algunas de las consecuencias del movimiento telúrico que el pasado 19 de septiembre sacudió a la capital y dos estados vecinos, revelan que existen lecciones no aprendidas a más de 30 años de esa tragedia. Desorganización en la entrega y reparto de ayuda, ausencia de autoridades en algunas zonas afectadas e incluso información falsa que provoca alarma son algunos de los puntos donde la historia parece repetirse.

Tras el reciente sismo algunos criticaron la forma como se atiende la emergencia, pero las autoridades aseguran que no hay desorden.

Pese a las críticas, la conclusión de especialistas es que sin la referencia del terremoto de hace tres décadas, el impacto del reciente sismo hubiera sido mayor en la ciudad.

Ahora bien, profundizando sobre los riesgos y las áreas, más del 50 por ciento de la zona más propensa a terremotos se ubica a lo largo de los estados más pobres del país: Chiapas, Oaxaca y Guerrero. Además de los terremotos, estos estados son históricamente de los más afectados por huracanes e inundaciones. A su vez, estos estados se han caracterizado desde hace décadas por tener los niveles de ingresos per cápita más bajos del país, las más altas tasas de analfabetismo, la peor infraestructura de servicios de salud, vivienda, y así para el resto de los indicadores de bienestar. Este hecho refuerza las tesis de que los desastres son un mecanismo de empobrecimiento, por lo que la reducción de riesgos de desastre debe ser un pilar fundamental del desarrollo económico de este país.

No es casualidad que las regiones económicamente más atrasadas del país también sean las más recurrentemente afectadas por desastres Aunque el peso específico de los desastres como causa del empobrecimiento puede ser controversial –comparado con otras causas-, es innegable su contribución a la destrucción de activos de la población viviendo en condiciones de pobreza. Esta combinación de factores hace que no sea de sorprendernos el hecho de que sean precisamente estos estados en donde han florecido los movimientos guerrilleros de la segunda mitad del siglo XX en México, como son el caso del movimiento de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez en Guerrero desde la década de los setentas; el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas desde 1994; el Ejército Popular Revolucionario (EPR), y; el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI) en Guerrero y Oaxaca desde 1995.

Así pues, los terremotos no sólo son un atributo geológico de nuestro territorio nacional; son también un determinante de nuestros patrones de desarrollo económico, de nuestros conflictos sociales y muy probablemente también de nuestro estancamiento político.

El Huracán María en Puerto Rico.

El Huracán María en Puerto Rico.

Ahora bien, dos fuertes terremotos, con doce días de diferencia, han sacudido este mes a nuestro país. Causaron el colapso de edificios y llevaron a personas aterradas a las calles. Entre ambos causaron la muerte de cientos de personas que no pudieron escapar de la destrucción, y provocaron también cientos de lesionados y damnificados.

Poco antes de la medianoche del 7 de septiembre, un terremoto de magnitud 8.1 —el más fuerte en casi un siglo— sacudió a la nación, en especial el sur del país, cerca del epicentro que se ubicó en la costa del Pacífico.

El martes de la semana pasada, cuando continuaban las labores de restablecimiento y limpieza, otro terremoto, uno de magnitud 7.1, con epicentro en el estado de Morelos —a poco más de 100 kilómetros de Ciudad de México—, golpeó el centro del país y sacudió de manera sostenida la capital del país. Ocurrió precisamente en el 32 aniversario del terremoto de 1985, que causó la muerte de más de 10,000 personas en México.

Aunque parezca poco común que dos terremotos fuertes sucedan tan cerca uno de otro en un periodo relativamente corto, los científicos dicen que los sismos de esta magnitud pueden alterar tensiones cercanas y provocar nuevos movimientos, aunque no están seguros de que esto es lo que haya pasado en este caso.La ubicación de México nos hace propensos a vivir sismos fuertes debido a que está en la llamada zona de subducción, es decir, donde una placa de la corteza terrestre se desplaza lentamente debajo de otra.

En el caso de México, una placa oceánica, la de Cocos, se desliza gradualmente bajo la placa continental, la de Norteamérica

Con el tiempo se crea tensión por la fricción entre las placas y, en determinado momento, la tensión es tal que la energía reprimida se libera en forma de sismo. La zona de subducción responsable de los dos terremotos recientes va a lo largo de la costa de Centroamérica, desde el centro de México a Panamá. Hay otras zonas de subducción en el mundo que, dicen los expertos, son las causantes de la mayoría de los terremotos más potentes.

De hecho, los sismos de magnitud 9.0 o más solo pueden suceder en las zonas de subducción.

Los ejemplos relativamente recientes de tales terremotos incluyen el de 2011 en Japón, de magnitud 9.1, el de la misma magnitud en 2004 en Indonesia, el de magnitud 9.2 en 1964 en Alaska y el de magnitud 9.5 que golpeó a Chile en 1960, el más fuerte que haya sido registrado. Ambos sismos ocurrieron en la placa de Cocos, no entre esta y la de Norteamérica. Si dichos terremotos hubieran ocurrido entre ambas placas se habría producido un gran sismo.

Los temblores en los límites de la placa en general involucran fallas más grandes y estas liberan más energía, que genera temblores en áreas más grandes. Pero también esto sucede lejos de la superficie.

Los terremotos que suceden en la parte interna de la placa tienden a ser más débiles pero más cercanos a la superficie. En consecuencia, pueden causar más daño a lo que sea que esté encima.

En este contexto, ha llamado poderosamente la atención una presunta relación que han guardado en estos eventos catastróficos naturales tanto los sismos como los huracanes y es que unos han sucedido a los otros, en una suerte de macabra complicidad que ha provocado miles de afectados.

En menos de 30 días el continente americano sufrió cinco huracanes de fuerza inigualable y dos terremotos en septiembre que siniestraron gravemente a México.

En algún momento del mes de septiembre Katia, Irma y José se convirtieron en “una triple amenaza para México. Katia se transformó en Huracán de categoría 1 el miércoles 6 de septiembre. El jueves 7 de septiembre México sufría del histórico terremoto de magnitud 8.1, y el viernes 8 el huracán Katia tocó tierras mexicanas. Katia estuvo antes, durante y después del terremoto, extraña coincidencia. ¿Tuvo algo que ver Katia con ese terremoto?. De igual manera el segundo fatal terremoto mexicano, del día 19 de septiembre ocurrió el día del aniversario del terremoto de 1985 que provocó la muerte de 10,000 personas, ¿es solo otra coincidencia?

Viéndolo en sentido inverso, el paso de Katia por la costa del Golfo de México y la devastación de Irma y María en el Caribe, sucedieron entre el primer terremoto del 7 de septiembre y el segundo del 19 de septiembre, en México. Otra coincidencia.

Aunque aparentemente la relación entre huracanes y terremotos no existe, esto no significa que un vínculo en casos específicos esté descartado.

Por otra parte, dos estudios- uno de la Universidad de Miami y otro publicado en Seismological Research Letters- presentaron hipótesis sobre posibles vínculos entre terremotos y ciclones.

Sin embargo, siendo solo hipótesis desde el punto de vista científico, el propio estudio de Seismological Research Letters indica que en todo caso es posible que el aumento de las réplicas (después del terremoto del 23 de agosto de 2012 en Virginia, Estados Unidos) durante el paso del huracán Irene en 2012 por la zona del epicentro, haya sido solo “casualidad”.

Además, aunque se conoce que México queda en una zona sísmica crítica (el Anillo de Fuego del Pacifico), los terremotos pueden ocurrir en cualquier momento sin advertencia previa.

En el caso de los huracanes ocurrieron en la temporada de huracanes que va desde junio a noviembre (medio año), pero anticipar cuándo y dónde va a golpear- o con qué fuerza- se desconoce. En líneas generales, no existe una relación directa entre la formación de huracanes y los terremotos. Sin embargo, no hay que descartar una conexión real entre ambos fenómenos en casos muy específicos.

Para empezar, los orígenes de estos eventos naturales tienen una explicación totalmente distanciada y es normal que ambos sucedieran en el momento en que lo hicieron y en los lugares donde ocurrieron. Otro detalle importante es que la tecnología nos ha permitido predecir y monitorear la aparición de huracanes, mientras que aún no se logra esta meta con los terremotos.

De hecho, se esperaba que los huracanes que azotan el continente actualmente se manifestaran, dado que coincide con la temporada de huracanes del Atlántico norte, un ciclo anual que ocurre por las elevadas temperaturas del agua y el aire en el océano durante el verano boreal. Además, aunque el cambio climático hizo más potentes estos huracanes recientes, no fue la causa que los originó, de acuerdo a los expertos.

Un estudio científico llevado a cabo en la Universidad de Miami en el año 2011 sostuvo que los ciclones tropicales, como huracanes y tifones, podrían propiciar la formación de terremotos. La hipótesis es que la erosión causada por  los deslizamientos conducen a un cambio en la carga de las fallas, llevando a la larga a la posible producción de terremotos. Los investigadores sugieren que los deslizamientos de tierra inducidos por la lluvia y el exceso de lluvia transportan materiales erosionados aguas abajo. Como resultado, se reduce la carga superficial por encima de la falla.

Los indicios también apuntan a que lo mismo ocurre con sismos de menor grado y sus réplicas. En un estudio de 2013, sismólogos de Georgia Tech, explicaron que a pesar de que la tasa de réplicas de un sismo usualmente disminuyen al pasar el tiempo, la tasa de réplicas de un terremoto ocurrido en Virginia, Estados Unidos, el 23 de agosto de 2012 aumentó de manera brusca cuando el huracán Irene pasó por el área del epicentro.

Sin embargo este estudio, que fue publicado por la revista Seismological Research Letters, asegura que “es posible que el aumento de la tasa de sismicidad durante el paso del huracán Irene pudiera ser por casualidad”. De igual manera no se puede considerar un hecho que exista una correlación entre los huracanes y los terremotos, manteniendo aún este vínculo sencillamente como algo probable, ya que ambas investigaciones dirigidas a este fin basaron sus hipótesis en hechos muy puntuales.

 

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