México en un ataúd

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Ruben MartinDelante de un escenario macabro, el presidente Enrique Peña Nieto leyó en Palacio Nacional un mensaje político en el que resumió su 5º Informe de Gobierno, el sábado 2 de septiembre frente a más de 1,500 invitados conformados por la élite de la burocracia política, empresarial y académica del país. Un mensaje a modo, para unos invitados a modo. Un monólogo positivista, sin asomo de crítica. Es decir, un mensaje del poder para los que están en el poder.

No es un mensaje a la sociedad ni mucho menos, no es un mensaje sujeto a la deliberación, el escrutinio y la crítica. Nada de eso asombra. Los informes antes en la época dorada del autoritarismo priista, los informes en la fallida alternancia panista o los informes con el regreso del PRI a Palacio Nacional son eso: mensajes del poder que nada le dicen a la sociedad.

En este 5º Informe de Gobierno, algunos indicadores económicos o sociales, le dieron pie al presidente Peña Nieto para presentarse triunfalista y asegurar que sus reformas estructurales (otro ciclo de reformas neoliberales) han sido benéficas para la población. Ahora, por ejemplo, las cifras de pobreza con una cuestionada nueva metodología que le permiten afirmar que hay más de dos millones de pobres, o los tres millones de empleos creados en su sexenio (sin mencionar el déficit de dos millones más), y los supuestos beneficios de las reformas estructurales.

No pasó desapercibido para la mayoría que Peña Nieto estaba parado delante de un escenario cuya pieza central figuraba un enorme ataúd. Como si se tratara de un mensaje involuntario o inconsciente, la enorme caja gris-ataúd se convirtió, se quiera o no, en el mensaje central de este gobierno: todas las políticas económicas, todas las cifras supuestamente positivas, todas las decisiones de este gobierno y todos sus resultados se han construido en un contexto de guerra y barbarie que ha dejado una estela de asesinados, desaparecidos, fosas clandestinas y masacres.

Sería ingenuo o estúpido negar que las reformas estructurales y el despliegue de políticas radicales de libre comercio que propician más explotación de la fuerza de trabajo, más incentivos para la inversión privada, más despojo y apropiación de tierras, y más privatización de los bienes comunes naturales, están relacionadas con la guerra y la estela de muertos y asesinados.

Peña Nieto logró romper la marca macabra de asesinados que lideraba el panista Felipe Calderón Hinojosa. Desde que asumió el poder el 1 de diciembre de 2012 hasta el 31 de julio de este año, se han cometido 104,602 homicidios dolosos en el país.

Hasta julio de este año, oficialmente se registran más de 33 mil desaparecidos en todo el país, de los cuales 60 por ciento han ocurrido en gobierno de Peña Nieto.

El país de las reformas estructurales, de la reforma energética que abre enormes extensiones territoriales al capital energético; el país que pretende explotar al máximo la cuenca de Burgos y construir miles de kilómetros de gaseoductos; el país que pretende privatizar miles de kilómetros de tierras para entregar a corporaciones privadas en las Zonas Económicas Especiales, es el país que va dejando un reguero de muertos, desaparecidos y que va sembrando miles de fosas clandestinas.

Por eso el ataúd frente al que Peña Nieto leyó su mensaje en ocasión del informe, es el mensaje real, el auténtico de este gobierno. Este gobierno ha convertido al país en un inmenso ataúd.

No obstante, a pesar de la guerra que se despliega en el país contra todos aquellos que se oponen a los afanes de la acumulación de capital, millones de personas se mueven en defensa de la vida, del territorio, en la búsqueda de sus hijos ausentes, o en la identificación de las fosas clandestinas. De este país nace la esperanza de parar la guerra y sacar al país del ataúd en el que lo han metido las burocracias políticas y empresariales. Ésa es la verdadera batalla política que importa el siguiente año (y los siguientes), no la electoral.

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