¿Por dónde empezamos a proteger a las mujeres?

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Los resultados de la reciente Encuesta sobre la Dinámica en las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2016 fue una verdadera bofetada para Jalisco: más de 74 por ciento de las mujeres en la entidad han sido víctimas al menos de un incidente de violencia.

La primera reacción que ha provocado está encuesta elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), ha sido cuestionando la efectividad de la Alerta de Violencia contra las Mujeres. Y, en parte, ha sido así. Lo que sigue es preguntar quién es responsable de que la alerta no funcione.

Para encontrar respuestas, primero habría que entender de qué se trata la alerta. No es, en estricto sentido, un conjunto de indicadores para medir con números los avances y logros o, incluso, los retrocesos en la materia.

La realidad es que va mucho más allá. El diagnóstico que dio origen a la alerta nos retrataba ya como una sociedad violenta contra las mujeres. La encuesta nos precisa que estamos peor de lo que pensábamos y que además no hay espacio en que estén a salvo.

Sí, el hecho de que siete de cada diez mujeres haya admitido haber sido víctimas de algún incidente de violencia, pone a Jalisco en el vergonzoso tercer lugar en este tema.

Luego, en los detalles del tabulado de la encuesta, nos damos cuenta que hay violencia de todos los tipos, con una amplia gama de agresores y prácticamente en todos los espacios. Jalisco está en los primeros lugares en violencia escolar, laboral y comunitaria y es, en el peor de los casos, líder en violencia en el hogar.

Así podemos concluir que no sólo es un tema de graves omisiones y fallas por parte de la autoridad, sino una sociedad que ha normalizado este problema y que lo esconde hipócritamente, presumiéndose como conservadora y protectora de la institución de la familia.

Estamos hablando de la violencia hacia las mujeres que usan la calle y los espacios públicos. Las que van en el camión. Las que estudian y las que trabajan. Las que se quedan en casa.

Las agresiones son para todas las edades: las niñas, las jóvenes, en etapa adulta o en la tercera edad.

Y, por supuesto, está la violencia de las instituciones. Las calles a oscuras e inseguras. El transporte público tan deficiente. Los policías, ministerios públicos y jueces que justifican las agresiones. Las oficinas que se crearon para atender a las mujeres pero no tienen presupuesto ni estructura suficiente y, en muchos casos, tampoco personal capacitado.

Con todo esto, la pregunta es: ¿por dónde empezamos a cambiar?

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