ESPACIO PÚBLICO SIN CIUDADANOS

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Así quedaría la escultura de José Fors.

Así quedaría la escultura de José Fors.

EL PROYECTO DE ARTE URBANO QUE IMPACTA EL PERFIL DE LA CIUDAD, PARECE SER HECHO A CAPRICHO PATERNALISTA DEL PRESIDENTE MUNICIPAL, MÁS QUE EN ATENCIÓN A LOS CRITERIOS DE UN  PLAN URBANO SERIO

Roberto Castelán Rueda*

No hay arte sin polémica ni democracia sin debate. Y la intensidad de una y otra aumentan cuando está en juego el dinero público.

La idea de embellecer con arte las ciudades es una gran idea. Nadie podría oponerse a ella, salvo que al momento de realizarse, la buena intención se convierta en un amasijo oscuro de dudas y decisiones políticas poco claras, abriendo la puerta a percepciones negativas de los ciudadanos quienes por justificadas razones históricas son propensos a ellas.

Por eso, la discusión en la que está inmerso el proyecto de “arte urbano” promovido por el ayuntamiento de Guadalajara, no es una discusión sobre estética y arte, sino sobre tomas de decisiones políticas, posiblemente autoritarias y cubiertas por una sospecha de corrupción. Los políticos mexicanos desvirtuaron la democracia y la presentan a los ciudadanos como proyectos planeados por ellos, en beneficio y progreso de la nación o de las grandes causas, sin que para ello importe la opinión de los ciudadanos.

El político y el gobernante se presentan como los grandes visionarios, incomprendidos y dispuestos a sacrificarse en aras de los grandes proyectos. El ciudadano queda convertido en un espectador, a veces ignorante del sentido de las nobles causas. Llevar sus planes, de modo impecable, caiga quien caiga, es la única tarea autoimpuesta por el gobernante en su papel de conductor del pueblo.

En una democracia, los guías, los grandes conductores de los pueblos, salen sobrando. Sin embargo, ante una ciudadanía débil, lastimada, ofendida y en constante amenaza contra su seguridad, la tentación totalitaria se hace presente y obstaculiza la libertad de acción de los ciudadanos para decidir sobre los asuntos públicos que le competen.

La airada reacción del presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro, frente a quienes critican su proyecto de “arte urbano”, es una clara muestra de que los políticos mexicanos no están preparados para gobernar en una democracia y recurren a la vía fácil de imponer sus decisiones aprovechando los enormes huecos y la falta de contrapesos que existe en nuestra todavía incipiente democracia. Si un político no es capaz de transparentar, explicar, consensuar, convencer, escuchar a sus detractores y mediar entre las diferentes opiniones, sencillamente no es un demócrata sino un totalitario en ciernes.

La negativa, propia de la mayoría de los políticos mexicanos, para atender las exigencias de la ciudadanía en una democracia, llevó a hacer de la política un pleito de intereses y acuerdos entre los distintos partidos, sin que en ellos tenga ningún peso la opinión de los ciudadanos.

Roberto Castelán.

Roberto Castelán.

Los políticos prefieren cuidar la relación, tirante o amigable, entre los partidos y sus cúpulas, que velar por el interés de los ciudadanos a quienes gobiernan.

El espacio público de las ciudades, que es el espacio común de los ciudadanos, su espacio, en este juego político se reduce a los límites de un terreno cuya propiedad temporal es usufructuada por el partido que gobierna y sus intereses particulares, no colectivos, no en beneficio de los ciudadanos.

Esparcir por ese territorio a diestra y siniestra, sin mayor explicación que la convicción gubernamental de saber lo que es conveniente para el beneficio de la ciudad, una determinada cantidad de esculturas asignadas sin ningún criterio democrático, no puede ser considerado como un proyecto serio mientras éste no sea explicado a detalle en cada uno de sus procesos.

El proyecto de arte urbano que impacta el perfil de la ciudad, parece ser hecho a capricho paternalista del presidente municipal, más que en atención a los criterios de un plan urbano serio, pensado y consensuado entre especialistas en planeación urbana y los habitantes o usuarios del perímetro en el que se están instalando las esculturas.

La falta de un estudio del perfil de la ciudad que indique en dónde conviene o no instalar una escultura y de qué tipo, puede convertir una buena acción de embellecimiento de la ciudad, en un resultado contrario, es decir, que la ciudad, ya de por sí revuelta y caótica, quede convertida en un “amontonadero” de piezas escultóricas que afeen más el perfil de la misma.

Una gran obra de arte instalada en un lugar inapropiado, puede convertirse en una pieza sin sentido ni simbolismo, en un estorbo más para la ciudad.

Sin embargo, el debate actual provocado por el proyecto de “arte urbano” no es de estética, arte o urbanismo, sino político y una llamada de atención en contra de decisiones autoritarias, paternalistas y abusivas que impiden al ciudadano expresarse sobre su propia ciudad.

*Académico e historiador de la UdeG

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