¿Qué nos importa más?

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antonio ortunoEl alcalde de Guadalajara, Enrique Alfaro, la calificó como “una pendejada”. Lo es: un video promocional del ayuntamiento tuvo la mala idea de presentar a un supuesto aficionado al Atlas como el epítome del mal ciudadano. Poco importan las anécdotas sobre porristas del equipo tapatío detenidos por cometer desmanes o el video de una cámara de seguridad, que apareció unos días después, en el que un ladrón con playera del club rojinegro allana una tienda en el centro de la ciudad.

Lo fundamental acá es que el ayuntamiento no debe estereotipar a ningún colectivo social, porque eso es discriminación, y los aficionados del Atlas no tienen por qué ser tildados de cosas imaginarias. Como sucede en todos los casos en que se generaliza de modo torpe, es fácil comprobar que la inmensa mayoría de quienes profesan esa afición nada tienen que ver con la caricatura que se les hace.

Ahora bien, ¿cómo es que una tontería fácilmente enmendable (se quita el video, se ofrecen disculpas y se acepta que se trata de un error) termina convertida en tema central de la agenda del Estado? Porque Alfaro es visto como el candidato con más posibilidades de ganar la gubernatura en 2018 y eso no les gusta a quienes ahora mismo tienen el poder, que son sus rivales, ni a los medios de prensa que se llevan de tope y caballazo con ellos. Lo vimos en la campaña para la alcaldía, en la que un permiso municipal para levantar una barda en la casa de Alfaro llegó hasta los encabezados: cualquier cosa puede ser usada en contra del candidato que parece más fuerte.

Si la principal crítica que se le ha lanzado al alcalde es que gobierna pensando en ganar la gubernatura, resulta inaudito que su equipo de comunicación se meta en un lío tan bobo.

Y no extraña que sus rivales intentaran aprovecharlo, aunque sea, comparativamente, una bagatela.

¿Comparativamente con qué? Con un tema que ha levantado menos polvo pero que tiene mayor incidencia en la vida del Estado. La temporada de incendios forestales ha sido singularmente feroz este año. La Primavera sufrió un siniestro que las autoridades tardaron más de dos días en controlar. La zona de Ameca y otras áreas al norte han sufrido también. El fuego, además de arrasar con miles de hectáreas de árboles y vegetación, ya se cobró la vida de un brigadista forestal. Fuera de algunas referencias a la humareda durante el incendio de La Primavera, le aseguro que usted no ha visto el tema referido en las columnas políticas.

Las portadas de los diarios y los bloques principales de los noticieros tampoco lo abordan (y no digamos las cuentas de la caterva de tuiteros a sueldo de fuerzas políticas). Claro: allí no hay réditos, allí no hay huesos en juego ni grillas. Lo que hay son unos tipos silenciosos y muy dignos, brigadistas de diferentes entidades y voluntarios, jugándosela para apagar los fuegos que provocan actividades humanas: quemas agrícolas y ganaderas fuera de control, quemas intencionadas de “desarrolladores” con humo en la cabeza, incendios causados por negligencia de paseantes. Un tema mucho más importante que la dichosa “pendejada”, pero al que muchos ni siquiera voltean.

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