Cabezas de puerco

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Ruben MartinLos priistas y las camarillas que gobiernan el país intentaron por todos los medios ganar las cuatro elecciones estatales disputadas el domingo 4 de junio: Estado de México, Veracruz, Coahuila y Nayarit. Según los resultados preliminares y los conteos oficiales, el PRI perdió en Nayarit y Veracruz, en tanto se aferra a un triunfo cuestionado por sus opositores en el Estado de México y Coahuila.
Para obtener estos resultados, los priistas recurrieron a su viejo y nuevo arsenal de maniobras para mantenerse en el poder. En ese arsenal se encuentra el uso de la maquinaria del PRI-gobierno para la compra y coacción del voto, cobrando a los electores los programas sociales que de todos modos deben entregar. El PRI estaba tan desesperado por mantener el dominio en el Estado de México que en siete meses programaron cien visitas del presidente Enrique Peña Nieto y de los miembros de su gabinete a esa entidad. El uso partidista de programas y recursos de gobierno, que nunca han desaparecido, volvieron a aparecer como en los viejos días de esplendor del PRI-gobierno.

Como de por sí eso no les bastaba, la camarilla en el poder agrandó la maquinaria de compra y coacción del voto, desempolvó los añejos métodos de acarreo de votantes, operaciones tamal, compra e intimidación de funcionarios de casilla, robo de urnas, alteración de paquetes electorales y echó a andar la “moderna” técnica de alteración de resultados de casilla en los programas informáticos de conteo de resultados.

Pero de todo ese arsenal de marrullerías utilizados por la camarilla en el poder, ninguno tan significativo como arrojar decenas de cabezas de puerco ante locales de sus adversarios en Cuautitlán Izcalli, Tlalnepantla, Tecámac, Ixtapaluca y otras localidades del Estado de México. En efecto, durante la madrugada del 4 de junio, grupos especiales, presumiblemente de priistas, se dieron a la tarea de aventar cabezas de puerto pintadas de rojo (sangre), colocar cruces y coronas de flores en domicilios o locales de sus opositores.

No es necesario remarcar el mensaje de intimidación que estas acciones pretendían enviar.

Arrojar decenas de cabezas de puerco se convierte en el principal significado de esas elecciones: las acciones de sicarios o de émulos de sicarios en contra de quienes ven como sus adversarios electorales. Es la acción desesperada de una camarilla política que manda el mensaje de que no va a dejar el poder, cueste lo que cuesta, así rueden cabezas, de puerco o de opositores. Es la confirmación de que lo importante no es el voto, sino mantener y permanecer el poder, cueste lo que cueste; las elecciones son simple y llanamente un procedimiento engorroso, una legitimación para seguir en el gobierno y conseguir sus prebendas y beneficios aparejados. Y de este modo, la camarilla político-empresarial-mafiosa que ha controlado este territorio echa mano de todos sus recursos para evitar dejar esta posición de poder y privilegio.

Las cabezas de puerco arrojadas por los priistas a sus adversarios son la confirmación de la pudrición del sistema político mexicano, de la farsa de la transición a la democracia, y el mito de un sistema político semejante a las democracias occidentales consolidadas.

Las cabezas de puerco en la pasada elección son muestra de la consolidación de una política mafiosa y criminal en México. Unas formas de hacer política que confirman que ya no hay distinción entre clase política, corporaciones corruptas y crimen organizado. Es la confirmación de que lo que llamamos gobierno no son sino “grupos mafiosos al servicio del capital”, como bien ha descrito Gustavo Esteva (La Jornada, 5 junio 2017).

Son muestra de que, incluso este, procedimiento técnico de renovación de poder, se considera peligroso para la camarilla gobernante y que, por tanto, pasa a ser otro frente de esta guerra que el poder político y económico libran contra todos los sujetos que entorpecen su lógica de realización del beneficio privado. Con esta escalada, la camarilla política-corporativa-mafiosa se desnuda y muestra sus burdas intenciones. El fraude ya no es sólo obra de los mapaches, ahora también es obra de los sicarios.

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