Felipe, el cínico

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Ruben MartinHay que ser muy caradura para ser responsable de uno de los periodos más violentos y negros de la historia del país, y luego regresar a la vida pública tratando de dar lecciones de moralidad, decencia y democracia. El ex presidente Felipe Calderón Hinojosa es un caradura que ha vuelto de manera descarada a la política mexicana, como si no fuera responsable de muertos, desaparecidos, fosas clandestinas y campos de exterminio durante la guerra que desató en su mandato.

Luego de terminar su periodo de gobierno (2006-2012), Felipe Calderón pareció entender el repudio popular y decidió irse a vivir un año en Estados Unidos, con la justificación de un trabajo para una universidad de aquel país. Los dos primeros años del gobierno del priista Enrique Peña Nieto, el panista Felipe Calderón apareció poco en México e incluso sus intervenciones en redes sociales, sobre los asuntos públicos del país, eran escuetas o moderadas.

Ahora se presenta como presidente honorario de la Comisión Global sobre la Economía y el Clima, al tiempo que se ofrece como conferencista en los siguientes temas: “Liderazgo con principios”, “Crisis y competitividad: el caso de México”, “Reforma energética en México”, “Cambio climático y crecimiento económico”, “América Latina: una visión desde México y análisis de la situación económica”.

Pero Felipe Calderón ha decidido regresar a la vida pública del país, como si no tuviera cuentas por cobrar. Su regreso a actividades cada vez más abiertas y públicas está motivado por la postulación de su esposa, Margarita Zavala, a la presidencia del país en las internas del Partido Acción Nacional (PAN). A esto se añade el anuncio que hizo Calderón el sábado 29 de abril de sumarse a apoyar la candidatura de Josefina Vázquez Mota a la gubernatura del Estado de México. Tan mal parece ir la candidatura de Vázquez Mota que se agarran de todo, incluso de Felipe Calderón.

Ahora, el segundo panista en llegar a la presidencia de México interviene en casi todos los asuntos relevantes o morbosos de la vida pública del país, especialmente enfrentado a Andrés Manuel López Obrador y a algunos priistas como Humberto Moreira, en tanto que parece extremadamente respetuoso con el actual mandatario Enrique Peña Nieto.

Al mismo tiempo, pretende dar lecciones de democracia en conflictos ajenos, como lo muestra su injerencia en los asuntos de Venezuela y Cuba, cuyo gobierno le impidió la entrada en febrero de este año. Y cada vez que lo hace, muchos le preguntan que qué autoridad moral tiene para hablar de democracia y respeto a las libertades políticas en países ajenos, un político que llegó al poder mediante maniobras fraudulentas y que metió a la cárcel a cientos de personas inocentes y perseguidas sólo por sus ideas.

Pero cada intervención de Felipe Calderón en la vida pública del país, ya sea en su prolija cuenta de Twitter o en los mítines de candidatos panistas, se ve ensombrecida por dos fantasmas que lo perseguirán hasta la tumba: el fantasma de la guerra y los miles de asesinados y desaparecidos que hubo en su sexenio; y el fantasma de la corrupción en la que se vieron envueltos varios de sus cercanos colaboradores.

Es muy grande el cinismo de Felipe Calderón al pretender dar lecciones de un supuesto “liderazgo con principios”, cuando es el principal responsable de detonar la actual guerra que tenemos en el país.

Con el pretexto de combatir el crimen organizado, Calderón sacó a las fuerzas armadas a las calles y desató una oleada de violencia sin precedente en el país.

En sus seis años de gobierno murieron asesinados 121,163 personas y desaparecieron más de 25,000. En este último caso, con el agravante de esconder las cifras que las entidades de gobierno iban recopilando. Durante su sexenio, Calderón pretendió esconder de manera negligente y criminal, el alza sin precedente en el número de personas desaparecidas.

Cada que Calderón pretende dar lecciones de buenos gobiernos, salen a la luz la cascada de casos de corrupción en la que participaron algunos de sus colaboradores más allegados como Juan Camilo Mouriño (cuya familia recibió contratos de Pemex al tiempo que era funcionario federal), César Nava o Alejandra Sota.

De modo que el cinismo de Calderón no tiene límites. Pero el cinismo de Calderón se topa con la memoria de la mayoría de los mexicanos que lo recuerdan como es: un político fraudulento, manchado de corrupción y de sangre por la muerte y desaparición de decenas de miles de personas.

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