VENEZUELA: LA GUERRA POR LA PAZ

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La Marcha del Silencio en Venezuela.

La Marcha del Silencio en Venezuela.

MADURO Y EL CHAVISMO CAERÁN, PERO NO POR SU PROPIO PESO, SINO POR EL ESFUERZO DE SUS ADVERSARIOS

Todo indica que el forcejeo entre el presidente de Venezuela Nicolás Maduro y la oposición seguirá en las calles, apostando por un desgaste de uno de los dos bandos. ¿Quién cederá primero?

Es lamentable, Venezuela sigue ardiendo y el noble pueblo bolivariano es el que sufre las consecuencias de los desacuerdos entre el gobierno y la oposición, asunto que ha radicalizado el conflicto y ha hecho que millones salgan a las calles a protestar a favor o en contra. Entre la noche del jueves y madrugada del viernes 11 personas murieron en los fuertes disturbios que ocurrieron en Caracas, según la Fiscalía dependiente del oficialismo, con ello se eleva a 20 el número de fallecidos en tres semanas de violentas protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro. Unas víctimas murieron electrocutadas durante saqueos y otras por heridas causadas con armas de fuego en medio de las revueltas.

En el Valle, un populoso sector de barrios humildes, se vivió una batalla campal desde las nueve de la noche y hasta la madrugada. Camiones antimotines de la militarizada guardia nacional y la Policía dispersaron con gases pequeñas protestas de personas que colocaron barricadas de desechos en muchas esquinas del sector, lo que desató fuertes enfrentamientos. Además se registraron saqueos a decenas de establecimientos comerciales.

El gobierno y la oposición se responsabilizan mutuamente del desbordamiento de la violencia en la ola de protestas que inició el pasado 1 de abril. Según la ONG Foro Penal, además de los fallecidos, las protestas dejan cientos de detenidos y heridos, amén de los desaparecidos.

Los enfrentamientos y desórdenes ocurrieron al cierre de una jornada en la que miles marcharon en las calles del este de la capital y en otras ciudades para exigir elecciones generales, un día después de una gigantesca movilización de opositores que había dejado tres muertos.

Venezuela vive actualmente una de las más graves crisis de su historia. En la foto, Nicolás Maduro.

Venezuela vive actualmente una de las más graves crisis de su historia. En la foto, Nicolás Maduro.

La alta tensión en Venezuela, agobiada por una severa crisis económica y política, ha despertado gran preocupación internacional. Desde hace semanas los ánimos políticos en el país petrolero están caldeados y a diario se han registrado masivas protestas en las calles de las principales ciudades con una fuerte represión de las fuerzas de seguridad mediante el uso de gases lacrimógenos, balas de goma y camiones lanza agua. La oposición alega que el gobierno socialista, apoyado por los órganos de la justicia, desmanteló el Poder Legislativo que está en manos de los críticos de Maduro. Además, acusa a Maduro de desvirtuar su gobierno y convertirlo en una dictadura sin separación de los poderes públicos, con persecución a la disidencia y sometimiento a los venezolanos a una profunda crisis económica con precios que suben cada semana, recesión y escasez de alimentos y medicinas. No obstante, Maduro alega que sus adversarios buscan derrocarlo con conspiraciones y ha lanzado la tesis de que está frente a un intento de golpe de Estado.

Maduro y el chavismo caerán, pero no por su propio peso, sino por el esfuerzo de sus adversarios. El síntoma inequívoco está en los millones de venezolanos dispuestos a enfrentar a las fuerzas represivas.

Los estados totalitarios tienen un tiempo crítico de gestación. Las revoluciones no se pueden hacer a paso lento y en Venezuela todo comenzó a desbordarse desde 1999. Las ingenuas ilusiones de aquel instante fueron progresivamente aplastadas bajo el peso de una nefasta experiencia gerencial que ha polarizado al país entreverada con la corrupción, el narcotráfico y la ocurrencia como política pública periódica.

El tiempo es un factor crítico. Cuando las revoluciones inician cuentan con muchos adeptos y con la curiosa expectativa del conjunto de la población, pero los caudillos totalitarios saben que deben actuar rápidamente porque la luna de miel será corta.  Probablemente Hugo Chávez tuvo que someterse a otro calendario por la forma en que tomó el poder y porque hizo redactar una Constitución garantista con bastantes elementos de la democracia liberal. Enterró un texto caduco, pero formó otro que hablaba de separación de poderes y de libertades, y que dejaba la puerta abierta a la insurrección en caso de que la estructura republicana estuviera en peligro.

Contra viento y marea Nicolás Maduro se aferra y sostiene en la silla presidencial pese al manifiesto rechazo popular al régimen, su poder se fundamenta en la capacidad represiva y ésta, a su vez, depende de la información que recibe y del daño que les puede infligir a quienes no obedecen. De ahí la importancia del terror y de causar miedo. Como se sabe, la información es poder. Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo dedicado a explorar la vida y obra de cientos de miles de  venezolanos –opositores y chavistas–, especialmente de quienes merodean el poder y tienen la posibilidad potencial de descabezar al gobierno, sustituirlo y darle un vuelco instantáneo a la situación política.

Luego viene la represión. Basta un 0.5% de la población para manejar a cualquier sociedad en la que, además, el gobierno controle férreamente los tribunales y los medios de comunicación para construir y difundir una versión que le permita perpetrar cualquier vileza. Sin embargo, en Venezuela ya no alcanzan, y ahí está el envalentonado pueblo que ataja al miedo y se arriesga a expresar en las calles su molestia. Maduro quiere armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para qué? Porque no confía en las Fuerzas Armadas y teme que un día los militares se cansen de su incompetencia, necedades y le den la espalda, y quien no lo haría con un tipo que habla con los pajaritos y baila salsa en medio de la tempestad en que tiene hundido a su país.

La hambruna está a la vuelta de la esquina por la falta de dólares para importar alimentos.

La catástrofe es mucho peor en sociedades urbanas, como la venezolana, en las que el 78% de la población carece de habilidades campesinas. Aunado a la falta de medicinas, insecticidas, y todos los factores que mantienen a raya las enfermedades. El resultado es obvio: Venezuela se hunde si Maduro continúa aferrado al poder. Todos los venezolanos, incluso los chavistas, saben que tiene que irse.

Tanto el gobierno como la oposición aprovecharon el 19 de abril, fecha que marca el comienzo del movimiento independentista en Venezuela, para movilizar a sus seguidores. Han fallecido decenas de personas desde que las protestas comenzaron el 1 de abril tras conocerse las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia que le quitaban poderes a la Asamblea Nacional.

Un cerco policial dividió a Caracas y marcó las diferencias entre las marchas que se realizaron en cada lado. Una, en el municipio Libertador, convocada por el gobierno, contaba con chavistas de base, empleados públicos, funcionarios de ministerios, organismos, instituciones y misiones. Abundaban las camisetas, gorras y banderas rojas, el rostro de Chávez, consignas antiimperialistas, bailes y militares.

En la otra, convocada por la oposición, la gente pedía elecciones, la dimisión del presidente, comida y medicinas. Fue quizás la marcha más grande que ha convocado la oposición en los últimos años, más incluso que el pasado 1 de septiembre, cuando se hizo “la toma de Caracas” para exigir que continuara el proceso del referendo revocatorio, hoy frenado por el Consejo Nacional Electoral.

La marcha oficialista pudo llegar al punto de encuentro sin problemas, en la avenida Bolívar, donde un jubiloso Maduro habló e incluso bailó.

El mandatario pidió recobrar el diálogo con la oposición y habló de las elecciones. “Quiero ir a elecciones pronto y verle la cara a Julio Borges y a Ramos Allup y que busquemos un camino pacífico para que la revolución ponga en su puesto a conspiradores y terroristas”.

Justamente la celebración de elecciones es uno de los reclamos por los que la oposición marchó el miércoles. En diciembre de 2016 deberían haberse celebrado las regionales, pero el Consejo Nacional Electoral las suspendió y aún no ha propuesto un calendario. “Que nadie se confunda, tenemos un Poder Electoral autónomo que tomará la decisión que tenga que tomar”, dijo Maduro.

Como ha sucedido en semanas anteriores, el humo gris y blanquecino de las bombas lacrimógenas empañó la protesta de la oposición. Antes, en las manifestaciones de 2014, las bombas se lanzaban al final de una manifestación, cuando apenas quedaba un grupo de personas que, en muchas ocasiones, lanzaban piedras o bombas caseras a la Guardia Nacional Bolivariana y causaban destrozos. Ahora parece que la premisa es no esperar a que sucedan esos enfrentamientos, cortar por lo sano, y empezar a lanzar bombas hasta dispersar, disuadir y replegar a los manifestantes.

Si el pulso de los que sucede en Venezuela se mide en la calle habrá que esperar a ver quién permanece más tiempo y quién es capaz de seguir moviendo, casi cada día, a su gente y cuánto gas lacrimógeno le queda al gobierno para frenar el paso de la oposición.

Decenas de miles de venezolanos que han llegado a un punto de inflexión ante la crisis humanitaria y política que atraviesa Venezuela, salieron masivamente a las calles en todo el país desde el miércoles pasado. Pedían que el gobierno permita el ingreso de ayuda humanitaria a Venezuela para asistir a la enorme cantidad de personas que intentan desesperadamente conseguir alimentos y medicamentos. Y exigían que el gobierno celebre elecciones, libere a los presos políticos y restablezca la independencia judicial y los poderes de la Asamblea Nacional.

La dura reacción del gobierno venezolano fue una réplica absolutamente irresponsable de su respuesta a protestas anteriores. La respuesta del gobierno a estas protestas es otra prueba más de la necesidad de que exista una firme presión internacional, especialmente de la región, que conduzca al restablecimiento de los derechos humanos y la democracia en Venezuela—y es, además, una demostración del costo potencial de no hacerlo.

Antes de la manifestación, el Presidente Nicolás Maduro—apoyándose en su slogan de “defender la paz”—acusó a la oposición de ir por “el camino de la violencia, de la conspiración, del golpismo y del intervencionismo”. También anunció que multiplicaría la cantidad de milicias partidarias del gobierno y les proporcionaría armas. Todo esto ocurrió en medio de una tensión explosiva, en un país donde las fuerzas de seguridad han reprimido brutalmente manifestaciones contra el gobierno, a veces en colaboración con grupos armados alineados con el oficialismo.

Frente a las marchas, el gobierno organizó una contramarcha en el centro de Caracas, precisamente en el mismo lugar hacia donde se dirigían los manifestantes de la oposición que fueron cercados por la policía nacional.

Los enfrentamientos entre chavismo y oposición comenzaron desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1999. Sin embargo, el comandante tenía la habilidad para manejar las crisis y a sus enemigos políticos, algo que su sucesor, Nicolás Maduro no ha conseguido. Desde que ascendió a poder  en 2013 el mandato de Nicolás Maduro ha sido polémico. Su gobierno se ha caracterizado por la improvisación y por no estar a la altura de las demandas de los ciudadanos. Con un problema adicional: no tiene poder electoral. Y es justo en este punto que nace la actual crisis.

En diciembre de 2015, cuando el chavismo sufre la peor derrota de su historia y la oposición se convierte en mayoría en la Asamblea Nacional, la administración de Maduro se radicalizó.

Nicolás Maduro no solo ha perseguido a los disidentes y opositores, como lo hiciera el propio Chávez en vida, el actual mandatario llegó más lejos instrumentalizando la crisis económica. Ha arrinconado a los medios de comunicación detractores de su gobierno usando la escasez de insumos y las multas, obligándolos al cierre o la venta. Maduro ha limitado completamente los espacios en medios de comunicación de la oposición y sumado a la negativa de entregar datos oficiales, no se sabe cuál es la verdadera dimensión de la crisis que vive el país sudamericano.

En materia económica, las propuestas del gobierno demuestran una desconexión con la realidad, mientras se empeña en acusar al capitalismo internacional de querer derrocarlo. Las medidas implementadas han consistido en el aislacionismo y en regresar a medios primitivos de producción, ha nombrado funcionarios por alineamiento político y no por su capacidad técnica, arrojando como resultado improvisación y profundización de la crisis.

En materia de seguridad las fórmulas de Maduro no han resultado mejores. Las denominadas Operaciones para la Liberación del Pueblo -OLP- que involucran a los diferentes cuerpos de seguridad del país, se han convertido en una política estatal de violación de derechos humanos, cada una de estas operaciones termina con un saldo de muertos y centenares de detenciones arbitrarias.  Y qué decir de la persecución política que se agudizó en los últimos meses.

Eso sumado al desabastecimiento, escasez de alimentos y medicinas y violencia generalizada.

En junio del año pasado inició el proceso de validación de firmas del Referendo Revocatorio a Nicolás Maduro, pocos días después el expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, se reúne con la Organización de Estados Americanos OEA en Washington y pide dar una oportunidad de diálogo entre Venezuela y la oposición. Meses después, el Poder Electoral suspende el proceso para activar el referendo revocatorio presidencial, acto que la oposición ha calificado de “golpe de Estado”. En febrero de este año el secretario general de la OEA, Luis Almagro, aseguró que mientras El Vaticano insista en el diálogo político entre los sectores de oposición y Gobierno no se aplicará la Carta Democrática Interamericana, pero a solo días de haber dicho eso, Almagro reabrió el debate de la Carta Democrática con un informe crítico de Venezuela, en el que denuncia los “serios retrocesos” de los derechos civiles y políticos en ese país desde que comenzó la mediación entre Gobierno y oposición, auspiciada por El Vaticano. En marzo, la Gran Alianza Nacional (GANA) respalda la solicitud que hicieran varias ONGs y organizaciones de Derechos Humanos al Secretario General de la OEA para la pronta activación de la Carta Democrática Interamericana contra el gobierno venezolano, pero a finales de ese mes, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela asumió las competencias de la Asamblea Nacional, de amplia mayoría opositora, a la que consideró en desacato. En los primeros días de abril, en dos sentencias emitidas, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) suprimió dos puntos de sus polémicas decisiones, en las que asumía todas las competencias correspondientes a la Asamblea Nacional y despojaba de inmunidad a los parlamentarios venezolanos, días después las protestas estallan luego de que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) se adjudicara las funciones del Parlamento y levantara la inmunidad de los diputados.

El 19 de abril, la  oposición convoca la “madre de todas las marchas” y le exige al gobierno un nuevo calendario electoral. Maduro convoca la contramarcha, previo llamado a colectivos, milicias y ejército. El pulso se radicaliza, de ahí a la fecha, decenas han muerto en medio de las trifulcas.

La OEA está actualmente debatiendo sobre el cumplimiento, por parte de Venezuela, de la Carta Democrática Interamericana. En las últimas semanas, el secretario general y varios Estados Miembros clave han manifestado su profunda preocupación por la crisis humanitaria que atraviesa Venezuela, en un contexto de gravísima escasez de alimentos y medicamentos básicos.

La comunidad internacional también ha criticado la continuidad de la detención arbitraria del líder opositor Leopoldo López, que fue condenado a casi 14 años de cárcel; la decisión del contralor general de inhabilitar a Henrique Capriles Radonski, otro líder de oposición, para postularse a cargos públicos por 15 años; y un pronunciamiento del Tribunal Supremo de Justicia que significó, en la práctica, el cierre la Asamblea Nacional. La presión internacional se mantuvo incluso después de que el tribunal revisara parcialmente esa sentencia, respondiendo a un pedido del Presidente.

Aquellos dispuestos a criticar las acciones del gobierno venezolano deben llevar su desaprobación un paso más allá. Los líderes latinoamericanos deberían convocar inmediatamente a una reunión de cancilleres para tratar la crisis en Venezuela y presionar al gobierno de Maduro para que admita observadores independientes cuando organice las próximas elecciones en el país. Deben exigir que Maduro libere a los presos políticos, restablezca la independencia del poder judicial y los poderes de la Asamblea Nacional, y, sobre todo, permita que llegue ayuda humanitaria suficiente al país para aliviar el sufrimiento del pueblo venezolano inmerso ahora en una guerra por la paz.

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