Muros y realidades

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Donald Trump

La llegada de Trump a la Casa Blanca ha deteriorado la relación bilateral con México, en especial en el plano comercial.

EL NUEVO PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS YA HA SIDO GOLPEADO POR LA REALIDAD

Donald Trump,  a pesar de todas sus arrogancias y conocidas estupideces comienza a tener ya un golpe de realidad y es que ante su “peculiar” estilo xenófobo, egocentrista y sicofante de la política, por decir lo menos, ha estado reculado en muchos temas, no siendo así tristemente en el asunto del muro en nuestra frontera. Sin embargo ya luce evidente que el nuevo presidente norteamericano, como sucede con todos, ha sido golpeado por la realidad. Era inevitable. Ocurre que el mundo no es unipolar y nadie impone su voluntad sobre la de los demás. Lo sucedido con China así parece sugerirlo. Luego de un imprudente desafío inicial (al tomar la temprana llamada telefónica de la presidente de Taiwán, Tsai Ing-wen), Donald Trump ha terminado teniendo que confirmar -por escrito- que su administración mantendrá inalterada la posición norteamericana de los últimos 44 años, la edificada sobre la noción de “una (sola) China”. Esto ocurrió, cabe destacar, a petición expresa del presidente chino, Xi Jinping, formulado a manera de condición precedente a participar en la que fuera la primera conferencia telefónica entre los presidentes de los dos países más poderosos del mundo. Al comentar lo sucedido, los comunicados del gobierno chino destacaron que el reconocimiento norteamericano significa que el Trump advierte “la gran importancia que tiene para el gobierno norteamericano respetar esa posición”. Y lo deja simple y sencillamente como un bocón, cosa que acá no hemos sabido hacer frente a la serie de insultos y ofensas que todos los días profiere hacia nuestro país y connacionales. Cabe recordar que el nuevo Secretario de Estado, Rex Tillerson, al tiempo de su confirmación ante el Senado de su país, se había pronunciado -también por escrito- a favor de mantener inalterada esa posición.

La conversación telefónica con Xi Jinping fue precedida por otras veinte mantenidas por Donald Trump con otros Jefes de Estado. Ella, además, tuvo lugar justo antes de que Donald Trump recibiera la visita oficial de Shinzo Abe, el primer ministro de Japón, organizada con una pompa y cordialidad personal muy particulares. Extraordinarios, más bien. Más aún, sugestivos respecto de la intención de continuar privilegiando una relación bilateral que es clave para los Estados Unidos e incluye el compromiso de defenderse recíprocamente. Algo parecido, en el sentido de virar en dirección a la prudencia, sucedió asimismo respecto de Israel. En efecto, pese a sus expresiones previas de apoyo sin regateos a Israel en su conflicto con los palestinos y de admiración hacia el primer ministro Benjamín Netanyahu, ante la decisión israelí de expandir aceleradamente los llamados “asentamientos” Trump expresó que, en su criterio, ampliarlos “no era algo bueno para la paz”. Lo hizo luego de conversar sobre el tema con el Rey Abdullah II, de Jordania. No obstante, en su primera reunión con Benjamin Netanyahu, confirmó que el gobierno norteamericano ya no insiste en la solución de “los dos Estados” y que puede vivir con otras alternativas si israelíes y palestinos las endosan, lo que no será sencillo. 

Con relación a Irán, la realidad ha sido también distinta a las posiciones asumidas durante la campaña. Revirtiendo su dureza, Trump fue obligado a la prudencia al confirmar que no intentará reescribir el acuerdo alcanzado por la comunidad internacional con Irán referido al peligroso programa nuclear iraní. Lo que no significa que se condonarán las provocaciones iraníes, ni se ignorarán sus conductas. En rigor, a la inmediata provocación de los nuevos ensayos iraníes con misiles de mediano alcance, la administración Trump respondió, instantáneamente, imponiendo al país de los persas toda una serie de nuevas sanciones económicas. Ocurre que los generales que Trump ha convocado a trabajar en su administración mantienen una posición de desconfianza respecto del proceder de Irán y tienen claro cuáles son los peligros inmediatos que la visión del mundo y el andar de la teocracia suponen para la paz.

Respecto del terrorismo y las restricciones migratorias, la reacción inicial de Trump se ha topado, como cabía suponer, con los límites que los tribunales judiciales de su país han fijado y continuarán fijando respecto de la necesidad de mantener el estado de derecho, sin concesiones. No obstante, está por demás claro que combatir sin descanso al llamado terrorismo fundamentalista islámico es una de sus prioridades centrales. Sin precipitarse, como lo sugiere su cuidadosa revisión de los planes de la administración precedente para la recuperación de Raqqa, que Donald Trump consideró poco eficaces y dejó de lado.

Frente a la compleja realidad actual de Europa, Trump seguramente pondrá a disposición de Gran Bretaña la posibilidad de un rápido acuerdo de libre comercio, en ánimo de mitigar los daños derivados del error que supone el llamado “Brexit”. Pero ha debido escuchar las quejas contra su intervencionismo provenientes de los países que conforman la columna vertebral de la Unión Europea y creen en ella. Y, por ahora, ha cerrado la boca.

Sin embargo Trump sabe a quién atemorizar y a quien no, pues resulta a que previamente ya se había dicho que dejaría de insistir permanentemente en la necesidad de construir un muro entre su país y el nuestro, acordado sensatamente con su “par” mexicano analizar la cuestión fronteriza en un ámbito reservado, en los hechos no fue así y por el contrario ha ordenado agilizarlo. No obstante, su disparatada ofensiva parece haber generado un clima de frialdad -y hasta de prevención- que se ha extendido por la región toda. Más allá de México, país con el que América Latina se ha solidarizado. Así que las reacciones están por venir, ya que si la tibieza del gobierno mexicano ha sido la constante, también lo es que ya muchos países latinoamericanos han dicho que el muro no solo separará a Estados Unidos de México, sino de toda la América del centro y del sur. 

Con relación a Venezuela hay, en cambio, una señal de endurecimiento con el chavismo, exteriorizada por la temprana reunión de Trump y Lilian Tintori con la presencia del senador Marco Rubio y por los llamados reiterados a la inmediata liberación de su marido, el líder opositor Leopoldo López y demás presos políticos.

En esto Trump ha escuchado las opiniones de algunos líderes de la región, incluyendo al presidente argentino. Las sanciones al vice-presidente Tareck El Aissami por su relación con el narcotráfico confirman que el tema venezolano se enfrenta con frialdad.

El estilo personalista de Donald Trump mantiene -no obstante- su vigencia. Como lo demuestra el rechazo a la designación, como segundo del Departamento de Estado, de Elliot Abrams, solicitada por Rex Tillerson y vetada por el presidente Trump. Lo que está en línea con su criterio de que quienes hasta ayer osaron criticarlo, hoy no pueden aspirar a protagonismo alguno en su administración. 

La sensación es que, pese a su antagonismo con la política de Barack Obama, que recientemente fue ovacionado al salir de un café de Nueva York, Donald Trump dice algo que después sus funcionarios han saldo a matizar o definitivamente a modificar, prueba de ello es lo que suponen las declaraciones como las de la nueva embajadora ante las Naciones Unidas, Nikki Haley, cuando anunciara que el levantamiento de las sanciones que pesan sobre Rusia debe estar precedido por el cese de sus acciones desestabilizadoras en Ucrania y por el retiro de las tropas rusas que hoy están estacionadas en Crimea.

Frente a todo este panorama, no se debe olvidar que el primer gran escándalo tiene nombre y apellido y se trata de Michael Flynn, quien tuvo que renunciar a su cargo en el Consejo Nacional de Seguridad. Todo esto alimenta las sospechas de contactos intensos, en el 2016, entre el equipo de campaña de Trump y los servicios de inteligencia rusos. Cuestión delicada en extremo, que ha comenzado a proyectar un nivel de ansiedad que recuerda a Richard Nixon, cuyos engaños derivaron en el caso Watergate, que sacudiera al país del norte en los 70.

La relación con Rusia está ahora en el centro mismo del radar de quienes, por la razón que fuere, siguen de cerca la política exterior de Donald Trump.

Así pues lo anterior demuestra que no se está frente al vendaval incontrolable que algunos creyeron que Donald Trump iba a desatar sobre el mundo. En política exterior el caos y el desconcierto son, por ahora, bastante menores que en materia doméstica.

Xi Jinping en su visita a México.

Sin embargo lo que es bastante preocupante es que Trump se ha moderado frente a las potencias que ha salido a enfrentársele al tú por tú, pero sigue ensañándose con los timoratos como el caso del gobierno que encabeza Enrique Peña Nieto. Trump habló ante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), una reunión anual de activistas de derecha, y aprovechó ese público para renovar sus críticas a la prensa, enviar un mensaje nacionalista y prometer que el muro va a ser construido “antes de lo previsto”. “Vamos a construir un muro, no se preocupen por ello. Vamos a construir el muro. De hecho, vamos a comenzar pronto, antes de lo previsto”, dijo ante cientos de militantes republicanos en Washington.

Inmediatamente después se refirió a su secretario de Seguridad Nacional, el general retirado John Kelly, que desde su departamento es el encargado de implementar la política contra la inmigración ilegal dictada por Trump esta semana. “El general Kelly, por cierto, ha hecho un trabajo fantástico”, dijo Trump, la misma semana en la que el Departamento de Seguridad Nacional publicó dos polémicos memorandos con las directivas antiinmigración que abren las puertas a deportaciones masivas. “Recuerden: vamos a echar a los malos”, manifestó Trump. “Vamos a echar a la mala gente de este país, gente que no debería estar aquí”, reafirmó.

El muro -que quiere hacer pagar a México- y las deportaciones masivas a los inmigrantes sin papeles -en su mayoría mexicanos-, sumados a las formas incendiarias con las que Trump maneja estos temas han dinamitado la relación entre los dos países. Además, Trump volvió a apuntar contra la prensa, en particular por el empleo de fuentes anónimas. Lleva semanas lanzado ataques contra la prensa. La semana pasada llegó a decir incluso que los medios que publican “fake news” (noticias falsas) son “enemigos del pueblo estadounidense”, una formulación que ha vuelto a defender al insistir que  su objetivo es trabajar al servicio de Estados Unidos y no del resto del mundo, reiterando su famoso lema de campaña “America First” (Estados Unidos primero).

“Una por una, estamos cumpliendo las promesas que hicimos al pueblo estadounidense”, dijo. “No los decepcionaré”. Trump llamó a los medios de prensa que no le dan la razón todos los días “los enemigos del pueblo”. Poco antes, los había llamado “partido de la oposición” o “prensa mentirosa”. Calificaciones que comparte con su asesor principal, Steve Bannon. Pero el deschavetado magnate ha pasado de la fase de descalificación a la de expulsión. En la última rueda de prensa habitual de la Casa Blanca no se permitió el acceso –entre otros- a dos medios de prensa masivos y respetados. Se trata de The New York Times y la cadena de televisión. Sí, en cambio, el vocero de prensa, Sean Spicer, permitió la entrada “por dedazo” de medios que le caen bien. Entre ellos, The Washington Times, conocido por su línea conservadora y de apoyo a Trump, así como Breitbart News, donde antes trabajaba Bannon.

No hay memoria reciente de que en la Casa Blanca se haya impedido el acceso a la conferencia de prensa habitual de un medio de prensa de ese país. La decisión suma en la línea de castigo y persecución a quienes piensen distinto del presidente.

Varios periodistas, entre ellos, de la agencia AP y de la revista Times, salieron de la sala en señal de repudio a la decisión oficial. 

La más reciente perla de Trump ha sido que de manera categórica  invitó  a sus adherentes y partidarios a organizar marchas y manifestaciones en oposición a las numerosas concentraciones de protesta en su país y el mundo que lo objetan, esto en señal de una nueva e iracunda embestida hacia quienes lo critican en medio de sus recules y sañas.

Sigue la mata dando y las amenazas saliendo de las acciones ejecutivas de Trump. Durante un encuentro con una veintena de directivos de empresas manufactureras en la Casa Blanca, el xenófobo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio literalmente a entender que la relación de su país con el vecino del sur no le importa mayormente, en la medida en que consiga lo que quiere en materia económica y migratoria. Además, dijo que planea generar millones de empleos en su país.

“Con México tendremos una buena relación, y si no, no”, expresó el mandatario antes de su reunión, justo cuando sus secretarios de Estado y Seguridad Nacional se encontraban de visita en México tratando de matizar los dislates y arrebatos de Trump con respecto a lo que piensa y dice de nuestro país y la relación que debe guardar con los Estados Unidos, gira que dicho sea de paso puede ser considerada un fracaso por el poco o nulo acuerdo substancial que llegaron ambas delegaciones. Poco antes, Trump había recordado que el déficit comercial de Estados Unidos con México se acerca a los 70,000 millones de dólares. “No podemos dejar que esto ocurra”, dijo tras haber arremetido una vez más contra el Tratado de Libre Comercio (NAFTA) por sus siglas en inglés).

Tanto Rex Tillerson (Secretario de Estado) como John Kelly (Secretario de Seguridad) estuvieron en México intentando acercar posturas en medio de la peor crisis diplomática entre los dos países en las últimas décadas, causada básicamente por el empeño de Donald Trump de levantar un muro en la frontera y hacérselo pagar al vecino, a lo que se ha sumado en los últimos días el incremento de las deportaciones de mexicanos desde Estados Unidos y la última amenaza de que ahora serán todos, no solo los connacionales los deportados a nuestro país, sino cualquier persona indocumentada sin importar de donde provenga, lo que sin duda es otra humillación y afrenta hacia nuestra nación, que hasta ahora pese a lo que muchos digan, su gobierno solo ha sido pisoteado y mangoneado.

Ni duda cabe que la relación entre México y Estados Unidos en este contexto histórico es la más tensa y complicada en años.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha deteriorado gravemente la relación bilateral, en especial en el plano comercial. La intención del republicano de establecer un arancel del 20% a las importaciones provenientes de México, así como de “renegociar” el NAFTA, y provocar la salida de nuestro país de inversiones de empresas norteamericanas, deja entrever que Estados Unidos no será más el principal socio comercial de México. Ante esta situación, y aunque tímidamente, desde el gobierno de Enrique Peña Nieto se está intentado estrechar lazos con otros países para intentar llenar ese hueco que podría dejar Estados Unidos. De esta forma, México podría tender la mano a su segundo mayor socio comercial por volumen de negocio, la Unión Europea.

La Unión Europea siempre se ha caracterizado por ser un ente abierto al mundo y con quien es fácil dialogar. México lo sabe, y no es de extrañar que tienda la mano al viejo continente, aunque su reciente interés viene de más atrás. El comercio entre ambos bloques alcanzó en 2016 la cifra de 61.7 mil millones de dólares, aunque hay que destacar que la balanza es claramente deficitaria para México. Esta cifra, sitúa a la Unión como el segundo socio de México en volumen de negocio tras Estados Unidos, lo que clarifica las buenas relaciones que mantienen ambos. Por otro lado, un mayor acercamiento al viejo continente haría a México beneficiarse de un mercado compuesto por casi 510 millones de personas con un gran poder adquisitivo, además de poder acceder a productos de última tecnología, que sería la principal carencia que tuviera México al romper relaciones con Estados Unidos.

En este acercamiento a la Unión Europea, España sería clave. Los nexos entre ambos países son numerosos, siendo el principal la lengua. España es el segundo principal socio de México dentro de la Unión, y uno de los mayores en todo el mundo, lo que manifiesta las buenas relaciones entre ambos países. Por otro lado, cabe destacar que España es el segundo mayor inversor extranjero en México, de donde procede el 10.7% de la inversión total, por lo que un acercamiento entre ambos podría crear mayores oportunidades de negocio. Por otro lado, las relaciones entre ambos países se han afianzado después de que al gobierno de Rajoy afirmase que “defendería” a México en su conflicto con Trump.

Ahora bien, en lo que es considerada la última amenaza hacia nuestro país, tiene que ver con lo siguiente: El Departamento de Seguridad Nacional del vecino país del norte, publicó dos documentos sobre cómo las fuerzas del orden deben interpretar las órdenes ejecutivas firmadas por Trump respecto a inmigración. Las nuevas directivas dan un gran poder a dichas instancias: podrán pedir documentos, detener y deportar casi a cualquier indocumentado. Otra de las ideas más polémicas es la expulsión a México de los indocumentados de cualquier nacionalidad para que tramiten sus peticiones de asilo desde acá. Los expertos advierten que Trump necesita la colaboración de México y la aprobación del Congreso de nuevas partidas de gasto para sacar adelante su plan.

Analistas coinciden en que las nuevas directivas confieren un gran poder a las fuerzas del orden, que ahora podrán pedir documentos, detener y deportar casi a cualquier indocumentado. Expertos creen que el aspecto más preocupante del plan migratorio de Trump es que borra la categoría de “prioridades de deportación” y pone al mismo nivel a los once millones de indocumentados que se calcula viven en el país. Durante los dos últimos años del Gobierno del presidente Barack Obama las deportaciones se dirigieron contra aquellos condenados por delitos graves y no contra los indocumentados que viven allá desde hace décadas, contribuyen a la economía y tienen, por ejemplo, hijos con nacionalidad estadounidense. Bajo las nuevas reglas, las autoridades pueden deportar a cualquiera que haya cometido un delito menor, por ejemplo, pasarse un semáforo o exceder un límite de velocidad. De hecho, según consta en las directivas, los agentes podrán deportar a cualquiera que sea un “riesgo para la seguridad nacional” o que haya “abusado” de algún programa de subsidios sociales. En las nuevas directivas migratorias también se incluye la posibilidad de presentar cargos criminales o expulsar a los padres que paguen a un “coyote” para que ayude a sus hijos a cruzar los desiertos y ríos que separan a Estados Unidos de sus países de origen, especialmente en Centroamérica. Otra de las ideas más polémicas que ya se comentaba, es la expulsión a México de los inmigrantes indocumentados de cualquier nacionalidad para que tramiten sus peticiones de asilo desde territorio mexicano y comparezcan ante las cortes estadounidenses por teleconferencia.

En sus nuevas normas, además, el Ejecutivo resucita los programas de cooperación entre la policía local y las autoridades migratorias, una propuesta que ya se topó con el rechazo frontal de las “ciudades santuario”, unas 300, donde las autoridades protegen de la deportación a los inmigrantes. Líderes de estas urbes, como el alcalde de Nueva York, han asegurado que sus ciudades seguirán siendo un “santuario” y alertan que podría haber un aumento de criminalidad si los inmigrantes dejan de colaborar con las fuerzas locales por miedo a ser deportados. El rechazo a las ideas de Trump también ha surgido entre antiguos jefes de las agencias gubernamentales encargadas de la seguridad fronteriza, como Julie Myers Wood, que dirigió la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE) durante parte de la presidencia de George W. Bush. Wood cree que algunos de los puntos de las nuevas directivas podrían ser ilegales y menciona, por ejemplo, la posibilidad de que se vulnere el derecho a la defensa de los inmigrantes sometidos a las llamadas “expulsiones aceleradas”, aquellas en las que los inmigrantes son deportados sin comparecer ante un juez. El Gobierno de Bush estableció que podían ser deportados de manera exprés aquellos que habían llegado al vecino país del norte en los últimos 14 días y se encontraban a 100 millas (160 kilómetros) de la frontera. Ahora, el Gobierno de Trump permite deportar a aquellos que no puedan probar que han residido en Estados Unidos durante los últimos dos años sin importar donde se encuentren. En diversas opiniones hay coincidencia en que las nuevas normas de Trump esta semana han servido para comenzar a levantar el famoso muro entre México y Estados Unidos, sin ladrillos ni cemento, pero con una espeluznante expansión del poder de las fuerzas encargadas de aplicar las leyes migratorias.

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1 comment

  1. ENRIQUE 2 marzo, 2017 at 06:15 Reply

    Exelente trabajo, abarca todas las conyonturas de las relaciones diplomáticas entre México y USA es complejo ya que son esenciales para la economía de México. Trump va demasiado rápido y a tenido errores graves de comunicación hacia otras naciones. Yo veo un dictador disfrazado de democracia, hay situaciones complejas con países claves. México debe abandonar el TLC ya y redirigir la economía del país.
    Felicidades Dr.

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