Trump debe seguir reglas de acuerdos

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Salvador Cosio-08El Acuerdo de Asociación Transpacífico, llamado TPP por sus siglas en inglés, es un tratado que, además de contener convenios comerciales, integra asuntos de carácter laboral, movimiento de personas, compromisos de apertura comercial, regulación, competencia, entre otros. En él participan 12 países: Australia, Brunei, Canadá, Chile, Estados Unidos, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Vietnam y Singapur.

El acuerdo fue firmado el 4 de febrero de 2016, fecha en que se concertó que, para su entrada en vigor, deberían ratificarlo los congresos de al menos seis países toda vez que el PIB de éstos sumara el 85% del total de los 12 países. Dicho acuerdo contiene los siguientes capítulos: Acceso a Mercado de Bienes, Administración Aduanera y Facilitación del Comercio, Asuntos Legales e Institucionales, Comercio Electrónico, Comercio Transfronterizo de Servicios, Comercio y Medio Ambiente, Comercio y Trabajo, Competencia y Empresas Propiedad del Estado, Compras de gobierno, Entrada temporal, Inversión y Servicios Financieros, Medidas Sanitarias y Fitosanitarias, Obstáculos Técnicos al Comercio, Propiedad Intelectual, Reglas de Origen, Remedios Comerciales, Telecomunicaciones, Textiles, Asuntos Horizontales, Pequeñas y Medianas empresas.

Es en 2006 cuando Brunei, Chile, Nueva Zelanda y Singapur conforman el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica; en 2008 se suman Australia, Canadá, Estados Unidos, Japón, Perú y Vietnam; en el 2010 Malasia se incorpora y, en 2012, los 9 países hasta entonces integrantes  admiten a México y a Canadá. Ya en Diciembre de ese año es cuando México se incorpora a las discusiones de la decimocuarta Ronda de Negociaciones. En 2013 se adhiere Japón. En octubre del 2015 finalizan negociaciones y se firma el 4 de febrero de 2016. En este año, 2017, deberá ser discutido  en los congresos de los 12 países.

El pasado día 23 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva para sacar a su país del TPP; y en febrero del 2018 se termina el plazo para la aprobación formal del acuerdo una vez se haya convalidado por los poderes legislativos de las naciones firmantes. En caso de no tenerse la ratificación de los 12 países, podrá entrar en vigor si, al menos, seis ya lo hicieron, siempre y cuando sumen el 85% del Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, existen serias dudas en cuanto a qué pueda subsistir con la ausencia de EEUU.

El TLCAN surge con la intención de crear un mercado amplio y seguro para los bienes y los servicios producidos en los territorios de los países miembros que son Canadá, Estados Unidos de América y México. El tratado busca el establecimiento de reglas claras y de beneficio mutuo para el intercambio comercial, con el fin de garantizar un marco comercial predecible para la planeación de las actividades productivas y de la inversión. Su objetivo primordial es establecer una zona de libre comercio entre los países miembros, con la finalidad de eliminar obstáculos al comercio y facilitar la circulación transfronteriza de bienes y de servicios, así como, promover condiciones de competencia leal en la zona de libre comercio y aumentar sustancialmente las oportunidades de inversión en sus territorios. De igual forma, busca proteger y hacer valer, de manera adecuada y efectiva, los derechos de propiedad intelectual en territorio de cada uno de los infrascritos, además de crear procedimientos eficaces para la aplicación y cumplimiento, para su administración conjunta y para la solución de controversias, estableciendo los lineamientos para la ulterior cooperación trilateral, regional y multilateral encaminada a ampliar y mejorar los beneficios de este Tratado.

Cada acuerdo bilateral o multilateral concertado tiene su normativa específica y existen procedimientos para su eventual final anticipado. Se establecen mecanismos y causales de disolución antes del término establecido o las correspondientes sanciones para el caso de una terminación abrupta, de ahí que no puede ser finalizado o renunciarse a ellos sin desahogar los mecanismos adecuados. Por ello, resulta absurdo el que Trump tenga la capacidad para, por el simple deseo unilateral, darlo por terminado sin deber asumir las consecuencias de ello.

MASIVO REPUDIO 

El magnate republicano, xenófobo y sicofante de la política de 70 años que, contra todos los pronósticos, le ganó las elecciones del 8 de noviembre a la candidata demócrata, Hillary Clinton, llegó a la Casa Blanca, donde sustituirá a Barack Obama, que completó dos mandatos como presidente. Y lo hizo fiel a su estilo. Dio un discurso breve, de unos 20 minutos, en el que marcó su impronta fuertemente nacionalista, con un fuerte acento proteccionista –un aspecto en el que había insistido en las últimas semanas– y en el que no faltaron algunas críticas indirectas a la gestión de su antecesor.

Lamentablemente, Donald Trump es el nuevo presidente de Estados Unidos y es noticia en todo el mundo. En sus primeras horas al mando del país, firmó un decreto contra el sistema de salud conocido como Obamacare, en cumplimiento de una de sus promesas de campaña.

A través del decreto, Trump determinó que los órganos y agencias oficiales “tomen todas las acciones acordes con la ley para minimizar la carga económica y regulatoria” del Obamacare, una reforma de salud aprobada por la administración anterior, a cargo de Barack Obama. Según la norma, el objetivo es “crear un mercado de seguros de salud más libre y más abierto”.

La ley de reforma del sistema de salud fue aprobada en 2010 -tras un complejo proceso de negociación conducido por Obama-, para garantizar un seguro de salud para todos los habitantes de Estados Unidos.

El Partido Republicano nunca cesó en sus esfuerzos por limitar la legislación, en una lucha que se aceleró en 2014, cuando los republicanos pasaron a controlar las dos cámaras del Congreso.

Durante la campaña electoral, Trump había asegurado que su gobierno se empeñaría desde el primer día en eliminar el Obamacare. “Es un desastre completo”, repetía en sus actos públicos. La nueva orden ejecutiva supone dar vía libre a las diferentes agencias a desoír las directivas del sistema reformado por Obama mientras el Congreso deroga y sustituye el plan de salud.

El hoy  mandatario buscará debilitar el Obamacare hasta que su administración -y las mayorías republicanas en el Congreso- tengan listo un proyecto de ley que pueda reemplazar al sistema actual.

Además, estampó su firma para ratificar la exención legislativa, ya aprobada por el Senado, a la ley que prohíbe que un militar retirado hace menos de siete años pueda asumir la jefatura civil del Pentágono. Este paso era necesario para que James Mattis, un ex general apodado “Perro Loco”, pudiera asumir y jurar formalmente en el cargo, cosa que hizo durante la primera semana de gobierno de Trump, acompañado por el vicepresidente Mike Pence. Rodeado de asesores y familiares, Trump firmó otros documentos relativos a los nombramientos de su equipo de gobierno.

Pero mientras todo ello pasaba en las oficinas y residencias oficiales, afuera, en la ciudad las cosas fueron distintas.

Washington fue durante el primer día de mandato de Donald Trump, una capital polarizada, atragantada por la frustración, que despuntó en protestas, choques entre manifestantes, la policía, y vandalismo. En contraste, miles de personas viajaron desde todo el país al National Mall para presenciar la jura de Trump como el 45º presidente de Estados Unidos. Para ellos, al igual que para los seguidores de Obama hace ocho años, fue un momento histórico, y un cambio ansiado que renovó sus esperanzas en el país. Pero no muy lejos de allí, cientos de personas encarnaron las primeras protestas de la era Trump. Para ellos, y para medio país, la jura marcó el inicio de la resistencia. Más de 90 manifestantes fueron arrestados luego de que lanzaron piedras, rompieron cristales y ventanas de automóviles en el centro de la ciudad. Hubo caos, sonidos de explosiones y estampidas humanas cuando la policía utilizó gas lacrimógeno para dispersar a la multitud.

Donald Trump.

Donald Trump.

Desde muy temprano, la gente comenzó a poblar el Mall, que no llegó a quedar cubierto: una imagen aérea mostró menos gente que en la primera jura de Obama. Hubo varias sillas vacías en el área cerrada frente al Capitolio, y una imagen que se repetía adonde se mirara: las gorras rojas con la leyenda “Make America great again”.

La ceremonia contó con un público en su vasta mayoría blanco, tal como en la convención republicana que coronó a Trump como candidato o en la mayoría de sus actos de campaña.

El mayor aplauso durante el discurso, un mensaje escrito a imagen y semejanza de sus mensajes de campaña, llegó cuando prometió eliminar al “terrorismo radical islámico”, una expresión que Obama siempre se negó a utilizar.

Pero fuera del entusiasmo del Mall, Washington fue una ciudad caótica, vallada, tensa, repleta de agentes de seguridad. La capital fue testigo de la estabilidad institucional del país -el traspaso pacífico del poder es un rito sagrado que se ha repetido sin excepciones desde 1789- y, también, de las divisiones reinantes, a las que Trump abogó por desterrar apelando al patriotismo.

La resistencia no le dio tregua a Trump. El cineasta Michael Moore participó hace unos días de un acto en Nueva York contra Trump, y ayer de una pequeña manifestación en una de las plazas de Washington.

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