Más allá del gasolinazo

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Ruben MartinUna oleada de rabia e indignación recorre todo el país en contra del gasolinazo. La decisión de aumentar hasta más de 20 por ciento el precio de las gasolinas en el país, aunado a incrementos de las tarifas comerciales de la luz eléctrica y el gas doméstico, generó un descontento y rechazo prácticamente generalizado que no se ha quedado ni en las casas ni en las redes sociales.

Apenas al día siguiente de anunciado el gasolinazo por el gobierno de Enrique Peña Nieto, las protestas arrancaron en Ciudad Victoria, Tamaulipas; a los dos días las protestas llegaban a medio país y a dos semanas las manifestaciones en contra del gasolinazo están presentes en toda la república.

El repertorio de la protesta en contra del gasolinazo ha ido desde el bloqueo de estaciones de gasolina, de carreteras, casetas de cobro en autopistas y el cierre o clausura de oficinas recaudadoras de impuestos federales o estatales. También se han bloqueado plantas de Petróleos Mexicanos, aduanas y vías del tren. Cientos de miles de mexicanos han salido a marchas y manifestaciones carreteras; y muchos más buscan, mediante amparos colectivos, una vía legal que revierta la lesiva medida del gobierno.

Pero en lugar de escuchar la protesta de la calle y la exigencia de dar marcha atrás y proponer otras medidas de austeridad para compensar la recaudación mediante el gasolinazo, el presidente Peña Nieto ha ignorado las demandas de la sociedad y ha respondido tardía, negligente y autoritariamente. La cínica y descarada respuesta del gobierno, y en particular del mismo presidente, no ha hecho sino alentar más rabia e indignación.

Por los testimonios de los manifestantes, por las convocatorias en redes sociales, por los mensajes en medios de comunicación o las lonas y pancartas que se exhiben en las manifestaciones, puede verse que esta rabia va más allá del gasolinazo. Buena parte de las manifestaciones se dirigen en contra del gobierno federal con el simple lema de “Fuera Peña”, al tiempo que se repudian los altos sueldos y prebendas que tienen los servidores públicos y toda la clase política.

Es notorio, también, el rechazo a todos los partidos y la demanda de eliminar el financiamiento público que reciben.

Hay varias demandas para reducir sustancialmente el número de diputados y propuestas varias para eliminar gastos suntuarios y considerados injustificados en todos los niveles de gobierno.

No es casual que una parte de la protesta se concentre en las oficinas recaudadoras de impuestos, ya sea con cierres simbólicos o reales en los que se invita a los contribuyentes a no pagar sus impuestos bajo la convicción de que la clase política o los despilfarra o se los roba.

El repudio al gasolina es prácticamente generalizado: 95 por ciento de los entrevistados dijo estar en desacuerdo con esta medida, según una encuesta de BGC para el diario Excélsior. Y a la vez se traducen las otras motivaciones políticas que dan sustento a este rechazo: en respuestas abiertas a la pregunta de por qué el gobierno decidió aumentar el precio del combustible, aparecieron frases como “por corruptos”, “porque todo se lo roban”, “para sacarle más dinero a la gente”, “para dar más dinero a diputados y partidos” o “para mantener sus privilegios”, según se respondió en la misma encuesta (Excélsior, 9 de enero 2017).

La gente rechaza el gasolinazo pero también la corrupción, los abusos del poder y las reformas estructurales de Peña Nieto. El gasolinazo se ha convertido en una catarsis de los agravios acumulados causados por la clase gobernante a toda la población desde hace años.

De modo que hay un claro sentido de cuestionamiento a la política económica neoliberal y el sistema político en su conjunto, emergiendo en las protestas contra el gasolinazo.

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