Victoria de Trump provoca turbulencia mundial

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Trump y su familia celebran la victoria del 9 de noviembre.

Trump y su familia celebran la victoria del 9 de noviembre.

LAS ELECCIONES DE ESTADOS UNIDOS TUVIERON UN DESENLACE SORPRESIVO: SE SACUDIÓ A LOS MERCADOS FINANCIEROS Y DEJÓ INCRÉDULO A MEDIO PAÍS 

Contra todos los pronósticos, el republicano Donald Trump se impuso en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y se convertirá en el 45º presidente de ese país, un desenlace sorpresivo para una de las campañas más hostiles y divisivas que se recuerden, y la coronación de una revuelta populista y nacionalista contra Washington.

El sorpresivo triunfo de Trump, un cataclismo inédito en los 240 años de vida de la democracia de Estados Unidos, sacudió a los mercados financieros, dejó incrédulo a medio país y al establishment político, económico y cultural, y puso en riesgo la supervivencia del legado de Barack Obama.

Los republicanos tendrán un amplio poder durante los próximos años, ya que además retuvieron el control de ambas cámaras del Congreso, algo que tampoco estaba previsto de acuerdo a las encuestas y sondeos.

Con esos resultados, Trump, el magnate inmobiliario devenido en el outsider que pateó el tablero político de Estados Unidos y lideró un movimiento contra el establishment de Washington, incluido el propio Partido Republicano, dominó la elección, y tras una campaña divisiva, hostil y desgastante, terminó por darle forma a un histórico y contundente triunfo que sumió en la tristeza a los seguidores de Clinton, quienes daban casi por descontado un triunfo.

Quizá el comentario generalizado es que “ganó el racismo, la xenofobia y el sexismo”. Trump ganó en Florida, Ohio, Pensilvania y Wisconsin, los “estados pendulares” más importantes y los que le brindaron la ventaja casi decisiva para los 270 votos que necesitaba.

El mapa electoral de la elección presidencial dejó las divisiones de Estados Unidos a la vista: Clinton, quien ganó el voto popular, aparecía mejor posicionada en las costas cosmopolitas, donde late la “nueva economía”, mientras que Trump se impuso en los estados del centro rural el sur del país y en el “Rustbelt”, la región que más ha sufrido el éxodo de fábricas que provocó la globalización y la pérdida de empleos por los avances tecnológicos.

Ni sus insultos, ni las acusaciones de acoso sexual en su contra, ni sus polémicas declaraciones -públicas o privadas- o las críticas por el mensaje xenófobo, racista y nacionalista de su campaña, o el rechazo del propio Partido Republicano, la prensa y el establishment político y económico del país, frenaron el fenómeno Trump.

Su triunfo fue un acto solitario. Trump lideró una campaña errática, mucho más pequeña que la de Clinton, sin el respaldo de su partido, y tampoco contó con el respaldo de grandes donantes. Todo el peso de su cruzada por el poder recayó sobre sus hombros y su familia.

Denostado por la elite del país, Trump tocó una fibra en la sociedad de Estados Unidos y construyó un movimiento formado, mayoritariamente, por trabajadores blancos, sin título universitario, que se han sentido relegados y dejados de lado por el progreso del país en los últimos años. Su mensaje populista y proteccionista, en contra de los acuerdos de libre comercio, prendió muy bien en el norte y el centro del país.

Cuando asuma la presidencia, Trump se convertirá en el primer hombre en liderar a la primera potencia global sin haber ocupado jamás un cargo público. Será el líder de la primera economía mundial y el comandante en jefe del ejército más poderoso del planeta.

Lo que muchos en América Latina y el mundo temían, hoy es una realidad: ya sea por sus promesas de construir un muro en la frontera con México, desmarcarse de la economía global, deportar masivamente inmigrantes de todos los países sin papeles y aumentar el proteccionismo comercial, o por los efectos que su elección tiene en los mercados, Trump es ahora para el mundo entero una fuente de inquietud y tensión. El triunfo electoral de Trump ocurre en medio de cambios políticos en el hemisferio, tras la llegada de gobiernos más abiertos a Washington en Brasil y Argentina, o la normalización de las relaciones del vecino país del norte con Cuba impulsada por el gobierno de Barack Obama. Donald Trump dice que va a restaurar a Estados Unidos a su antigua “tradición de grandeza”.

Pero el presidente electo promete medidas que, de llegar a cumplirse, llevarán a su país a desempeñar un papel enteramente distinto al que ha cumplido en el pasado.

Esas medidas tienen el potencial de transformar profundamente varias reglas básicas de convivencia entre las naciones en pie desde la Segunda Guerra Mundial y de impactar la vida de todos nosotros en maneras que apenas empezamos a considerar, para muestra basta un botón y es que a pocas horas de conocerse el terremoto político más grande de la historia contemporánea estadounidense, prácticamente todas las bolsas de valores del mundo, excepto Rusia, tuvieron su peor pérdida en años.

Trump es visto entre muchos de sus seguidores como una especie de Mesías. Sus contrincantes, en el mejor de los casos, lo ven como un charlatán. Un hombre cuya personalidad estrafalaria acaparó la atención de los medios, asfixiando la discusión de tantos otros asuntos más profundos y urgentes. Pero en medio de sus insultos, exabruptos y controversias ha anunciado una serie de medidas que ponen de cabeza a las instituciones de seguridad, de manejo económico y hasta las reglas culturales que han imperado en el mundo desde que Estados Unidos se convirtió en una superpotencia en 1945.

Para bien o para mal, Estados Unidos ha sido presentado por décadas como el paradigma de una nación democrática. Un ideal que se cumplió con más y menos intensidad en distintos momentos de su historia, pero que no obstante fue el rasero con el que se medía la devoción democrática de otros países. Y que sirvió de aliciente a que muchas otras naciones buscaran perfeccionar sus propias democracias. Hoy esa devoción a la democracia tradicional en Estados Unidos enfrenta una crisis existencial por cuenta de la conducta de Trump. El presidente electo dijo que no aceptaría un resultado adverso en estas elecciones si llegase a perder.

Trump sostuvo que era la única persona capaz de salvar a Estados Unidos del desastre de unas instituciones a las que repetidamente acusó de corruptas. Y al votar por él, los estadounidenses han escogido un estilo de gobierno que para muchos recuerda al de mandatarios autoritarios de otras latitudes, por lo que muchos temen que un gobierno de Trump tendrá poco interés y menos aún autoridad para criticar o contrarrestar los abusos contra la democracia en otros países. Pero no es el único cambio que promete instaurar la era de Trump. Desde la década de 1960 se expandió el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, Europa y el resto del mundo. Gracias a él, se hizo cada vez más importante en el ordenamiento jurídico de los países la aparición de normas escritas e informales para promover el respeto a la diversidad y la protección de los derechos de las minorías. También fue un ideal que a veces se cumplió y a veces no. Pero que hoy tiene al mundo perplejo observando en la antesala de la Casa Blanca a un hombre que basó aspectos importantes de su campaña en propagar insultos étnicos y llamados a la estigmatización de religiones enteras. Trump ganó burlándose descaradamente de lo “políticamente correcto” y retando las sensibilidades del público con sus repetidos insultos a personas de grupos vulnerables. Triunfó en cambio con un discurso nacionalista agresivo de fuertes connotaciones raciales.

Las consecuencias más inmediatas del triunfo de Trump se sintieron incluso cuando aún no había sido declarada todavía su victoria electoral.

En cuestión de minutos los mercados financieros mundiales, entraron en pánico ante la perspectiva de su presidencia.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Washington encabezó e hizo cumplir un orden basado en el libre comercio y la integración económica global. Trump, por supuesto, promete lo contrario. Dice que desmantelará tratados de libre comercio, castigará a las empresas estadounidenses que inviertan en fábricas en el extranjero e impondrá el mercantilismo y el nacionalismo económico a ultranza.

Trump se reúne con Obama.

Trump se reúne con Obama.

Algo que Trump asegura generará empleo y prosperidad para los estadounidenses, pero que muy posiblemente disminuirá el comercio y la actividad económica en el resto del mundo.

La última vez que Estados Unidos y las demás potencias mundiales adoptaron un esquema proteccionista semejante, en la década de 1930, el planeta experimentó la “Gran Depresión”.

Trump también ha dicho que no cree en la OTAN, la alianza militar que mantuvo por décadas la paz en Europa. En cambio, ha dado muestras de buscar las simpatías de Rusia, el país que por tanto tiempo fue el gran adversario de las naciones occidentales. Sugiere que no le preocupa en exceso la proliferación de armas nucleares y amenaza con dejar de lado muchos de los principios cardinales de la política exterior estadounidense vigentes desde que los aliados derrotaron a Hitler.

Estados Unidos ha afrontado grandes retos en el pasado. Salió airoso de la guerra civil del siglo 19, dos guerras mundiales, la turbulencia de los años sesenta. Pero este reto es distinto. Trump se convierte en presidente de un país dividido brutalmente entre los que ven su llegada al poder como el comienzo de la recuperación del país y los que la consideran la señal más contundente de decadencia nacional.

Al resto del mundo le aguardan también días complejos. Se acostumbró por décadas, por gusto o por necesidad, a marchar al ritmo que imponía Estados Unidos y a buscar moldear sus instituciones a imagen y semejanza de Washington, pero hoy buena parte del planeta encuentra irreconocible esa imagen de Estados Unidos. Ese desconocimiento genera incertidumbre y esa incertidumbre genera ansiedad. Nadie sabe a ciencia cierta lo que eso significará en la vida de todos de aquí en adelante.

Uno de los grandes factores que hay que analizar en torno a la victoria de Trump tiene que ver con la forma en que actualmente está distribuida la sociedad en el vecino país del norte, y es que la participación de la clase media en el total del ingreso nacional pasó de 62 por ciento en 1970 a 43 por ciento en el 2014. En el mismo periodo, la clase alta pasó de recibir el 29 por ciento de los ingresos al 49 por ciento del total. La cifra de adultos que viven en hogares de clase media pasó de 61 por ciento en 1971 a un poco menos del 50 por ciento el año pasado. Igualmente preocupante, la de los adultos que viven en hogares de ingresos bajos pasó de la cuarta parte del total a prácticamente la tercera parte de los adultos estadounidenses. Estas cifras ilustran dramáticamente el desmantelamiento y empobrecimiento paulatinos de la clase media. La pérdida constante de ingresos acumula frustraciones que tarde o temprano son inatajables. Recorrer los pueblos y condados de lo que otrora fuera el corazón vibrante de la industria manufacturera estadounidense es deprimente. El ‘rust belt’ (literalmente, el ‘cinturón del óxido’) es una media luna geográfica que se inicia en Nueva Inglaterra y se desplaza al oeste y hacia el centro del país, pasando por los estados de Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Virginia, Ohio, Indiana, Míchigan, Illinois, Iowa y el sur de Wisconsin. Allí están aún en pie las bodegas abandonadas, las fábricas silenciadas, los monumentos a la era de la grandeza, los restos deshuesados de una época de prosperidad que les permitió a millones de familias trabajadoras convertirse en una acomodada clase media.

El drama humano que se observa es peor que el paisaje devastado. Las víctimas de la desindustrialización se han ido hundiendo poco a poco en la pobreza y el resentimiento. Son en su mayoría familias de raza blanca, generalmente demócratas y con tradición obrera de afiliación sindical. Esos mismos hombres y mujeres, que orgullosamente producían carros, maquinaria, acero, farmacéuticos, hoy están volteando hamburguesas o vegetando en los andenes. Entre el 2001 y el 2010, la economía norteamericana perdió 33 por ciento de los empleos manufactureros, aproximadamente 5.8 millones, lo cual equivale realmente a un declive del 42 por ciento del empleo industrial si se corrige por el incremento en la fuerza laboral.

En 1980, los Estados Unidos tenían aproximadamente 20 millones de empleos manufactureros. En el 2014 se llegó a 12.3 millones, con una leve recuperación que ocurrió por fuera de las zonas industriales tradicionales. El culpable de esta debacle tiene un solo nombre en la mente de los votantes, es la globalización. Bill Clinton y Barack Obama defendieron e impulsaron el libre mercado abriendo la puerta para que el populismo conservador secuestrara la agenda proteccionista con la retórica de la antiglobalización, tradicionalmente una bandera del Partido Demócrata.

Contra todos los pronósticos, los estados de Pensilvania, Ohio, Iowa, y Wisconsin –que votaron por Obama en las elecciones anteriores– se voltearon a favor de Trump. Esto le costó a Hillary Clinton –según análisis de ‘The Washington Post’– 54 votos al Colegio Electoral. Por ejemplo, los demócratas no habían perdido una sola elección presidencial en Pensilvania desde 1980. A los olvidados de la desindustrialización se les acabó la paciencia.

El descontento y el resentimiento acumulados como resultado de las transformaciones económicas y sociales descritas tuvo una manifestación contundente dentro de la tradición electoral convencional. Se trató de la elección y reelección de Barack Obama. La promesa de un cambio real, en combinación con su carisma y el hecho de ser el primer presidente negro, le dio una inmensa credibilidad. Con él triunfó la esperanza. Más que por sus ideas, Obama ganó porque galvanizó en su momento a las fuerzas que hoy, paradójicamente, le dieron la victoria a Trump.

La historia reconocerá a Obama como uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos. Sin embargo, la esperanza nutrida por expectativas infladas degeneró en un sentimiento de frustración entre los votantes que le habían apostado a que por su origen racial se tenía una garantía de transformaciones mucho más audaces. La burbuja de esperanza de Obama se transformó en ira profunda. El populismo proteccionista de Trump, su ofensiva contra los percibidos enemigos de la clase media, como son México, China, la globalización, la inmigración, los TLC… le dieron voz a esa ira. Esa rabia rompió los diques de la política convencional. Sin reparo a su historia de votación, o a su afiliación partidista, o a sus convicciones, o a su ideología, millones de votantes se volcaron hacia el candidato republicano.

Otro punto que hábilmente supo tocar de manera convenenciera Trump, es el de la seguridad. La seguridad nacional es una obsesión para los gringos. La ilusión de que su territorio era invulnerable desapareció con la destrucción de las Torres Gemelas. Ese acto terrorista conmovió lo más profundo de las convicciones de los estadounidenses. Después de varias guerras, luego de gastar billones de dólares, de miles de muertos, los gringos no se sienten hoy más seguros. Además, las tendencias aislacionistas van en ascenso, creando el sentimiento de que el activismo internacional les ha costado demasiado a los Estados Unidos.

Hillary Clinton.

Hillary Clinton.

Trump capturó fácilmente ese sentimiento a su favor. Con ideas estrafalarias como dotar de armas nucleares a Corea del Sur y a Japón, bombardear con Rusia al Isis, salirse de la OTAN y dejar de ser la policía del mundo, se adueñó de ese electorado. Mientras tanto, la señora Clinton no pudo huir de la estigmatización ni de la camisa de fuerza de haber sido Secretaria de Estado. Trump tuvo la habilidad de sintetizar en símbolos los miedos atávicos de los estadounidenses. Exacerbó la tradicional xenofobia de los votantes blancos no educados señalando a la comunidad musulmana como un enemigo interno, apalancando así la ignorancia proverbial de esos votantes. El estilo convencional de Hillary para hacer política no caló electoralmente frente a un Trump criado en el ‘showbiz’, con capacidades histriónicas evidentes y sin ningún pudor para usar la mentira, la tergiversación y la exageración como arma de guerra. Hillary en materia de comunicaciones se mostró siempre fiel a sus convicciones liberales. Fue demasiado Jefa de Estado, políticamente correcta hasta el extremo.

Esa diferencia en la manera de comunicar contribuyó al ascenso de Trump, ya que en los ‘sportsbars’, en las cacerías en Montana, en los pantanos de la Florida se le sentía como “uno de los nuestros”. Eso le dio una especie de inmunidad frente a las múltiples bestialidades que dijo durante la campaña. Clinton no logró realmente cobrarle electoralmente sus desatinos. Trump ganó entre los blancos sin grado universitario por una ventaja de 39 por ciento, pero también obtuvo el 4 por ciento entre los blancos con grado universitario. Ganó el voto de los blancos de la clase obrera, pero también la mayoría de los de la clase media. Energizó la mayoría blanca y canalizó toda su fuerza contra el declive demográfico de largo plazo.

Ahora, a días de su elección y aunque ha tratado de matizar su discurso, a Trump lo vuelve a traicionar su yo interno, y para desgracia del mundo ha asegurado hace tan solo unas horas que, entre dos y tres millones de inmigrantes indocumentados serán deportados o encarcelados en los primeros días de su gobierno.

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