TENSA PAZ

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Elementos de las FARC.

Elementos de las FARC.

EL PRESIDENTE JUAN MANUEL SANTOS SE REUNIÓ CON LOS PRINCIPALES OPOSITORES AL ACUERDO DE PAZ

El gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC comenzaron a negociar este sábado en La Habana propuestas de ajuste al acuerdo que fue rechazado en un plebiscito el 2 de octubre, en un intento de salvar el proceso de paz para Colombia.

“Encuentro de delegados y asesores del Gobierno y FARC en La Habana. Empezando diálogo constructivo. Vamos por la paz”, anunció en su página en Twitter la delegación del gobierno, que también publicó una foto de la reunión en “El Laguito”, un complejo residencial en el oeste de la capital cubana. El ambiente es de optimismo. Vamos por la paz”, tuiteó por su parte el jefe máximo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, comunistas), Timoleón Jiménez (Timochenko), subrayando que las partes están “buscando puntos de confluencia”.

En la misma red social, el principal negociador de la guerrilla, Iván Márquez, destacó que en el encuentro se “analizan puntos de vista de diversos sectores de la sociedad sobre acuerdo de paz”.

La derrota en las urnas del pacto de paz, suscrito el 26 de septiembre en Cartagena, tras casi cuatro años de negociaciones en la isla de Cuba, impide que lo signado se implemente como quedó estipulado, por lo que el presidente Juan Manuel Santos se reunió con los principales opositores al acuerdo, encabezados por el ex presidente Álvaro Uribe, para recibir propuestas e iniciar una renegociación.

Esas reuniones finalizaron el jueves y este sábado el gobierno y la guerrilla iniciaron la discusión de las objeciones de la oposición en busca de llegar a un consenso.

El objetivo es debatir ajustes y precisiones con el propósito de lograr un nuevo acuerdo que permita abrir la etapa de consolidación de la paz.

El proceso de paz en Colombia está “frágil” tras el resultado del plebiscito, pero persiste un “ánimo patriótico” en las decenas de propuestas de los diversos sectores políticos y sociales contrarios al acuerdo final.

Colombia vive un conflicto armado que ha enfrentado durante más de 50 años a guerrillas, paramilitares y agentes de la fuerza pública, dejando unos 260,000 muertos, 45,000 desaparecidos y 7 millones de desplazados.

“Camuflaje”. Así se llama la táctica rusa de maniobras militares engañosas, que fue utilizada con inmenso éxito por la Unión Soviética contra la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial. Consiste en despistar al enemigo sobre la presencia y el tamaño real de las tropas. Es particularmente efectivo para grupos pequeños que enfrentan fuerzas superiores en número y capacidad letal. También funciona como propaganda disuasiva.

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia.

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia.

Durante los últimos años, la opinión pública colombiana ha sido víctima de una farsa en cuanto al tamaño real de la guerrilla, implementada por el Secretariado y el Estado Mayor de las FARC. No sorprende que la dirigencia fariana -mucha de la cual recibió instrucción desde Moscú en las épocas de la Guerra Fría- aplicara lo aprendido en el conflicto armado.

Si el resultado del plebiscito del 2 de octubre hubiera sido otro, la farsa de las FARC sería apenas un pie de página de la historia, un dato curioso para comentar en futuras discusiones sobre el proceso de paz. Hoy es relevante y, quizá, fundamental para lo que viene.

Como suele ocurrir, la mentira se descubrió de manera ligera. Como decía el “chavo del ocho”, sin querer queriendo. Su alcance pasó casi desapercibido. Ocurrió el martes 27 de septiembre, el día después de la firma del Acuerdo entre el gobierno y las FARC y “cesó la horrible noche”. En medio de la explicable euforia, se conoció que el número total de guerrilleros armados era de 5,675; cifra confirmada por las dos partes. No eran los 7,500 de que se había hablado tanto en los medios. Ni los 10,000 que había en 2010, según los datos oficiales de entonces. Y mucho menos ese poderoso ejército revolucionario de miles y miles de tropas que en conteos extra oficiales se decía era del orden de los 30,000 efectivos.

Irónicamente y contrario a lo que alegaba la oposición, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos había reducido la fuerza combatiente de las FARC en más de una tercera parte. Por primera vez en las múltiples negociaciones con la guerrilla, ésta perdió hombres.

La mentira del gran ejército revolucionario no es fortuita. Era uno de los pilares estratégicos de la confrontación de las FARC contra el Estado colombiano. Había que mostrar presencia en todo el territorio nacional. Si bien hasta el 2002 ese discurso tenía alguna base en el terreno -ese año la guerrilla superó los 20,000 miembros armados-, con el paso del tiempo se volvió cada vez más retórica que realidad. Pero las FARC nunca cambiaron el libreto, el cual increíblemente era replicado por los órganos oficiales y, obviamente, los medios.

Así, se volvió común hablar de que las FARC tenían siete bloques regionales -Caribe, Noroccidental, el José María Córdoba, Occidental, Central, Oriental y Sur- y más de 50 frentes. De sus múltiples columnas y compañías móviles, donde la sola mención de “Teófilo Forero” generaba temor y titulares. En el imaginario popular no se distingue un bloque de un frente, ni una columna de una compañía. Y la guerrilla aprovechó esa ignorancia para seguir proyectando el mito de que su poderío no se había minado. Pocos se preguntaron cómo, después de sufrir tantas derrotas y perder tantos miembros, no se reducía el número de bloques y frentes. Este se mantenía estable. No importaba que algunos frentes hubieran quedado integrados por apenas docenas de miembros, o que los bloques, lejos de controlar varios departamentos, como lo insinuaban sus nombres, no eran más que una cortina de humo.

El éxito de la manipulación de cifras de las FARC también se debió a que tantos actores -el gobierno, la oposición de derecha y de izquierda, los militares, los medios, la opinión pública- tenían motivos para ser crédulos. La guerrilla opera en la sombra; es su esencia.

Esa ventaja estratégica, sin embargo, desapareció con el limbo en que quedó el acuerdo firmado el 26 de septiembre. Se acabó el misterio. Los colombianos y el mundo ya sabemos cuántos son los de las FARC. Y si bien casi 6 mil guerrilleros pueden asesinar, secuestrar y aterrorizar a muchos colombianos, en realidad ya no representan una amenaza existencial para Colombia. En términos militares y estratégicos, son una minoría combatible y su secretariado lo sabe. Las FARC no tenían plan B. Como todos los colombianos, no previeron la derrota del Sí. Estaban apostando por la paz (por fin después de 52 años), quizá porque también les convenía al ser ya un movimiento en franca decadencia.

Toda negociación es fluida. Es un error asumir que las condiciones en la mesa de La Habana siguen iguales. El tablero se inclinó hacia el gobierno. Su contraparte está en el peor de los mundos; sin garrote y con reducido campo de maniobra. Las FARC quedaron exhibidas y arrinconadas.

Como se recordará, el Gobierno y las FARC suscribieron el acuerdo de paz el 26 de septiembre, tras casi cuatro años de negociaciones, pero el proceso quedó en suspenso desde que el pacto fue rechazado en el plebiscito. El triunfo del “No” en la consulta popular dejó en el limbo todo el acuerdo, incluido un punto que establecía que cinco días después de la firma de la paz los cerca de 5,800 guerrilleros empezarían a concentrarse en sectores donde permanecerían durante medio año, tiempo durante el cual entregarían sus armas a las Naciones Unidas ONU en fases previamente definidas.

Tras el fracaso del Gobierno en el plebiscito, el Presidente colombiano convocó a todas las fuerzas políticas para tratar de salvar el acuerdo de paz, especialmente al Centro Democrático, el partido de derecha radical que dirige el ex presidente Álvaro Uribe, quien encabezó la campaña para que el pacto no fuera refrendando. El presidente Santos ha dicho que hay propuestas que pueden mejorar el acuerdo pero que hay otras que son inviables, entre ellas la eliminación de un punto que contempla la creación de un sistema de justicia transicional para que los guerrilleros y miembros de la fuerza pública sean juzgados y castigados con penas que no necesariamente se pagarán en cárceles. Por lo pronto las negociaciones siguen pero ya no es el estire y afloje de hace unos meses, ahora el gobierno colombiano tiene el sartén por el mango.

No hace mucho que el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, señaló públicamente que tenía información amplísima de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC estaban preparadas para iniciar una guerra urbana, que es más demoledora que la guerra rural, dijo. Esa frase la lanzó el Jefe de Estado 77 días antes del plebiscito en el que 34 millones de colombianos decidirían si refrendaban o no los acuerdos de La Habana entre las FARC y el Gobierno.  Amplios sectores dijeron que era una amenaza. Ya pasaron más de 20 días desde que el “No” ganó en la urnas y no ha muerto un solo soldado, policía o guerrillero en un enfrentamiento armado o en un ataque.

“Nuestro deseo es que los acuerdos de paz se logren lo más pronto posible. Hay que escuchar a todo el mundo, pero tiene que ser en un lapso no muy amplio porque si no, se nos muere la paz… del limbo podemos pasar al infierno”: Iván Márquez, jefe de la delegación de paz de las FARC. 16 de octubre de 2016. Esas palabras las dijo el  guerrillero el pasado domingo, quien le insistió que “renegociar sobre bases que no son propositivas va a dilatar esto en el tiempo y se corre el riesgo de que el proceso termine mal”.

Aquí o allá insisten en eso. ¿Pero corre algún riesgo el país sudamericano si no se implementa en un tiempo prudente el acuerdo logrado en La Habana o, peor aún,  si no se llega a un consenso sobre la paz que necesita Colombia?

Los escenarios planteados son amplios y anchos. Mientras algunos analistas aseguran que habrá consecuencias macroeconómicas por no haber logrado la paz, otros dicen que eso solamente ocurrirá en caso de que Colombia vuelva a una situación de inseguridad igual o peor a la que se vivió hace más de una década.

Pero expertos en seguridad sostienen que es difícil que el país atraviese una crisis de tal magnitud porque la guerrilla en los últimos cinco años perdió un 75 % de su capacidad bélica. Sin embargo, hay quienes dicen que la sola incertidumbre ya aleja la inversión extranjera. Y el sector más golpeado, sin duda, es el político que pierde  credibilidad, más de la que ya se le ha mermado.

Hay voces que señalan que de no implementar los acuerdos de paz la deuda externa colombiana aumentará; que los créditos externos que se estaban gestionando  se pararán y que las inversiones que se estaban dando para llegar al país se aplazarán y algunas nunca más llegarán; en tanto otros sostienen que el riesgo de  cara a la confianza inversionista sería sólo en el caso de la prolongación de un acuerdo de paz por varios años, en el escenario de que no dé frutos una renegociación, cuando de acuerdo a la situación actual, esa no es la previsión de prácticamente nadie.

Iván Márquez, jefe de las FARC, también habla de números y ha dicho  que  los recursos  se están acabando y que habrá que recurrir a organizaciones internacionales para “mantener al ejército acampado que está en tregua”.

Sin embargo de cara al concierto internacional, estar en puntos suspensivos significa un “riesgo gravísimo” porque se cierran los años fiscales en Estados Unidos y algunos  de los estados europeos que habían prometido recursos  para el posacuerdo: El interés en Colombia no se va a perder así nomás, pero la imagen  se va a afectar y el margen de maniobra se reduciría porque el gobierno tenía comprometida su credibilidad en el resultado del plebiscito y esta dilación lo que hace básicamente es enviar un  mensaje de que no cumple lo que promete o no está en capacidad  de hacerlo y le toca recular.

El acuerdo de paz le conviene no solo a Colombia sino a toda la región. La comunidad internacional lleva cuatro  años esperando las negociaciones.

Ahora, en buena medida, la crisis económica de las FARC es positiva porque si ya no tienen recursos (según ellos), de romperse los diálogos ¿con qué podrían contar para realmente asustar o conducir a Colombia a un estado de pánico? ¡No tienen con qué!, además de alimentar a su ejército, la guerrilla tendría que comprar  municiones, armamentos, entre otras cosas, de modo que retornar a la  guerra es bastante complicado para ellos; también volver abiertamente a la extorsión o al secuestro  y echarle la culpa de eso a que no se pudo concretar un acuerdo con el gobierno sería un descrédito aún mayor para las FARC ante la opinión pública y eso les acabaría el poquito espacio político que han ganado gracias a  que el gobierno actual se los permitió.

Colombia pasó en pocos días de la ilusión por el acuerdo con las FARC a la decepción por la derrota en el plebiscito.

Colombia pasó en pocos días de la ilusión por el acuerdo con las FARC a la decepción por la derrota en el plebiscito.

Si la situación del gobierno es comprometida y complicada con el limbo  en el que se encuentran los acuerdos, las FARC  no se quedan atrás y están en un túnel  sin salida. Están comprometidas, militarmente han perdido altísimo porcentaje de su capacidad y políticamente están jugando con fuego porque no sería solo el prestigio nacional sino internacional el que estarían perdiendo, por lo que más temprano que  tarde  van a tener que lograr un consenso no solo con el gobierno, sino con las fuerzas del “No” y otros sectores colombianos.

El costo político de no tener unos acuerdos de paz que puedan implementarse en los próximos meses será no solo alto para el gobierno sino también para la oposición que promovió el voto negativo en las urnas.

Por ahora se pueden hacer algunas cosas, como mantener el cese el fuego,  pero, por ejemplo, los cambios en el sector rural de Colombia se quedarán estancados y ello generará un perjuicio político.

En tanto, delegaciones del gobierno colombiano y de la guerrilla de las FARC volvieron a reunirse en La Habana, Cuba, en un “diálogo constructivo”, anunciaron ambas partes. El equipo negociador gubernamental, encabezado por el ex vicepresidente de Colombia, Humberto de la Calle, publicó en su cuenta oficial de Twitter una imagen de la reunión, acompañado por el texto “Encuentro de delegados y asesores de gobierno y FARC en La Habana. Empezando diálogo constructivo”.

Por su parte, el jefe negociador de la guerrilla, Iván Márquez, publicó en la misma red social que las dos partes “analizan puntos de vista de diversos sectores de la sociedad sobre el acuerdo de paz”.

Otro de los negociadores de las FARC, Ricardo Téllez, aseguró en Twitter que en el encuentro se analizaron “propuestas presentadas por diversos sectores del ‘No'”. Los negociadores gubernamentales regresaron a La Habana, después de recoger en Bogotá los planteamientos presentados por los promotores del “No” y con la petición expresa del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, de acelerar la negociación de un nuevo acuerdo de paz.

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