LA MEJOR POLICÍA DEL PAÍS

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Juan Carlos Partida-03-03Las manos tienen muchas funciones, son la parte del cuerpo que más usamos en un día común. Una herramienta expresiva, además, cada dedo tiene un significado distinto del modo en que sea empleado. Son poesía, lenguaje universal y trabajo.

La oficial de la policía de Guadalajara, Norma N, conoce sus manos muy bien, son la parte de su cuerpo que más ve. Con ellas usa la radio que trae colgada al pecho, se acicala o reacomoda sus Ray-Ban gota de agua, se ciñe su chaleco antibalas tan indispensable.

Un día, 21 de septiembre de 2016 un poco después de las 10:30 de la mañana, escribe en un bloc los números telefónicos de uno de los negocios sobre avenida Niños Héroes para agregarlos en un grupo de Whastapp, una estrategia de seguridad por cuadrantes ideada por el comisario de la capital jalisciense, Chava Caro.

Caro tiene el objetivo central de convertir a sus policías en “los mejores del país”, ha dicho, como si los buenos deseos fueran la base firme para cambiar la forma de ser de quienes entran a las fuerzas armadas impulsados -muchos de ellos- por un afán que poco tiene que ver con servir a la ciudadanía y un mucho por las pulsiones violentas y oscuras del inconsciente.

Norma N., Ray-Ban gota de agua y radio en ristre, hace su trabajo cuando yo me aparezco en el negocio, una arrendadora de autos. Llego de hacer un depósito bancario para rentar una camioneta Suzuky, después de haber firmado el contrato y sólo para que me entreguen las llaves del vehículo para partir a la sierra del norte de Jalisco en sus colindancias con Nayarit, para ir a reportear una histórica restitución de tierras a favor de los wixaritari (huicholes).

Ya es tarde, es un viaje de entre ocho y diez horas hasta el punto al que iré conocido como San Isidro, cercano a Ocota de la Sierra, ruta donde la mitad del camino es terracería y de esta mitad el cincuenta por ciento, a su vez, son brechas en medio de bosques húmedos que pondrán a prueba el vehículo. Mi compañero fotógrafo y un guía me esperan, ambos en puntos diferentes de la ciudad, para partir.

“Disculpe”, le digo a la mujer policía, ocupada con el encargado del negocio para ejecutar la orden de su Caro comisario, “¿me permite que me dé las llaves?”. El encargado me voltea a ver y -el cliente tiene la razón- se dispone a darme las llaves.

Pero Norma N., conocedora del poder de sus manos, las usa. Solo una y con esa tiene para dejar clara su respuesta. La agita cercana a mi rostro en claro mensaje de “aléjate, mortal, ¿qué no ves que estamos ocupados?”. Ni siquiera voltea a verme.

“¿Qué le pasa, señora?”, le digo enojado. “Tengo prisa, voy a un largo viaje, hay personas que me están esperando”. La oficial ahora sí me mira: ojos furiosos por la interrupción, por mi reacción, después sabría que también por llamarla señora.

Prepotente”, me contesta. “Malagradecido”, agrega.

“Prepotente usted, sólo quiero que me dé las llaves”, insisto ahora sí caldeado, a duras penas reprimiendo mi malestar para evitar expresarlo en las pinches palabrotas con las que me conduzco por el mundo como parte común de mi lenguaje. Mejor saco mi celular y le tomo una foto -es mi derecho- echando combustible al incendio que yo no provoqué.

El encargado sabe la ley del cliente y me da las llaves mientras Norma N. y yo nos miramos como se miran los esposos en un juzgado para divorciarse y discutimos acerca de lo que es un servidor público y un mal funcionario.

Tomo las llaves e ingreso a la cochera donde guardan los autos de renta, subo a la Suzuky y me dispongo a salir hacia Niños Héroes cuando ¡oh, oh! Norma N., Ray-Ban bien calados sobre el puente de la nariz, radio en mano, llama por refuerzos e impide mi salida colocándose en medio del paso.

policia

Norma N.

Ni tardo ni perezoso llega su compañero, me invita a bajar del vehículo apenas rentado. Norma N. pide una patrulla que llega con la velocidad que todos desearíamos cuando es necesaria. Es la 076, la oficial dice que la agredía verbalmente y que quiere proceder en mi contra. Y me invitan a subir, con el comedimiento típico policial.

Por vez primera en mi vida estoy en calidad de retenido en un vehículo policial. Además me esposan de uno de los tubos en la parte trasera de la pickup. Como puerco en feria, en exhibición, pasan camiones, autos, todos voltean a verme como se mira a quienes infringen la ley y son exhibidos en una de las calles más transitadas de la ciudad como puercos en feria, en exhibición. Presunto culpable, pues.

No charoleo como periodista, ¿para qué? Mejor llamo a quien tengo que llamar, específicamente a Maribel Reyes, encargada de prensa en la Policía de Guadalajara. Pero mientras se organiza mi defensa, Norma N. y sus dos policías de refuerzo hablan entre ellos, estos tratan de convencer a la mujer, a la que sigo llamando señora y evito con premeditación calificar de oficial, le dicen que no vale la pena, que tienen mucho trabajo. Pero Norma N. es Norma N.

Así que la patrulla avanza, llega a la calzada Independencia cuando, supongo, reciben una llamada. Se detienen en las inmediaciones de la central camionera vieja, yo sigo como puerco en feria ante la mirada acusatoria del prejuicio visual. Llega otra patrulla, creo del comandante de zona. Norma N. va con su superior, hablan por cinco minutos. “Ella quiere proceder y está en su derecho”, me dice el oficial. “Por supuesto está en su derecho”, le digo.

Y las dos patrullas, ahora con casi una decena de policías involucrados en una ciudad donde escasea la seguridad y abundan los verdaderos delitos, vamos rumbo a la comisaría en la calzada Independencia. Norma N. busca poner en alto su orgullo personal. Yo sólo pienso en el largo viaje a la sierra y en el retraso que sigue acumulándose, en mis compañeros esperando.

Llegamos a la comisaría, ingresan los vehículos, ahora ya hay gente hasta de Asuntos Internos involucrada en el tema. En el área de estacionamiento bajamos todos de los respectivos vehículos. Ahí está ahora el comandante de la región 2 de la policía, Mario Alberto Martínez González, a quien recuerdo por tener antecedentes documentados por violación a los derechos humanos.

“¿Cómo resolvemos esto?”, pregunta el comandante dirigiéndose a Norma N. y a mí. “Creo que esto pudo resolverse en el lugar con una simple disculpa”, agrega. Yo miro mi reloj, han pasado casi tres horas desde que Norma N. me bloqueó la salida. Pienso otra vez en la sierra.

No contestamos ni la señora ni yo. El comandante Martínez se me acerca, me dice que no entiende la actitud de su subalterna, pero que tiene el derecho de enviarme al juez municipal si así lo desea. Los dos funcionarios de Asuntos Internos miran.

“Le ofrezco una disculpa, pero no es de corazón”, digo para salir ya del tema y largarme. Todos miran al cielo, excepto Norma N., con actitud de “par favaaaar”. Pero la señora, visto el escándalo y tiempo perdido, la movilización provocada, la intervención de sus mandos, parece aceptar a instancias del comandante Martínez, comedido y mediador.

Luego me piden firmar un desistimiento de acciones en contra de Norma N., de que se solucionó amablemente el litigio verbal. Y por fin salgo de ahí, aunque consciente que la señora oficial anotó mi registro personal de la credencial de elector en el mismo bloc con el que trabajaba en el negocio de marras. Mis datos de nombre, fecha de nacimiento y domicilio en su poder.

Todo el viaje a la sierra, iniciado pasadas las 14:00 horas, la presencia de Norma N. fue tema de conversación y “carrilla”. Hasta que cayó la noche y llegó la sierra pelona con caminos apenas trazados. Hasta que empezó a llover y la brecha se convirtió en trampa mortal. Hasta que la gasolina comenzó a agotarse en medio de la nada. Hasta que, por transitar tan tarde en uno de los parajes más remotos de Jalisco, la vida no valía nada.

Ya regresaré, redactaré y denunciaré este abuso policial, me decía a mí mismo en lugar de rezar para no desbarrancarnos.

 

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