DEBATE: EL LASTIMOSO CASO DE MÉXICO

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Donald Trump y Hillary Clinton.

Donald Trump y Hillary Clinton.

AQUÍ LO MÁS MEMORABLE SON LAS EDECANES QUE PARTICIPAN EN ESTOS EVENTOS

Por Sergio Espinoza

La primera y principal lección para México del reciente debate entre los candidatos demócrata y republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton y Donald Trump, debería ser el formato del mismo. En él pudimos observar a dos contendientes que, más allá de presentar argumentos y propuestas, contrastaban libremente sus puntos de vista sobre los asuntos públicos y, en un ambiente de libertad relativa, podían atacar a su rival con cuestionamientos directos y revirar de forma ininterrumpida las embestidas contrarias.

Esto, que no debería sorprender a nadie, dado que ésa es precisamente la dinámica que siguen los auténticos debates de ideas, y que brillan por su ausencia en los que se organizan en México, por parte del Instituto Nacional Electoral, y en Jalisco por parte del OPLE local, el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado. Lo sabemos desde que los debates televisados son parte indisociable de las campañas electorales: esos pseudo-enfrentamientos verbales frente a las cámaras más bien dan pena y apenas logran estar a la altura de una exposición grupal frente a la clase de un alumno de sexto de primaria.

He escuchado a algunos opinadores profesionales (y a otros de ocasión) comentar en privado y en público que esto es así porque en México no hay una tradición oral de la política a la usanza de la que existe en nuestro vecino del norte. Nada más falso que ello. Aunque no sea similar a la estadounidense, existe en nuestro país una tradición amplia de organización de debates y exposiciones de oratoria en la que se han forjado numerosos cuadros de jóvenes egresados de universidades y que han nutrido las asociaciones juveniles de no menos de dos o tres partidos políticos de escala nacional.

Entonces, ¿dónde está la falla? Como casi todo en materia electoral, en la legislación. Lo que en lenguaje llano significa que el origen del desaguisado lo podemos ubicar en las élites de los partidos políticos, que son quienes conducen las negociaciones que dan forma a la legislación. Hagamos un ejercicio; tratemos de recordar los últimos debates político-electorales que hemos tenido en México. Nos encontraremos con pocas cosas dignas del recuerdo. Para muestra, un botón: si por algo fue memorable uno de los dos debates de la elección presidencial de 2012 fue por la aparición de la famosa edecán que acudió con un escote pronunciado a entregar los turnos a los candidatos. Del otro debate la nota fueron los chascarrillos y equivocaciones gestuales de Andrés Manuel López Obrador. Así el nivel.

Esto no tiene por qué ser así.

Un debate político-electoral debería ser una plataforma de deliberación transparente y directa, en la que los participantes tengan la oportunidad de contrastar posturas y demostrar de forma clara y concisa.

En qué se diferencian de sus oponentes, en la que se puedan señalar directamente los errores y omisiones de los rivales y en la que los valores predominantes deberían ser la valentía, la transparencia y la elocuencia. El formato actual de los debates en México atenta abiertamente contra estos postulados.

Afortunadamente el modelo estadounidense ofrece una solución inteligente y negociable: allá los debates televisados son organizados por la independiente Comisión de Debates Presidenciales, una organización sin fines de lucro apoyada por algunas marcas patrocinadoras que, en conjunto con algunas universidades, se dan a la tarea de organizar estos encuentros.

La comisión es una entidad sin otra actividad política diferente a la ya mencionada. Sostengo que México podría poner en práctica un modelo similar. Los institutos electorales nacional y locales tendrían a bien constituir una comisión de ciudadanos independientes, con probada experiencia y respetabilidad en los asuntos públicos, que, en conjunto con algunas universidades, organicen los debates bajo un formato que elimine la rigidez y la pobreza discursiva que caracteriza a los actuales. El país y la democracia se los agradecería.

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