Trump y la Independencia de México

384
0
Compartir

Ruben MartinEl ritual cívico de celebración de la Independencia del país respecto a la Corona española, que se celebra cada 15 de septiembre, es la fiesta patria más masiva, y al parecer, sentida por la población. Millones de mexicanos acostumbran salir a las principales plazas públicas de su ciudad, y en las poblaciones grandes incluso a varias plazas barriales o de colonia, para celebrar el grito de Independencia.

Millones portan banderas tricolores de distintos tamaños y calidades, sombreros de ala ancha con lemas patriotas e ingeniosos, y gritan vivas a los héroes que nos dieron patria y también el lema que parece distinguir al patriotismo: “¡Viva México, cabrones!”.

De todo el arsenal de dispositivos que forjan, alimentan e inducen la identidad nacional, la celebración del grito de Independencia parece ser el más efectivo y eficaz para la política de dominación liberal, incluso por encima de la celebración de la Revolución Mexicana.

La noche del grito, cada 15 de septiembre, millones de mexicanos recrean en las plazas, o incluso en las casas con cenas de carne asada, la narrativa fundacional de la nación: el 15 de septiembre de 1810 Miguel Hidalgo, el cura de Dolores, convocó al pueblo a independizarse de la Corona española que entonces nos sojuzgaba. Tras once años de cruenta guerra contra el imperio español, los mexicanos conquistamos nuestra independencia política y, desde entonces, decidimos nuestro destino como pueblo y nación independientes.

Pero como todas las narrativas históricas, y más las nacionalistas que son el fundamento de legitimidad de los estados liberales, la narrativa de la independencia política de México está plagada de medias verdades y mentiras completas.

En el marco del Estado liberal-capitalista, las identidades parecen forjarse alentando los sentimientos de nacionalidad y patriotismo, que al final conforman la “comunidad política imaginada” que es una nación, como bien describió Benedict Anderson. “Una comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas ni oirán hablar siquiera de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. Se imaginan como comunidad independientemente de la desigualdad y explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal”.

Por eso la nación es una comunidad política imaginada, al igual que la ceremonia del grito de Independencia, que nos imagina a todos como mexicanos independientes e iguales, cuando la realidad es que los millones de mexicanos que colman las plazas públicas henchidos de nacionalismo no tienen nada qué ver con la clase política corrupta y rapaz que blande la bandera, toca la campana y grita vivas a los héroes que nos dieron patria.

Y tampoco tienen nada en común el México de abajo que “celebra” la Independencia, con la celebración de Independencia de los grandes empresarios que son dueños del país.

Más allá de la celebración en el México de arriba y de abajo, ambos compartimos el grito imaginario de la Independencia, pues a pesar de que formalmente los habitantes de esta nación ya no dependemos una soberanía política exterior, en la realidad las dependencias políticas, económicas y culturales persisten, y quizá sean más fuertes que las que teníamos respecto a España del siglo XVI al XIX.

Véase, por ejemplo, la economía. Si bien es cierto que la economía política neoliberal ha propiciado el fortalecimiento de corporaciones privadas nacionales, el grueso de la economía está en manos extranjeras (finanzas, comercio, minería, autos, electrónica, turismo, y ahora energía). Si uno mira el origen nacional de los productos que consumimos diariamente, nos podemos dar cuenta de las nuevas dependencias económicas. Ninguna marca de computadoras, celulares, televisores, aviones, autos, satélites, impresoras, e incluso cervezas y tequilas son nacionales. Todas o en parte son de corporaciones extranjeras.

Los mexicanos estamos sujetos-dependientes de cadenas de mercado controladas por directivos, consejos de administración y accionistas de trasnacionales extranjeras. Las dependencias económicas se incrementaron con la adhesión a las distintas legislaciones neoliberales, especialmente los tratados de libre comercio impuestos a la población por los gobiernos de los pasados 30 años.

La dependencia económica está cruzada con la dependencia política real, aunque no formal. Todos en México sabemos que no somos una nación por completo independiente por el peso imperial que ejerce Estados Unidos en las decisiones de nuestro país. Culturalmente, basta revisar el porcentaje de consumo de entretenimiento producido en el país o proveniente del extranjero, especialmente de Estados Unidos. Algo semejante puede decirse de las influencias coloniales que ejercen naciones del norte en el pensamiento y la producción académica en México.

Es curioso, pero quizá la estúpida decisión de Peña Nieto de invitar al empresario-candidato conservador Donald Trump, tenga el efecto no deseado de mostrar el peso que la nación imperial, Estados Unidos, ejerce en nuestro país.

El repudio masivo a la visita de Trump puede entenderse, quizá, también como un rechazo a la dependencia con Estados Unidos, es decir, una reacción ante las nuevas dependencias y sometimientos que existen sobre la sociedad mexicana.

Compartir

Dejar un comentario

WordPress Image Lightbox