UNA DE COPROFILIA

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Juan Carlos Partida-03-03El secuestro y la liberación de seis hombres que festejaban un cumpleaños con nueve mujeres en el restaurante La Leche, de Puerto Vallarta -entre los que estaban incluidos dos hijos de Joaquín El Chapo Guzmán-, demuestra dos cosas principales:
 
1.- Que en Jalisco entran, salen, se divierten, se amagan, se secuestran y se negocian, los principales delincuentes de México, todo sin que las autoridades de los tres niveles de gobierno puedan hacer más que guardar un hermetismo rebasado por los hechos y las filtraciones. Es hora que ni la PGR ni el fiscal estatal Eduardo Almaguer(rera) han confirmado la liberación.
 
2.- Que los dos principales cárteles de México y, por las consideraciones de las agencias de seguridad internacionales, de los más peligrosos en el mundo, negociaron con la liberación territorios, prebendas, rutas y reconfiguran la distribución de la plantación, facturación y trasiego de drogas cuyo principal destino es Estados Unidos.
 
En coincidencia otro hecho contrario, la captura de Sergio Kurt Schmidt Sandoval, alias El Pistola, viene a dar esa misma sensación de impunidad en el ciudadano común, ese que como usted y como yo nos dedicamos dentro de los cauces éticos a trabajar como negros para vivir como negros y no como la Gaviota y su esposo el plagiador de textos.
 
A Schmidt las agencias federales y la fiscalía estatal lo señalan como operador financiero del Cártel Jalisco Nueva Generación;  fue detenido en Bugambilias el 19 de agosto y es muy conocido de la élite política y empresarial jalisciense de antes, de ahora y de siempre. En realidad, demasiado conocido.
 
Si este “operador” financiero que se codeaba con las cúpulas, burbujas y círculos rojos jaliscienses hablara, detallara, comprobara, señalara, es posible que se desmoronaría un gajo de la IP, otro más grande de la función pública y se tendría que declarar al estado como en emergencia por ingobernabilidad.
 
Pero Schmidt no hablará más allá del cuarto donde lo interroguen. Sus palabras acusatorias, si es que salen, irán a los oídos de quienes no quieren que esos señalamientos trasciendan, como hay tantos ejemplos en las cárceles de máxima seguridad del país, empezando por el Chapo Guzmán.
 
Todos sabemos que si el Chapo hubiera hablado en algún talk show y no ante los federales silenciosos y sus cámaras conectadas a monitores en la ciudad de México, habría terminado con la mafia del poder de un plumazo, sin batallarle décadas como le sigue batallando para lograrlo Andrés Manuel López Obrador (quien esta semana, por cierto, estará en Jalisco).
 
De ahí esa misma sensación de impunidad, de falta de efectividad de las autoridades ante cuyas narices -por omisión, por complicidad, por ineptitud- se desenmaraña la red delincuencial o se obtienen las confesiones más sórdidas, sin que pase algo que pueda mermar la podredumbre extendida en todo el país y que nos impide a los negros que trabajamos como negros vivir sin miedo y progresar con honradez.
 
Por lo pronto los “menores”, como dice el valiente periodista Ismael Bojórquez (director del semanario Río Doce, de Culiacán) que se les conoce a Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán, hijos del Chapo, ya le deben la vida a Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, líder del cártel Jalisco Nueva Generación.
 
Las autoridades suspiran por la decisión del Mencho, se pasan el dorso de la mano por la frente para secar el sudor nervioso ante los enfrentamientos y masacres que se habrían desatado si en lugar de entregarlos enteros en Sinaloa, hubieran entregado a los menores y compañía asesinados y tirados sus cuerpos en alguna calle o brecha jalisciense, como muestra de poderío ante la ausencia del mayor de los Guzmán.
 
El Mencho, el mismo a quien desde el año pasado buscan por cielo, mar y tierra con una mentada Operación Jalisco que en su apogeo reunió a miles de federales y soldados buscándolo por el sur del estado bajo la dirección del tío Lolo, decidió o lo convencieron que no. Que los dos Guzmán y compañía eran más importantes vivos que muertos.
 
Y los dejó vivir, como decidió antes secuestrarlos en plena avenida costera vallartense. Aunque es obvio que los sinaloenses no fueron a Puerto Vallarta a meterse sin escoltas visibles y sí con sus ostentosos vehículos, a la mismísima cueva del lobo.
 
Existen muchas evidencias de que ambos cárteles tenían desde dos años atrás una especie de tregua y de reparto territorial.
 
Yo mismo constaté en denuncias recabadas en la sierra huichola hace unos meses, cómo la cosecha de amapola ha crecido en Jalisco en una sociedad redituable para ambas partes, los jaliscienses consiguen la goma de opio que luego revenden a los laboratorios nunca detectados, donde los sinaloenses la convierten en heroína, la droga de moda en el vecino país del norte.
 
El Mencho, además de remover los resortes de la opinión pública con el secuestro, de mostrar cómo hace lo que le place a pesar de ser un presunto multiasesino buscado por todas partes, también logró una garantía para su propia sangre.
 
¿Alguien recuerda a Rubén Oseguera González? Si, le dicen el Menchillo, y es hijo del Mencho. Bueno pues este “menor” está preso en el penal del Altiplano, cárcel a la que es inminente el traslado del Chapo Guzmán en las siguientes semanas.
Pero esas negociaciones en las que seguro hubo interlocución entre el Mencho e Ismael El Mayo Zambada -líder del cártel sinaloense-, estuvieron más allá de los sótanos anónimos de los cárteles y es claro que salieron hacia las azoteas, donde las autoridades nuestras que pagamos tan bien y se dicen tan honradas, estuvieron muy interesadas en el regreso con vida de los secuestrados para evitar una guerra de tremendos costos y resultados entre ambos cárteles.
 
Así las cosas, así las impunidades, el negocio continuará, reconfigurado entre liderazgos y en complicidades con el poder público. Ni Schmidt hablará, ni los menores morirán, mientras los padres ríen uno en la cárcel de la que buscará escaparse y otro en la muelle comodidad de una Operación Jalisco de peluche.
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