CABALLO A TROTE

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Salvador Cosio-08En España no hay condiciones de gobernabilidad pasadas ya dos rondas de votaciones en las que no ha existido un resultado contundente. Así que ante la búsqueda de consensos para garantizar legitimidad, Mariano Rajoy enfrió las expectativas sobre la formación de Gobierno, alentadas la semana pasada por la disposición de Alberto Carlos Rivera Díaz, mejor conocido como Albert Rivera, presidente del partido Ciudadanos, de pasar de la abstención al sí, a favor de Rajoy a cambio de que el conservador Partido Popular (PP) aceptara determinadas condiciones. Para sorpresa de todos, el Comité Ejecutivo, convocado para estudiar las exigencias de Ciudadanos, no trató sobre el asunto y se limitó a dar un cheque en blanco a Rajoy para que administre su investidura como le parezca. El presidente del PP, en una rueda de prensa con el estilo desenvuelto que le caracteriza, restó trascendencia al posible acuerdo con Ciudadanos, ya que sin la abstención socialista su investidura resultará fallida.

Ante ello, Rajoy asume que no tendrá más remedio que acudir al Congreso y está dispuesto a comprometerse con Rivera para fijar la fecha del debate, si el líder de Ciudadanos le garantiza el sí de sus diputados.

El candidato pretende asimismo hablar con Pedro Sánchez, Secretario General del Partido Socialista Obrero Español PSOE sobre la posible fecha de las terceras elecciones, ya que si el debate se celebra en las próximas semanas, los comicios caerían en plena Navidad.

Mariano Rajoy ha llegado a la conclusión de que los 32 diputados de Ciudadanos no le alcanzan para ser elegido Presidente y las presiones no han hecho merma en el PSOE para una abstención. El candidato asume así como inevitable el riesgo que ha intentado sortear a toda costa desde las elecciones de Diciembre y que le llevó a rechazar el encargo del Rey en la legislatura que no llegó a concretarse tras la repetición electoral de Junio, Rajoy sí asumió la petición de Felipe VI, aunque sin abrir negociaciones oficiales con ningún partido para sumar diputados a los 137 del PP. La presión para que fije la fecha de su investidura se ha incrementado en los últimos días -a raíz de la disposición de Ciudadanos a negociar el sí – y alcanza también a la presidenta del Congreso, quien debe convocar el Pleno oficialmente.

Total que tras las negociaciones, la reunión de la cúpula del PP estaba rodeada de una gran expectación hasta que Mariano Rajoy compareció en rueda de prensa para enfriar el entusiasmo de una negociación con Ciudadanos. Ni él ni ninguno de los que intervinieron hablaron de lo que todo el mundo creía que iban a hablar. “Aquí no hemos venido a hablar de condiciones”. “Yo he convocado al Comité Ejecutivo sólo para que me autorizasen a negociar”, aclaró Rajoy. El presidente en funciones reconoció que el sí de Ciudadanos sería un paso, pero insuficiente. Aún en el caso de lograr el respaldo de 170 escaños -incluyendo también a Coalición Canaria-, reiteró que no tiene posibilidades de revalidar su cargo ni de formar Gobierno si el PSOE no se mueve hacia la abstención. De ahí que el líder popular restara trascendencia a la negociación de contenidos programáticos y abriera la posibilidad de tratar con los líderes de Ciudadanos y del PSOE sobre la fecha de su investidura, sobre todo pensando en qué día se podrían celebrar las terceras elecciones, en caso de no lograr la confianza de la Cámara. Tal y como sucedió tras la investidura fallida de Pedro Sánchez, a partir de la primera votación empezaría a correr el plazo de dos meses para que el Rey disuelva las Cámaras, de acuerdo con el artículo 99 de la Constitución. Sería Rajoy entonces quien pusiera en marcha el “reloj de la democracia”, expresión acuñada por Sánchez.

El candidato designado por el Rey ha hecho sus cálculos y pretende compartirlos con el resto de los líderes políticos, que incrementan su presión para que fije la fecha de forma inmediata.

Si la investidura se celebra a finales de agosto, las elecciones caerían el día de Navidad. Si fuera a primeros de septiembre, podrían celebrarse en la segunda quincena de enero de 2017. En todo caso, la campaña electoral coincidiría con las vacaciones decembrinas.

Lo cierto es que al parecer no hay acuerdos, pues ha trascendido que Rajoy intentó hablar en repetidas ocasiones con Pedro Sánchez y el líder socialista no respondió a su llamada, lo curioso es que del lado socialista niegan que se haya producido tal llamada.

Así pues, en Diciembre, España puede afrontar sus terceras elecciones en un año si Mariano Rajoy no logra los apoyos necesarios para ser investido Presidente del Gobierno. La Presidenta del Congreso, Ana Pastor, al parecer fijaría la fecha de investidura entre el 30-31 de Agosto y el 2 de Septiembre. En caso de que Rajoy no logre 176 apoyos, se abrirá un periodo de dos meses para que un candidato los logre. Cumplido el plazo se convocarán nuevas elecciones.

En la votación  ya sea del 30 o 31 de Agosto se necesita mayoría absoluta (hay 350 diputados) y en la del día 2 de septiembre mayoría simple. La participación del PSOE con, al menos, la abstención es esencial para sacar adelante la investidura.

En la primera votación, la de finales de Agosto, se necesitan 176 ‘sí’: Si no, hay nueva votación 48 horas después, la del 2 de Septiembre, donde el candidato necesita mayoría simple, esto es, más ‘sí’ que ‘no’.

Ahora, si eso no se consigue, se aplicará tal y como recoge el artículo 99 de la Constitución española, si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso. 54 días después de la convocatoria de elecciones se celebra la cita con las urnas.

Rajoy ha confirmado que está en condiciones de afrontar un debate de investidura, pese a que al día de hoy no tiene garantizada una mayoría parlamentaria que le permita sacarla adelante. Rajoy mantiene su intención de hablar con Pedro Sánchez -la conversación entre ambos líderes ha sido imposible hasta ahora- para comentar la fecha de investidura -pues de ella depende la hipotética fecha de unas nuevas elecciones- y pedirle su “colaboración” para que no haya que acudir de nuevo a las urnas, pues a su juicio sería un “fracaso sin paliativos” del que tendrían “mucha más culpa” quienes están bloqueando la formación de Gobierno.

Mariano Rajoy.

Mariano Rajoy.

La reseña de todo este embrollo tiene que ver con que Mariano Rajoy no es el Rey, pero quiere seguir mandando como si lo fuera, después de haber perdido tres millones de votos y 49 diputados en cuatro años y medio. En enero –cuando las pérdidas eran de 3.6 millones de votos y 63 diputados– tuvo un momento de seria tensión con el Rey. Un episodio que ayuda a explicar el momento actual. Felipe VI le ofreció el encargo y Rajoy declinó la propuesta, argumentando que no disponía de los números necesarios para la investidura. No quería ser derrotado en el Congreso. Esa escena suponía su muerte política. La renuncia del líder del Partido Popular (PP) dejaba a España en una extraña situación de limbo político, no surgía otro candidato y no se ponía en marcha el mecanismo constitucional aplicable para esa situación. Sin embargo,  Rajoy deseaba ese limbo. El PP apostaba claramente por la repetición de las elecciones y se habían comenzado ya a estudiar fórmulas inéditas para una rápida disolución del Parlamento. El Rey no quería ese atajo, que podía poner en duda la neutralidad política de la Corona, así que cuando vio levantada la mano de Pedro Sánchez, ofreció el encargo al líder socialista, pese a que este tampoco tenía los números claros. Pero ante ello Rajoy y la plana mayor del PP, durante unas semanas, criticaron duramente esa decisión. Total que se repitieron las elecciones en junio de este año y el Partido Popular recuperó 14 diputados. Esta vez Rajoy no podía declinar el encargo del Rey. Aceptó la propuesta y amagó, dejando entrever que podía no acudir al Congreso si no le salían los números. Esa ambigüedad no gustó a nadie y fue muy criticada.

Rajoy no podía evadirse y Ciudadanos, partido atractivo para el centroderecha joven, tampoco. El día 30 o 31 de agosto, Rajoy subirá a la tribuna del Congreso con una plataforma de 170 diputados y probablemente perderá. No es lo mismo ser derrotado con 170 que con 123. A partir de aquí, el PP confía en las elecciones del día 25 de septiembre en Galicia y el País Vasco, donde son optimistas de alzase con sendos triunfos. Así,  un Partido Socialista Obrero Español, (PSOE) demediado por otro mal resultado electoral tendría que entregar la abstención en octubre. Ese es el cálculo político.

Desde que comenzó la crisis económica, el PSOE no para de perder peso. En noviembre del 2011, Alfredo Pérez Rubalcaba cosechó el peor resultado desde la transición. En diciembre del 2015, Pedro Sánchez lo empeoró. Y en junio del 2016 lo volvió a empeorar. 5.4 millones de votos y 85 diputados. La perspectiva del PSOE en junio era quedar por detrás de Podemos, en número de votos y escaños. Eso decían todas las encuestas.  No hubo sorpresa, el PSOE perdió poco más de cien mil votos, pero a Podemos se le evaporaron más de un millón.

Ante el nuevo escenario, Sánchez tiene tres objetivos conectados entre sí: derrotar a Rajoy en una primera sesión de investidura para dejar muy claro ante la sociedad que el PP es por ahora una minoría, reafirmar al PSOE como primer partido de la izquierda, empujando a Podemos a un papel secundario, y ganar el próximo congreso.

Podemos ha sido el más novedoso fenómeno político español de los últimos años. Una plataforma que no existía hace dos años ha colocado 71 diputados en el Congreso, cosechando el voto de los menores de 35 años y de muchos mayores damnificados por la crisis. Se ha erguido como el partido de los más damnificados. El partido de los jóvenes desilusionados. El nuevo partido populista. El partido de la España plurinacional. Un partido más fuerte en las periferias que en el centro. Para decir si ha tocado techo Podemos,  se tendría que evaluar su resultado del 26 de junio, el cual  aún no ha sido del todo descifrado. En diciembre subieron, cuando las encuestas los colocaban lejos de los números que consiguieron. En junio –aliados con Izquierda Unida– bajaron, cuando todas las encuestas les situaban arriba y subiendo. Cuando parecían débiles, sacaron fuerzas. Cuando parecían fuertes, flaquearon. Cuando parecían tenerlo todo a favor para dar un salto contundente, se quedaron clavados en los cinco millones de votos, como si una parte de sus potenciales votantes tuviese miedo de darles demasiada fuerza. El Brexit seguramente tuvo algo que ver en ello. España padece muy serios problemas, pero no se halla en situación prerrevolucionaria.

Podemos ha perdido velocidad y ahora en este juego de ajedrez es la torre que presiona y condiciona el juego del PSOE. El día 2 de marzo, en pleno debate de investidura del candidato socialista Pedro Sánchez, Albert Rivera subió a la tribuna del Congreso y pidió a los diputados del Partido Popular que se rebelaran contra Mariano Rajoy. Que lo dejarán solo. Que dieran su abstención al gran Centro que Ciudadanos acababa de pactar con el PSOE.

El 30 o 31 de agosto, Rivera volverá a subir a la tribuna del Congreso y anunciará su voto positivo a la investidura de Rajoy. Y pedirá a los diputados socialistas que se abstengan “por el bien de España”. Habrá que estar atentos a su discurso, pero probablemente no pedirá a los diputados socialistas que se rebelen contra Sánchez. No, eso no lo dirá, porque le interesa mantener en pie la geometría del gran Centro que un día consiguió pactar con los socialistas. En enero, ese gran Centro sumaba más diputados que el PP. 130 frente a 123. Ahora los números se han invertido, el PP tiene 137 diputados y PSOE-Ciudadanos sólo suma 117. Para derrotar a Rajoy en la sede parlamentaria ahora hay que sumar a Podemos.

El centro del campo de esta férrea batalla electoral se ha modificado. Este es un dato fundamental para entender la próxima legislatura, si es que empieza y no se prolonga hasta las vacaciones decembrinas. Albert Rivera es el caballo saltarín que pasa de un lado al otro del tablero, un chapulín diríamos acá, pues en unos momentos juega de caballo blanco, y en otros de caballo negro–, pero sin despeinarse y con el aplauso y complacencia mediática de Madrid.

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