Juegos Olímpicos, ENTRE EUFORIA Y APATÍA

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Los Juegos Olímpicos en Río ya comenzaron.

Los Juegos Olímpicos en Río ya comenzaron.

BRASIL HA SIDO ZARANDEADO POR LA CRISIS ECONÓMICA E INESTABILIDAD POLÍTICA; CON LOS JUEGOS OLÍMPICOS, PONE A PRUEBA SU SOLVENCIA COMO EMERGENTE   

Brasil pone a prueba a partir de hace unos días su solvencia como potencia emergente con los Juegos Olímpicos más controvertidos en décadas. Zarandeado por la crisis económica, la inestabilidad política y una corrupción desbocada, el país sudamericano se ha mostrado hasta la fecha como una comunidad profundamente dividida en cuanto a la utilidad o la conveniencia de la celebración de los Juegos, cuya organización ha desbordado todas las previsiones de gasto. Porque si en el momento de lograrlos, con Lula da Silva en la presidencia, Brasil aparecía en el escenario internacional como un experimento reformador triunfante, hoy da muestras de agotamiento, con Dilma Rousseff en el congelador y su sucesor, Michel Temer, del todo desacreditado.

La ausencia de la ceremonia inaugural de los dos grandes promotores de los Juegos de Río (Lula y Dilma) es todo un síntoma de la anormalidad que los rodea, y no solo por las debilidades estructurales detectadas. Tanto o más importante es la falta de complicidad de los brasileños con un evento que, como en las convocatorias que lo precedieron, proyecta al mundo el dinamismo de un país y de una ciudad. La fractura social ha impedido que cuajara el entusiasmo que se supone caracteriza las sedes olímpicas, convertidas cada cuatro años en capitales del mundo durante dos semanas.

Cuando Río de Janeiro fue seleccionada como sede por el Comité Olímpico Internacional un 2 de octubre de 2009 en Copenhague, ‘robándole’ el sueño olímpico a Madrid, parecía la mejor opción. En aquel momento, la ciudad era una apuesta al alza con Brasil fuerte a nivel económico, pero ahora se encuentra en una tesitura diferente: crisis política, problemas de seguridad, ya no sólo en las calles sino también por la amenaza yihadista, o el virus del Zika, factores que han dejado fuera a gran número de tenistas y golfistas principalmente, o los problemas con sus sedes, como el acabado ‘exprés’ de la Villa Olímpica o el estado de las aguas donde se competirá en vela.

Los primeros Juegos Olímpicos de Sudamérica, que finalizarán el próximo 21 de agosto, arrancaron en un momento en que Brasil cuenta con dos presidentes, el interino Michel Temer y la suspendida Dilma Rousseff; pero también en el momento en que enfrenta la peor recesión económica en muchas décadas, después de que su economía se contrajera casi un 4 por ciento el año pasado.

Así pues, ni la aparente concentración del país en la cita mundial, a manera de cortina de humo impidió que la crisis política diera un nuevo paso hace unos días con una decisión que dejó a Rousseff al borde de su definitiva destitución. La comisión del Senado encargada del juicio preliminar contra la presidenta suspendida aprobó, por 14 votos a favor y 5 contra, un informe que acusa a la mandataria de haber “atentado contra la Constitución” por su responsabilidad en diversas irregularidades en la gestión de los presupuestos.

La inauguración de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro,

La inauguración de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro,

El mismo informe será sometido ahora al pleno del Senado en dos votaciones, la primera prevista para el próximo martes y la segunda y definitiva para finales de agosto, cuando Rousseff sería despojada del cargo en caso de que así lo decida una mayoría calificada de 54 votos, que representan dos tercios de la Cámara Alta. En ese caso Temer, que asumió interinamente el 12 de mayo y a quien la mandataria acusa de haber orquestado “un golpe”, será confirmado en el cargo y completará el mandato que vence el 1 de enero de 2019.

La presidenta suspendida aún conserva el apoyo de algunos movimientos sociales, que este viernes concentraron a unos 3,000 manifestantes que protestaron ruidosamente contra Temer frente a la playa de Copacabana, lo que obligó a cambiar el recorrido de la antorcha olímpica.

Sin embargo, a los ojos del mundo, al ver la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, muy pocos imaginarían que todo fue hecho bajo medidas de austeridad debido a la crisis social y política que vive Brasil. El acto se concentró en luces, colores y efectos especiales y hasta materiales reciclados, que acompañaron diversos momentos de la ceremonia inaugural que se destacó por ofrecer al mundo una representación de la historia de Brasil, comenzando por la conquista; pero a pesar de que los brasileros desplegaron una organización y un arte digno de los mejores espectáculos del mundo en este tipo de eventos deportivos, la opinión generalizada de expertos coincide en que no fue superara la espectacularidad y derroche de elementos técnicos y escénicos que se han presentado al inicio de otros Juegos Olímpicos, lo que sin duda es muestra de lo que en las calles de Brasil se siente, una aguda crisis política, económica y social.

La crisis económica del país ha proseguido ajena a los Juegos Olímpicos pese a que, según autoridades brasileñas, la organización de la máxima justa deportiva, ayudó a Río a atenuar la crisis, pero solo en la teoría.

Mientras que la renta per cápita en Brasil creció un 19 por ciento desde 2009, cuando Río se adjudicó los Juegos Olímpicos, la de este estado brasileño creció un uno por ciento. Las inversiones que Río atrajo por sus Juegos Olímpicos, sin embargo, no impidieron que el gobierno regional tuviera que declarar “calamidad pública” en sus finanzas hace dos meses y solicitara ayuda para pagar los salarios, incluso de los policías que garantizarían la seguridad durante los juegos.

A la crisis política también se le atribuye el escaso número de jefes de Estado y de gobierno que asistieron a la inauguración de los Juegos Olímpicos, ya que algunos mandatarios han manifestado apoyo a Rousseff y otros prefieren esperar a que el Senado se pronuncie.

La ceremonia de apertura solo contó con la presencia de 37 líderes de gobiernos extranjeros. Se trata de una cantidad muy inferior a los 80 que estuvieron en Pekín-2008 y a los 70 de Londres-2012.

Pekín había marcado el récord de visitas de jefes de Estado ocho años atrás y tuvo entre sus asistentes al presidente estadounidense George W. Bush —a Londres fue la primera dama Michelle Obama— y al primer ministro ruso, Vladimir Putin.

Cuando Río se adjudicó la sede de los Juegos Olímpicos, el entonces presidente  Lula, retrató la victoria como una señal de que el gigante Brasil se había hecho de mayor de edad, pero las alegres celebraciones de 2009 se han desvanecido. La sede de los Juegos de Rio 2016 la conquistaron los brasileños en una dura batalla contra la candidatura de Madrid 2016, que España perdió por segunda vez, después de haber sido anteriormente derrotada por la Olimpiada de Londres 2012.

Muchos cariocas están desanimados y los Juegos Olímpicos no los hacen sentir mejor. Según una encuesta divulgada en julio, el 50 por ciento de los brasileños se oponen a la celebración del evento, un 63 por ciento considera que los Juegos traerán más perjuicios que ventajas a Brasil, el 57 por ciento dijo que la seguridad pública causará vergüenza a Brasil y el 55 por ciento mostró esa misma preocupación en relación al sistema de transporte.

Otro de los aspectos que han suscitado debate sobre la sede olímpica fueron los riesgos para la salud que se advierten para competidores y espectadores. La región lleva meses vigilada por el surgimiento del brote del virus Zika que transmite un mosquito endógeno, y numerosos fueron los deportistas que optaron por no presentarse a la cita por temor a ser infectados, entre ellos los tenistas Milos Raonic, Simona Halep, los hermanos Bryan o el número uno de golf Jason Day.

Además, las instalaciones deportivas tampoco se presentan como lugares 100% libres de infecciones. La bahía de Guanabara, que recibe grandes dimensiones de aguas residuales, ha quedado señalada como uno de los puntos negros debido al alto nivel de contaminación que desprende.

Pese a la suciedad de las aguas, que portan diferentes bacterias peligrosas para los humanos y que han acabado con la vida de varias especies animales, se pretende que la Bahía albergue las pruebas de vela en los Juegos, por lo que se aconsejó a los deportistas tener el mínimo contacto con los fluidos y permanecer con la boca cerrada para evitar ingerir posibles salpicaduras.

A causa de la alarma generada, Brasil reforzó la seguridad en sus calles para garantizar el desarrollo de los juegos, pero el descontento social provocado por la inestabilidad política en el país sudamericano y la crisis económica que lo azota generó múltiples movilizaciones que trataron y tratan aún de boicotear el evento.

Manifestaciones en contra de la celebración, huelgas en las redes de transporte público, robos y secuestros a pie de calle, amenazas y actos individuales con el objetivo de apagar la llama de la antorcha, intentos de boicotear el desarrollo de los juegos y la amenaza de sufrir atentados atribuibles a organizaciones terroristas son algunas de las trabas que mantienen en vilo a la justa deportiva

La ciudad olímpica hoy es el reflejo y el escenario de este colapso social. Las escuelas públicas llevan meses en huelga; policías y bomberos no reciben sus salarios a tiempo; los hospitales cierran unidades de urgencia y le quitan camas a sus pacientes para reservarlas con exclusividad para si llegaran a necesitarse en los Juegos Olímpicos. El mega evento deportivo ha sacado a la luz la desigualdad de la sociedad brasileña y la fragilidad de sus instituciones públicas con un Gobierno que en los últimos años se ha preocupado más por quedar bien con el sector privado que con el pueblo.

El propio Comité Olímpico Internacional, poco dado a dar opiniones de los países sede, ha reconocido que “Brasil vive una de las peores crisis de su historia”. La frase viene después de tres días de examen donde la ciudad ha fallado en transporte, seguridad y en las propias infraestructuras. La mala organización del transporte, que durante los primeros días de la semana causó atascos de varias horas entre el centro de la ciudad y el Parque Olímpico, fue la crítica principal y mucho se dijo que los entrenadores y los atletas estaban muy preocupados de llegar tarde a las pruebas, en tanto que por ello, el alcalde de la ciudad, Eduardo Paes, como respuesta decretó días festivos tanto el jueves como este mismo viernes y pidió a los cariocas que evitaran desplazarse por la ciudad para descongestionar las vías de acceso a las instalaciones deportivas.

La delegación de Brasil en los Juegos.

La delegación de Brasil en los Juegos.

La seguridad ha sido el otro gran dolor de cabeza de última hora cuando la semana pasada la empresa responsable del control de rayos X en las entradas a las instalaciones olímpicas, reconocía que no podía asumir tamaño trabajo. Sin tiempo para buscar nuevas empresas, se decidió que las Fuerzas Armadas también se encarguen de esta tarea sin apenas haber recibido un entrenamiento específico y obviamente descuidando su tarea principal.

A pesar de que el Gobierno Federal ha donado más de un millón de dólares en el último mes para reforzar la seguridad, no se han evitado situaciones tan difíciles como las que vivió el jueves un autobús del equipo de baloncesto chino cuando al salir del aeropuerto se encontraron en medio de un tiroteo entre policías y narcotraficantes. Sin embargo, las calles del centro, Copacabana e Ipanema están atestadas de militares y policías con armas de guerra que en teoría deberían transmitir seguridad a los turistas, pero al final del día lo que han provocado es temor.

Durante las próximas tres semanas además de ciudad olímpica, Río de Janeiro será una ciudad de protestas. Ya horas antes de que la antorcha entrara al estadio de Maracaná, las manifestaciones se repartirán por diversos barrios. La primera ocurrió -como se apuntaba arriba- a las 11 de la mañana en la playa de Copacabana donde se concentraron los cariocas para protestar contra el proceso contra la presidenta Rousseff y para pedir la salida del mandatario interino, Michel Temer. A las dos de la tarde grupos de afectados por el evento deportivo se reunieron en la plaza de Cinelandia, y a las cinco de la tarde se congregaron en la plaza Saens Penha, en el barrio obrero de Tijuca.

Los habitantes de las favelas son algunos de los más críticos, y es que según el Comité Popular de la Copa y las Olimpíadas, estos Juegos han provocado el desalojo de al menos 77,000 personas, y Amnistía Internacional relaciona el evento con el aumento de la violencia policial de los últimos meses, un dato revelador es que en mayo la policía militar mató en la ciudad a un 135% más de jóvenes que en el mismo mes de 2015, denuncia un informe de la organización.

Los más de 11,000 millones de dólares que ha costado la fiesta deportiva, 6,000 millones más de lo previsto, ponen a las constructoras involucradas bajo sospecha de corrupción. La constructora Andrade Gutiérrez llegó a reconocer el mes pasado que para la remodelación del estadio Maracaná tuvo que “sobornar” al ex gobernador de Río de Janeiro, Sergio Cabral. A su vez entre 2008 y 2013 las grandes empresas que invirtieron en obras olímpicas se beneficiaron de exoneraciones fiscales que le costaron al gobierno de Río de Janeiro alrededor de 70 billones de dólares, un dato del que apenas se habla.

Puede que al día siguiente de la clausura prevalezcan en Brasil las dudas sobre la utilidad futura de mucho de lo construido, pero el balance económico circunscrito a los Juegos, a aquello que de una forma u otra gestiona directamente el Comité Olímpico Internacional, tendrá saldo positivo. Es posible que el arrepentimiento se haya adueñado de quienes en su día apoyaron con entusiasmo la gran cita, pero mientras los héroes del estadio convoquen multitudes, convertidos en mitos vivientes, los Juegos seguirán siendo, en Río o en Tokio, dentro de cuatro años, una gran ocasión para hacer negocios, lástima que para el grueso de la sociedad, particularmente en Río, estos Juegos no sean más que un recurso distractor de lo verdaderamente importante para ellos, sus problemas, demandas y sentidos reclamos, seguirán sin escucharse ni resolverse, peor aún, se complicaran y maximizaran.

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