“Hasta la madre”, según Aristóteles

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Ruben MartinEl desencuentro entre los gobernados y los gobernantes es un asunto histórico, intrínseco incluso, dado que se trata de formas de dominación y no de sistemas democráticos. Pero la brecha que separa a los de abajo que se cree que se gobierna, con los de arriba que creen que gobiernan, es ahora más amplia y más honda.

Tenemos muestras de ello en todo el planeta, desde las más hondas y radicales como el ciclo de revueltas y rebeliones que tenemos por el mundo desde hace más de 20 años cuando los zapatistas declararon su “Ya basta”, hasta las protestas contra la globalización, pasando por las revueltas en Grecia, la Primavera árabe, Los Indignados españoles o Occupy Wall Street.

Es una potente protesta contra el orden establecido que refleja claramente inconformidad no sólo con el sistema político y la clase gobernante sino un verdadero malestar de la cultura. Es un rechazo a la civilización occidental capitalista y su sistema político liberal incapaz de gestionar y mediar las demandas de las sociedades. Es el fin de un modelo de dominación, el sistema liberal, inventado en Europa, perfeccionado y exportado (impuesto) al resto del mundo hace unos 200 años.

México no escapa a esta ola de rechazo al actual sistema liberal. Lo sabe Enrique Peña Nieto con niveles históricos de rechazo por parte de la población mexicana, los saben los políticos profesionales y sus partidos como instrumento para llegar al poder por el amplio rechazo que ellos como sujetos y los partidos como organizaciones están encontrando en sectores de todas las clases sociales del país.

Y es tal el rechazo que a los gobernantes no les queda de otra más que admitir que las cosas están mal, muy mal.

Algo así intentó el gobernador Aristóteles Sandoval Díaz en una conferencia que dictó en Acapulco, Guerrero el pasado 20 de julio. “El ciudadano está harto y hasta la madre de la corrupción, el ciudadano no puede tolerar ni va a tolerar actos de corrupción ni de impunidad y ese llamado lo debemos de entender todos y cada uno de los que estamos gobernando”, dijo.

Este diagnóstico estaría bien si se tratara de una reflexión genuina, pero me temo que es una típica declaración para curarse en salud. Y es lo mismo que viene haciendo la clase política mexicana de modo muy curioso, pues la discusión del sistema nacional anticorrupción ocurre justamente en un periodo donde se descubren y exhiben casos de corrupción de dimensiones mayúsculas y con entramados tan perversos que se equiparan más al crimen organizado que a la típica corrupción al estilo de “La ley de Herodes”.

Hablamos ya de otra cosa. Los casos de la Casa Blanca de Peña Nieto, las corruptelas de Javier Duarte en Veracruz, de César Duarte en Chihuahua, de Roberto Borge en Quintana Roo, de Rafael Moreno Valle en Puebla, de Malova en Sinaloa y de tantos otros por descubrir nos hablan de entramados de corrupción diseñados con la frialdad de los sicarios.

Y es que la corrupción ha dejado de ser una actividad cometida por los menos para pasar a formar parte de las funciones sustantivas del Estado, como bien dice Achille Mbembe: “Ya no hablamos de corrupción como una enfermedad del Estado: la corrupción es el Estado mismo y, en ese sentido, ya no hay un afuera de la ley. El deterioro del Estado de Derecho produce políticas exclusivamente depredadoras, que invalidan toda distinción entre el crimen y las instituciones”.

La corrupción y la degradación perversa de la clase política es, pues, no un fenómeno transitorio, ni localizado, sino enfermedad universal del Estado. De modo que sí, como dice Aristóteles, las sociedades estamos “hasta la madre”, pero las soluciones no vendrán de arriba, de las falsas culpas de los gobernantes, sino de los cambios verdaderos que se están buscando y construyendo desde abajo.

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