¿ALFARO PRESIDENCIABLE?

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Juan Carlos Partida-03-03¿Se iría Enrique Alfaro si a mediados del 2017 se cumplen todos los requisitos que pide el Reglamento de Participación Ciudadana de Guadalajara para hacer efectiva la ratificación de mandato, entre ellos por supuesto el más importante que es el rechazo popular?
 
Él dice que sí. Y sabe por qué lo dice. Se trata de un mecanismo en el cual los ciudadanos deciden la continuidad o no del alcalde en su cargo, pero tiene más salidas que un cerco viejo.
 
Primera: Alfaro podrá o no pedir la ratificación de mandato, según ande en su cuentas electorales para entonces.
 
Si no lo hace, al ser obligatoria, podrán pedirla los ciudadanos pero siempre y cuando sumen el 2 por ciento de la lista nominal de electores o el 2 por ciento de la población de Guadalajara que, en 2015, era de 1 millón 460 mil personas, según el INEGI.
 
Luego, la solicitud de ratificación deberá contener nombre de la entidad gubernamental que lo promueve o bien si es promovida por los habitantes, el listado con los nombres, firmas y los barrios donde vivan.
 
Durante 30 días el Consejo Municipal de Participación Ciudadana, que encabeza Margarita Sierra, analizará la solicitud y decidirá; si la petición es rechazada deberá fundamentarse y dicha solicitud podrá ser encauzada hacia otro mecanismo de participación previsto en el mismo reglamento.
 
Las salidas de la cerca continúan. Supongamos que Alfaro pierde. Bueno, pues ni así lo echan del cargo. Debe perder con una diferencia en contra que por lo menos represente al 2 por ciento de la población del municipio, es decir unos 30 mil votos. Si pierde con menos de eso, el resultado no es vinculatorio.
 
Además para que Euzen, La Covacha y compañía de cuatachos del alcalde no se queden fuera del bisne, digo de la ratificación de mandato, Alfaro podrá tener una mesada con dinero público -cuyo monto es desconocido- para “realizar la difusión de los logros y actividades de gobierno”, en una placeada electoral a medio trienio.
 
Pero más allá de toda esta movilización política, que no ciudadana, para realizar un proceso a todas luces fácil de capotear (aún con la posibilidad de que así sea como pantalla el PRI y el PAN metan a sus huestes para dizque influir en el resultado), el claro objetivo de Alfaro es medir su fuerza, y en su caso publicitar su “èxito”, de cara a sus aspiraciones en el 2018.
 
Quien crea que el alcalde de Guadalajara tiene en su mira ser el próximo gobernador de Jalisco le hace un favor al sub estimarlo. Es su plan B. El A está en Los Pinos, como figura representativa de una supuesta oleada ciudadana a través de un frente nacional que sumaría partidos como MC y figuras de taaanto prestigio como Jorge G. Castañeda y Pedro Ferriz de Con, al que El Bronco (contra docentes) no le quiere entrar y al que Alfaro insiste en invitar a Andrés Manuel López Obrador, quien por su lado prepara un frente de izquierdas sin desdeñar al PRD.
 
Aunque seguramente pasará el proceso de ratificación de mandato, Alfaro debe apurar hechos y mostrar menos soberbia si es que busca obtener un resultado apabullante.
 
La inseguridad sigue como talón de Aquiles y primera demanda sin cumplir, demagogia pura con la dizque policía metropolitana. Guadalajara es mucha ciudad para cualquiera y Alfaro lo está viviendo hoy más que nunca, gastando todo lo que repuso de energía en sus vacaciones por la Eurocopa.
 
Pero no le da para mostrar un cambio. Hay influyentismo, se privilegia el negocio particular con los amigos, se pasan por alto actitudes de felonía como las de Hugo Luna, se incendian mercados, los baches renacen, la movilidad está en su peor etapa, se usa la policía contra el ambulantaje y se otorgan permisos exprés a los cercanos, no hay procesos administrativos contra la demagogia y para fomentar la recaudación, la novatez de muchos jefes raya en la ortodoxia de un cambio pregonado pero inexistente.
 
Y lo peor en el imaginario colectivo. Los corruptos de antes, del PRI, del ramirismo, esos tan denunciados y tan señalados por Alfaro como ratas de dos patas, siguen sin castigo. La impunidad que arropa a los gobiernos que terminan por el favor de los que llegan, continúa más allá de siglas partidistas y discursos ciudadanos.
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