El peor de los peligros…

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bruno-1En la política electoral, como en la administración pública, como en la vida misma, el peor de los peligros no es el adversario ni los retos, las amenazas o el golpeteo: el peor de los peligros es tener a la mano un grupo de cortesanos que le avale cualquier ocurrencia.

El candidato o el funcionario siempre tiene un cortesano que le da por el lado, le dice que es una idea extraordinaria cualquier tontería y festeja con emoción todas las metidas de pata de su jefe.

Cuando un cortesano logra encumbrarse en un equipo, se acaba la autocrítica y se da paso al autoengaño: entonces se fabrican aliados rumbo a la derrota porque nadie disiente de lo que se le ocurre al candidato, se crean enemigos inexistentes porque no están en el ánimo de los cortesanos.

Los consultores políticos más experimentados de la escena internacional sostienen que el peor de los enemigos para un gobernante o un candidato es un amigo, un colaborador, un familiar o un consultor que dice sí a todo, que todo ve como un logro aunque a simple vista sea una mentira o una bobada.

Aquel consultor o colaborador que no contradice a su jefe cuando es necesario es solamente un impostor, sostienen. Le dicen lo que quiere oír, se ríen de sus tonterías y festejan hasta lo que está mal hecho para no caer del ánimo de su jefe.

No se conducen de acuerdo a la coyuntura, a lo que hay que hacer tácticamente en el momento adecuado para ganar o tener éxito, sino que se conducen de acuerdo a los sentimientos y estados de ánimo de sus jefes.

Es cansado que a veces le lleven la contra, pero un candidato, un jefe o un líder de proyecto debe entender que la mejor manera de mejorar algo que está mal es a través de la crítica.

No se puede corregir el rumbo equivocado a fuerza de halagos y de aplausos.

El grupo de cortesanos mete al candidato o al gobernante en una burbuja donde prevalece la ficción: en estas burbujas normalmente se menosprecia al adversario, se le minimiza para quedar bien con el jefe, se le atribuyen defectos que no tiene, y se le considera el tonto que no es. Esto, todo el tiempo, lo pone en desventaja ante lo que en realidad es, dado que está enfrentando a un adversario ficticio armado a conveniencia de los intereses de la corte.

El peor de los peligros, el cortesano, apoya al líder o al candidato a conducirse por sus odios y sus rencores, por su ego, por su resentimiento, avala las acciones que son ocasionadas por la envidia o frustración o la incompetencia. Lo que es más: no sólo lo avala sino fomenta este tipo de reacciones.

Muchas acciones del líder o el candidato tienen como fin entusiasmar a la corte, a la familia o al equipo cercano, y ellos mismos le devuelven el guiño y así se arma un círculo vicioso que siempre termina en el error o la derrota.

El peor de los peligros es que no le digan a tiempo que sale fatal en una foto; que es una tontería reaccionar con creces sobre algún tema menor; es un peligro que no paren a tiempo un exabrupto anunciado con anticipación.

El peor de los peligros para un líder, funcionario o candidato, es tener a un cortesano hablándole al oído lo que quiere escuchar...

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