La colt de García Márquez

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El general García Márquez era de los militares que pedía prestada una pistola y jamás la devolvía.

El general García Márquez era de los militares que pedía prestada una pistola y jamás la devolvía.

EL 31 DE AGOSTO DE 1971, EL CUERPO DEL GENERAL JOSÉ GARCÍA MÁRQUEZ, UNO DE LOS MILITARES DE LA REVOLUCIÓN, QUEDÓ TIRADO SOBRE LA ACERA FRENTE A LAS PUERTAS DE UNA FUNERARIA DE AVENIDA VALLARTA

Por Juan Velediaz*

Un auto color gris se detuvo aquella mañana frente a la funeraria Rizo, en la céntrica avenida Vallarta de Guadalajara, Jalisco. Un hombre mayor ataviado con uniforme militar de gala, bajó por la puerta derecha del vehículo y se paró en la acera. Cruzó su mano derecha en el saco que vestía y entre sus ropas sacó una pistola. La levantó por lo alto como si apuntara a la copa de los árboles. Rápidamente la bajó a la altura de su cabeza y se escuchó un golpe seco. El impacto del disparo provocó que su cuerpo fuera impulsado hacia atrás. Quedó tirado entre el auto y la acera. A unos centímetros de su pierna derecha, estaba una pistola Colt calibre .45 color negro. En el mango nácar del arma tenía grabado con incrustaciones de oro las iniciales J.G.M.

El 31 de agosto de 1971, el cuerpo del general José García Márquez, uno de los militares que formó parte de la última hornada de la Revolución, quedó tirado sobre la acera frente a las puertas de aquella funeraria. La última misión de su inseparable Colt fue servir de atajo para acelerar su partida. Algo ocurrió en los últimos meses desde que comenzó el gobierno del presidente Luis Echeverría, pues cargaba un malestar que no lo dejaba en paz. Parecía como si no se hallara en su vida de militar en retiro. Quizá extrañaba la adrenalina de su etapa de verdugo, cuando ordenaba cavar sus tumbas a los prisioneros de alguna de sus batallas. Un tiro y directo a la fosa. Algo común durante la guerra Cristera, el conflicto social que devino en revuelta en varios estados de México por leyes que restringían la libertad religiosa. El carácter hosco, rudo y malhumorado, era sello del general García Márquez. Los fusilados y ahorcados eran una práctica que llevó al extremo a finales de los años veinte del siglo pasado en los Altos de Jalisco, durante la llamada Cristiada, donde acabó con todos los que fueran o parecieran contrarios al naciente régimen.

Aquella mañana el general García Márquez salió de su casa en la colonia Chapalita y ordenó a su chofer que lo llevara con el general Marcelino García Barragán. El auto se estacionó minutos después a las afueras de una de las casas de su viejo compinche en las filas de Pancho Villa en tiempos de la Revolución. Parecía una visita de las tantas que hacía al hombre que meses atrás había dejado el cargo de secretario de la Defensa Nacional, finalizado el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, el presidente de México marcado por la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968.

García Márquez entró a la casona en la que estuvo algunos minutos. Cuando salió tenía un semblante molesto, parecía algo más irritado de lo que acostumbraba estar. Ordenó a su chofer que lo llevara a un local ubicado en el centro de la ciudad, donde recogió unos papeles. Después se dirigieron a un hotel por esa zona donde cobró un dinero. De ahí le dijo que se encaminaran a su casa. Iban por la avenida Vallarta cuando el general ordenó:

—Párate.

Bajó del coche y cerró la portezuela. Entonces sonó el disparo.

Su chofer escuchó la detonación y descendió asustado del vehículo.

—Mi general, mi general, que pasó, qué pasó…

***

La Colt que yacía en el suelo junto al cadáver del general García Márquez era modelo M1911, como la que inmortalizó el general George S. Patton, quien tenía especial predilección por esa marca. El comandante de las tropas norteamericanas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, lució una Colt al cinto en cada foto donde apareció tras su victoria contra los nazis en Francia, y tras la liberación de Italia con la derrota de Mussolini y el fascismo.

Cuando era un joven oficial Patton formó parte del estado mayor del general Pershing, el hombre que encabezó la expedición de 1917 contra Pancho Villa. Ese año García Márquez era un teniente villista que combatía a los federales en la Revolución cuando la fábrica Colt lanzó al mercado la primera M1911, que se convirtió en la pistola oficial del ejército norteamericano. Hasta ese tiempo la más célebre era la Colt calibre .45 en su versión Army. Era un revólver inmortalizado por las películas del viejo oeste, se caracterizaba por su gatillo largo, el mango curvo en forma del número 2, y porque éste podía adaptarse al gusto de quien la usara. Patton utilizó en aquel tiempo una Colt Army con cachas de marfil donde estaban grabadas sus iniciales. Durante la Segunda Guerra Mundial algunos historiadores señalan que solía mostrarla como una de sus reliquias de batallas pasadas.

García Márquez tenía un pasatiempo extremo que lo hizo famoso en los años sesenta. La Colt modelo M1911 calibre .45 que entonces usaba, tenía una mirada delantera más amplia, un gatillo más corto y era mortal en cada impacto. En Guadalajara se sabía que su «deporte» predilecto era fingir que olvidaba una pistola en el asiento de su coche que dejaba con los vidrios abiertos. Al primer individuo que estirara la mano le disparaba. Así mató a varios.

La pistola de García Márquez no era para amenazas, si desenfundaba era para utilizarla.

Sabas Lozano era el dueño de una cantina frente a la plaza principal de Arandas en los años treinta. Un día llegó el entonces coronel García Márquez en estado de ebriedad y pidió una cerveza. Lozano recordaba que le contestó:

—Ahorita mi capitán.

Furioso porque lo había rebajado de grado militar, García Márquez le descargó la Colt sin hacer blanco.

A finales de los años treinta, en el estertor de la segunda Cristiada, hubo una masacre en un rancho llamado Salsipuedes, en esa zona de Jalisco. García Márquez con una columna bajo su mando encontró escondido un arsenal de bombas, cajas de cartuchos de dinamita y fusiles donde capturó a varios rebeldes. Al jefe le ordenó que se agachara a recoger una carabina. Cuando se inclinó, le disparó con su Colt.

Hubo un momento a principio de la década de los años 40, en que sus ataques de rabia llegaron a ser considerados «una violación a la misma Constitución». El repertorio de quejas y denuncias que recorre las anotaciones en su expediente, muestran al hombre que con su Colt fue «dueño de vidas y haciendas». Una misiva de la Unión Nacional Sinarquista —organización de derecha surgida en las antiguas poblaciones cristeras—, enviada al secretario de la Defensa, pedía «volver al carril constitucional al general Márquez». Decían que había disuelto a tiros reuniones de simpatizantes en varios municipios pero en uno de ellos, acabó con todos los dirigentes del movimiento.

García Márquez era de los militares que pedía prestada una pistola y jamás la devolvía. Si veía un caballo que le gustara lo tomaba. Ordenaba a los granjeros forraje para los animales que jamás les pagaba. Debía dinero a colegas de otras unidades, acumulaba reclamos de cobro de sastrerías y casas comerciales en varias ciudades del centro del país, donde mandaba hacer sus uniformes.

Solía contar que fue herido en la batalla de Zacatecas. Era su orgullo traer esa huella como insignia roja del valor. Quizá por eso aquella ferocidad para atacar, al paso de los años parecía que solo la sublimaba jalándole el gatillo a la Colt. Había que tener cuidado con sus ataques de rabia, porque en cualquier momento la mano se le resbalaba a la pistola.

***

José García Márquez era un hombre robusto que media alrededor del metro sesenta de estatura. Llamaba la atención porque al caminar cojeaba de manera visible: tenía un padecimiento anquilosado. Una fístula en la pierna como recuerdo de una caída del caballo en los años treinta, jugando para el equipo de polo del general Lázaro Cárdenas, devino en rigidez en la cadera derecha.

—Eso hacía que al caminar pareciera como si cojeara —dice Luis Garfias Magaña, general en retiro, quien recuerda aquella figura como la de un hombre curtido en combate, duro, con algo de peso por la edad, y con un molesto rasgo distintivo cada vez que se encolerizaba.

Tenía una voz atiplada que se escuchaba más aguda, agujas calientes para el tímpano, cuando se ponía furioso.

Garfias, en aquella época era un capitán que se había graduado como diplomado de estado mayor en la Escuela Superior de Guerra. Era heredero de una línea familiar que había participado en episodios militares clave para México. Nieto de un teniente coronel del ejército federal que peleó en la intervención francesa; su padre era el coronel Luis Garfias, quien había sido jefe del estado mayor del presidente Francisco I. Madero. Quizá fueron estos antecedentes los que hicieron que el general García Márquez fuera cauteloso con él cuando se conocieron en el Cuerpo de Guardias Presidenciales. No lo maltrataba ni lo insultaba, y a diferencia de los demás soldados, lo respetaba. Era algo inusual. Sobre todo porque siempre estaba latente cualquier ataque de rabia que se convertía en abusos contra todo mundo.

Hubo un día en que García Márquez estalló de iracundo. Ocurrió semanas antes de la visita del presidente estadounidense Dwight Eisenhower a México. En enero de 1959, Adolfo López Mateos tenía dos meses como presidente de la República cuando ordenó que al Cuerpo de Guardias Presidenciales, se le separara el batallón de paracaidistas —considerado entonces un grupo de élite—, para sumarlo a la Fuerza Aérea.

La orden también se tradujo en que serían los paracaidistas quienes harían la valla de honor, al momento en que descendiera del avión uno de los militares vencedores de la Segunda Guerra Mundial, quien por primera vez visitaba al presidente mexicano. Con esta decisión los integrantes del batallón de Guardias Presidenciales quedaban relegados a una fila posterior.

García Márquez era un militar mal hablado que prohibía a sus subordinados que fumaran y usaran bigote.

García Márquez era un militar mal hablado que prohibía a sus subordinados que fumaran y usaran bigote.

El comandante de paracaidistas le dijo al general García Márquez que ya no estaba bajo sus órdenes porque eran una unidad especial. «García Márquez entonces dijo ‘este batallón yo lo voy a mandar’, refiriéndose a los paracaidistas. ‘No, no. Yo no pertenezco a usted’, dijo el comandante paracaidista. El general se enojó, se enojó como una fiera. Dijo, ‘esto no puede ser’. Me llamó, me dijo: ‘diplomado, haga usted un telegrama al presidente que diga: o que soy yo el responsable o que me releve. Entonces todos tenían miedo, todos. ‘Vaya usted y hágalo’, exigió».

Garfias recuerda que escribió de la manera más clara y respetuosa —como si quien redactara fuera el propio García Márquez— que el Cuerpo de Guardias Presidenciales tenía la misión de hacer los honores a los visitantes extranjeros. Había un protocolo que respetar, y como jefe de seguridad no tenía confianza que la primera unidad fueran paracaidistas. Si no eran Guardias Presidenciales quienes encabezaran el acto, solicitaba ser relevado. Garfias lo leyó en voz alta y el general lo aprobó. Ordenó que lo enviara de inmediato.

En un momento García Márquez preguntó:

—¿Ya lo mandaron?, ¿no?

Garfias le respondió que no.

—Mándelo.

Entonces Garfias ordenó que se mandara ese telegrama. Y lo mandaron a la presidencia.

Como a la una y media o dos de la tarde, el secretario particular del presidente López Mateos se comunicó con el general. Al colgar el teléfono, García Márquez era otro. «Le vi la cara, salió feliz», recuerda Garfias. «Él casi no tomaba, pues esa tarde nos fuimos al restaurante del hotel en Acapulco, donde sería la visita del presidente Eisenhower. Era un salón muy grande. El general era muy mal hablado, nos sentamos y pidió una botella de whisky, y comenzó a hablar y a decir groserías, entonces nos cambiaron al fondo para que no oyeran los turistas».

García Márquez era un militar mal hablado que prohibía a sus subordinados que fumaran y usaran bigote. Era tan estricto que al paso de los años su fama de arbitrario hizo que se volviera célebre por sus episodios violentos. Con la Colt a la cadera, solía pasar revista a sus tropas llevando un fuete en la mano. Calzaba botas periqueras y era común que golpeara a los oficiales. No se diga a la tropa: la trataba a puntapiés.

En ocasiones, García Márquez mandaba un motociclista a la cinco de la mañana para que fuera a recoger a Garfias a su casa. A esa hora lo esperaba sentado a la mesa para invitarle un café y platicar. El viejo preguntaba qué había sido del coronel Garfias, su padre, después de la muerte del presidente Madero. En su mundo de soldado raso de la Revolución, sin preparación académica pero intuitivo, quería saber si sobrevivió a la Decena Trágica. Aquello era como un ritual. Después del café se dirigían a unos baños de vapor donde seguían conversando, de ahí se iban a desayunar a un viejo restaurante en el centro de la Ciudad de México. El general era semi analfabeto: no sabía escribir: su firma era un trazo oblicuo, y solía ordenar que le leyeran en voz alta todos los mensajes que llegaban.

Una ocasión, García Márquez mandó llamar a su oficina de Guardias Presidenciales a Garfias. Cuando llegó, lo encontró sentado en su escritorio.

—Oiga venga, le quiero enseñar algo —dijo.

El general abrió un cajón donde sacó un grueso álbum de fotografías y lo puso sobre la cubierta. Eran imágenes en blanco y negro, otras en sepia, de muertos, heridos, cadáveres de cristeros abatidos por las balas del regimiento comandado por García Márquez.

—Mire. Aquí está un poste —decía mientras apuntaba una imagen donde había tres cuerpos tirados.

Algunas eran fotos de los combates, otras de gente que él había mandado matar o habían caído en Jalisco y Michoacán en la guerra cristera.

Garfias se retiró del ejército a finales de los años 90 después de cuatro décadas de servicio en los que fue subjefe de zona militar, agregado en la Embajada en Washington, y autor de varios libros de historia sobre las fuerzas armadas mexicanas. García Márquez le decía «diplomado», porque era como identificaba a los jóvenes oficiales que habían estudiado en la Escuela de Guerra y representaban lo nuevo en el ejército. La novedad para un viejo militar que en 1952 había sido condecorado con la Cruz de Guerra de primera clase, reservada sólo para quienes tuvieran más de 100 combates. Él tenía 155.

***

Semanas antes de que concluyera el sexenio de López Mateos en noviembre de 1964, alguien le dijo al general García Márquez que podría ser el nuevo secretario de la Defensa Nacional y le creyó. Hasta mandó hacer unos cuadros con su foto a colores para entregarlos a la prensa cuando se anunciara el nombramiento. No se supo que pasó con los retratos pues el presidente Díaz Ordaz designó al general Marcelino García Barragán como secretario.

Don Marcelino le decía «El Pepe» a García Márquez porque lo conocía desde muchos años atrás. Eran cercanos y lo estimaba demasiado, dice Héctor Castañeda, un capitán retirado quien fue ayudante en sus últimos años de vida del extitular de la Defensa. Recuerda que un día el general Marcelino le contó sobre García Márquez:

—Mira. Yo tengo que agradecerle mucho porque ‘el Pepe’ me ayudó a que me reincorporara a las fuerzas armadas, ya me traían arrastrando y gracias a él me perdonaron todos los errores que cometí.

Se refería a que gracias a García Márquez que intercedió por él luego de su participación en el movimiento opositor henriquista en la campaña presidencial de 1952, lo aceptaron de vuelta en el ejército pero comisionado en el Estado Mayor Presidencial, sin cargo alguno. En ocasiones tenía esos detalles: podía enviar dinero a algún conocido que estaba enfermo e incluso apoyar a sus conocidos que pasaban algún tipo de apuro.

El cuerpo de García Márquez quedó tendido boca arriba en una acera de avenida Vallarta.

El cuerpo de García Márquez quedó tendido boca arriba en una acera de avenida Vallarta.

Durante el gobierno de Díaz Ordaz (1964-1970) el general García Márquez fue el jefe de la 15 zona militar en Guadalajara, donde protagonizó una de sus últimas rabietas. En los primeros días de diciembre de 1970, provocó un incidente que generó un escándalo al interior la milicia. Un día antes de su toma de posesión, Echeverría anunció que el general Hermenegildo Cuenca sería el nuevo secretario de la Defensa. Días después, García Márquez recibió la orden de entregar la comandancia pero se negó.

—Mira José, ya entrega la zona —dijo uno de los generales de su época que enviaron de la Ciudad de México a Guadalajara para convencerlo de que aceptara su relevo. Pero García Márquez se parapetó con la tropa y dijo:

—No entrego y háganle como quieran.

«No quería, no quería, no quería, se aferró —dice el general Garfias— ¿cómo lo mandaba relevar Cuenca? ‘¿Pero cómo…?’ decía, si Cuenca era mucho menos que él».

Días después fue llamado a las oficinas de la Defensa en la capital del país donde tuvo un encontronazo con el secretario.Un grupo de la judicial militar fue por él a Guadalajara pero se negó a ser escoltado. Llegó con Cuenca y se hicieron de palabras.

—Yo huelo a pólvora, yo me hice en la Revolución. Qué me van a enseñar ustedes pinches perfumados —le dijo. Discutieron, se confrontaron, maltrató al secretario y lo maltrataron a él.

García Márquez creía que un militar sin experiencia de combate no podía ocupar el despacho de secretario de la Defensa. Llamó de forma despectiva «perfumado» al general Cuenca porque así le decían en el ejército a los Diplomados de Estado Mayor, quienes por primera vez tomaban el poder de la secretaría.

Era un berrinche que se complicaba al paso de los días. La nueva encomienda de García Márquez estaba en el cuartel de La Paz, Baja California, pero para un hombre de batallas ¿qué iba a hacer en aquel lugar? Le ordenaron quedarse en Guadalajara como «agregado» en la zona militar, sin cargo alguno. En enero de 1971 un examen médico mostró que tenía un padecimiento en la cadera que le impedía moverse con libertad. Entonces se ordenó su retiro.

En esos primeros meses de 1971 el general García Márquez parecía una fiera enjaulada. Se sentía humillado, acostumbrado a la vida del cuartel, no hallaba paz en su casa. Una ocasión, el jefe de prensa del gobierno del estado de Jalisco se lo encontró en palacio. Lo notó muy amistoso, comunicativo, pese a que era muy reservado. Le pidió que por su conducto convocara a los reporteros que cubrían las actividades del gobernador, con quienes se sentía agradecido tras su paso por la zona militar, para que fueran ese fin de semana a una comida que ofrecería en su honor en su rancho de Jamay. La reunión nunca se efectuó pues al día siguiente García Márquez visitó temprano al general García Barragán.

El suicidio de García Márquez, quien quedó tendido boca arriba en una acera de avenida Vallarta, fue recogido por los periódicos locales con titulares que decían: «El comandante de la XV zona militar, general de división José García Márquez murió ayer en trágica y dramática forma». Otros publicaron: «La súbita muerte del general García Márquez fue motivo de gran expectación en todos los círculos oficiales, especialmente los militares». Hubo un diario que no perdió detalle: «Con su pistola predilecta, García Márquez se disparó un tiro en la cabeza y se voló la tapa de los sesos». Tenía 69 años.

*Juan Veledíaz es un reportero freelance que se mueve por todos lados y que aparece los martes por la noche por canal 52MX en el “México Crónico” del Almohadazo. En 2010 Random House Mondadori publicó su primer libro: “El General Sin Memoria. Una crónica de los silencios del ejército mexicano”.

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