Los ambulantes, un adversario a modo

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En su arranque como alcalde de Guadalajara y en su obvia carrera por la gubernatura de Jalisco, Enrique Alfaro Ramírez ha decidido escoger a los comerciantes ambulantes de la ciudad, especialmente del centro, como su principal adversario político.

El alcalde decidió que la primer batalla que su gobierno debe emprender es la de “ordenar” y “limpiar” el centro de la ciudad y para ello decidió verticalmente y sin diálogo o debate de por medio, que los ambulantes deben cambiar de giro a un reducido número de productos autorizados, meterse de burócratas o dejar de hacer lo que han hecho en las décadas pasadas para ganarse la vida.

Hablamos de fuertes decisiones verticales que implican que de un día para otro miles de personas dejen de hacer la actividad con la cual se ganan la vida, para dedicarse a otra cosa distinta a la que hacían.

Alfaro se quiere proyectar como un gobernante que ejerce el poder, que impone el orden y que, de ser necesario, no le tiembla la mano para imponer decisiones que considera pertinentes o necesarias para Guadalajara. Esa es la imagen central de una estrategia político-electoral construida con el objetivo de que Alfaro sea (ya no el candidato, eso está descontado) el gobernador de Jalisco para el próximo sexenio.

El mensaje central de la construcción de esa imagen parece ser que al actual alcalde tapatío no le pesa utilizar la mano dura para gobernar, a diferencia de los anteriores gobiernos de Acción Nacional y del Partido Revolucionario Institucional (PRI) quienes ofrecieron y no cumplieron con “ordenar” y “limpiar” el centro.

Se escogió a los comerciantes ambulantes porque, se ha construido una imagen de ellos como un sujeto “desordenado” e informal asociado a connotaciones negativas, al que es más fácil y rentable enfrentarse que a otros poderes fácticos o sujetos que causan más daño a la ciudad, como pueden ser:
1) el capital inmobiliario que ha producido una ciudad caótica, mediante acciones ilegales y corruptas;
2) el crimen organizado que controla amplias zonas de la ciudad y que paga las campañas de varios políticos;  

3) la corrupción sistémica de la clase política que ha saqueado la hacienda pública.

No, en lugar de ello se elige combatir y enfrentar a los comerciantes ambulantes. Se elige la confrontación con un adversario que consideran débil, cuyo sometimiento brinde el mayor rendimiento político.

Sería naíf no reconocer que se trata de un tema complejo, en el que hay un choque de intereses entre ambulantes y espacio público y entre ambulantes y comerciantes establecidos. Sería también ingenuo no reconocer que tradicionalmente los comerciantes ambulantes han estado afiliados a organizaciones gremiales adheridas al PRI. Pero sería una tontería no saber que la afiliación a dichas organizaciones era obligatoria para tener espacios para vender, lo cuál no implicaba militancia priista en la mayoría de los casos.

También sería ingenuo no reconocer que el aumento del comercio ambulante ocurre en un contexto de políticas neoliberales que han tenido como estrategia central la contención salarial, la flexibilización laboral y el aumento en la explotación de la fuerza de trabajo.

De manera legítima (porque vender en la calle no es algo ilegal) miles de personas se dedican al comercio ambulante para ganarse la vida. Las críticas simplistas y clasistas a los ambulantes deben saber que éste no es un oficio sencillo ni cómodo. Pero parece que desde distintos frentes (gobiernos, empresarios, medios) se trata de construir una imagen de un sujeto al que se descalifica, sencillamente por ser “informal”. Se construye un discurso que criminaliza a los ambulantes; que da a entender que es “desordenado”, que afea el centro histórico, que es caótico y por lo tanto se promueven como “soluciones finales” su reconversión o  desaparición.

SE CONSTRUYE UN DISCURSO BINARIO INFORMALIDAD-FORMALIDAD RELACIONANDO LA FORMALIDAD CON LO ACEPTABLE Y LEGAL Y LA INFORMALIDAD CON LO INACEPTABLE E ILEGAL

Y aunque explícitamente no se hable de limpiar el centro de la ciudad, implícitamente esa parece el objetivo del actual gobierno: “limpiar” el paisaje urbano del centro de personas informales. Parece darse más peso al paisaje urbano que a las necesidades básicas de manutención de miles de ambulantes.

En el fondo, existe una descalificación-estigmatización del sujeto que se gana la vida como ambulante o en los oficios ambulantes, y se les quiere obligar a ganarse la vida como trabajadores asalariados, en los dispositivos reguladoras y disciplinadores  que permiten la explotación de la fuerza de trabajo.

Es cierto que se les ofrecen alternativas, pero decididas desde arriba, desde las mesas de los funcionarios y no en común acuerdo con quienes van a ser los principales afectados que se quiere imponer a partir del 10 de noviembre.

Pero es tanta la necesidad, son tantos años de muchos de ellos de dedicarse a ese oficio para ganarse la vida que no parece sencillo que se imponga la medida vertical del gobierno de Guadalajara. Toda indica que se avecina un fuerte conflicto social.

Y todo porque en la estrategia político-electoral de Alfaro se escogió a un sujeto social que consideran más débil políticamente y estigmatizado mediáticamente. En lugar de enfrentarse con los poderes fácticos que causan más daño a la ciudad que un vendedor de paraguas o un vendedor de verduras calientes.
@rmartinmar
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