‘Señor, el pueblo ya perdió la fe en usted…’

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Hay quienes miran a Don Porfirio como el tutor del priismo. Ilustración: Luis Fernando.

Hay quienes miran a Don Porfirio como el tutor del priismo. Ilustración: Luis Fernando.

TODAVÍA HAY QUIEN DISCUTE LA GOBERNABILIDAD DE DON PORFIRIO A UNA CENTURIA DE SU DECESO

Jocelyn Medina Montalvo / Rubén Martínez Cisneros

La Digna Metáfora*

La calle La Cadena número 8 –hoy Venustiano Carranza– fue testigo mudo de la partida de don Porfirio Díaz rumbo al exilio el 26 de mayo de 1911, del cual nunca regresó: sus últimos días los vivió en París, Francia, en la avenida del Bosque de Boulogne número 23, donde falleció el 2 de julio de 1915, a los 89 años de edad, hace 100 años.

Los postreros instantes de la vida de don Porfirio los registra Martín Luis Guzmán directamente de los labios de doña Carmen Romero Rubio, los cuales plasma en el libro Muertes Históricas:tránsito sereno de Porfirio Díaz, en el cual leemos: “A media mañana del 2 de julio la palabra se le fue acabando y el pensamiento haciéndosele más y más incoherente. Parecía decir algo de la Noria, de Oaxaca. A las dos de la tarde ya no pudo hablar. Era una como parálisis de la lengua y de los músculos de la boca. A señas, con la intención de la mirada, procuraba hacerse entender. Se dirigía casi exclusivamente a Carmelita. ¿Cómo? ¿Qué decía? ¡Ah, sí: la Noria! ¿Oaxaca? Sí, sí: Oaxaca, en Oaxaca; que allá quería ir a morir y a descansar… Se complació oyendo hablar de México: hizo que le dijeran que pronto se arreglarían allá todas las cosas, que todo iría bien. Poco a poco, hundiéndose en sí mismo, se iba quedando inmóvil”.

Por su parte, el historiador Carlos Tello Díaz, tataranieto de Porfirio Díaz, en su libro El exilio: un relato de familia, escribe: “A pesar de que la vejez fue benévola con él, los años no pasaron en vano para don Porfirio. Al final de su vida sufría, como maldición, ataques de vértigo que lo forzaban a permanecer en la cama. Los vértigos, según los médicos, eran provocados, como la sordera, por unos desequilibrios en el interior del oído. El mundo del general se derrumbaba, y con su mundo se derrumbaban también los cimientos de su propia vida… era cuidado por el doctor Félix Gascheau, médico del barrio, que lo tranquilizaba con el alegato de que sus dolencias eran motivadas nada más por el cansancio de los años. Don Porfirio no podía saber que moriría con esclerosis…”

A un lado de Baudelaire

“Perdió el conocimiento a las seis –dice Martín Luis Guzmán–. Por la ventana entraba el sol, cuyos tonos crepusculares doraban afuera las copas de los castaños. Los rayos, oblicuos, encendían los brazos y el asiento de la silla y casi atravesaban la estancia. Era el sol cálido de julio; pero él, vivo aún, tenía ya toda la frialdad de la muerte. Carmelita le acariciaba la cabeza y las manos; se le sentían heladas”.

Agrega el autor de La sombra del Caudillo:A las seis y media expiró, mientras a su lado el sol lo inundaba todo en luz. No había muerto en Oaxaca, pero sí entre los suyos. Rodeaban su cama Carmelita, Porfirito, Lorenzo, Luisa, Sofía, María Luisa, Pepe, Fernando González y sus nietos mayores”.

En la edición del diario francés Le Figaro del 3 de julio se lee:El señor Porfirio Díaz, ex presidente de la República Mexicana, acaba de fallecer en Neully, donde se había retirado”. Tello Díaz aporta el siguiente dato: “Un día después, el domingo, inyectaron el cadáver con sales de alúmina para su conservación. Las exequias tuvieron lugar el 6 de julio por la mañana en un templo situado en la plaza de Víctor Hugo: el de Saint-Honoré d´Eylau”, donde quedara, por cierto, según señala Martín Luis Guzmán, “depositado el cadáver en espera de su tumba definitiva. Año y medio después se sacaron los despojos para llevarlos al cementerio de Mont Parnase”, justamente a un lado de Charles Baudelaire.

De acuerdo con fuentes periodísticas de esos ayeres, el servicio funerario fue de un carácter de simplicidad dadas las circunstancias e instrucciones personales del difunto. En efecto, escribe Tello Díaz, “a su hijo –el capitán  Porfirio Díaz Ortega– le comunicó que él, como soldado, sabía lo necesario que todos los hombres eran en el frente de batalla, y que por ningún motivo quería que los militares le rindieran honores durante las exequias”.

El exilio

El 25 de mayo de 1911 Porfirio Díaz dialogaba con el ingeniero Alfredo Robles Domínguez, delegado personal de Francisco I. Madero, para solicitarle que concretara su renuncia. De acuerdo con Agustín Aragón Leyva, en su libro La vida tormentosa y romántica del general Adolfo León Osorio,la situación se desarrolló de esta manera:

–Pero si yo he prometido que renunciaré, ¿entonces por qué sigue el pueblo amotinado y amenazante frente a mi casa? –preguntó el mandatario con gesto adusto.

–Señor, es porque el pueblo ya perdió la fe en usted… –replicó con voz firme el representante del antirreleccionismo.

El ambiente que se vivía en la residencia de Porfirio Díaz está descrito en la enciclopedia Crónica Ilustrada / Revolución Mexicana, editada por Publex en 1969: “En la casa número 8 de la calle Cadena la gente hablaba en voz baja, los sirvientes caminaban de puntillas. Don Porfirio, reclinado en un canapé victoriano, envuelto en un capote militar, se había sumido en un mutismo del que no se atrevían a sacarlo ni sus parientes ni sus colaboradores”.

Continúa el relato: “El general Porfirio Díaz se decidió. Dispuso el papel, un pliego color rosa ornado con un monograma en oro, y dictó la renuncia. Ya sin vacilación estampó al pie su firma, de trazo fuerte y rúbrica española: ‘El pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República: ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia  en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo es la causa de su insurrección… En tal concepto, respetando como siempre he respetado la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la Constitución federal, vengo ante la Suprema Representación de la Nación a dimitir sin reserva el encargo de presidente constitucional con que me honró el pueblo nacional; y lo que, para retenerlo, sería necesario seguir derramando sangre mexicana’…”
 
Porfirio Díaz –quien desde el 1 de diciembre de 1884, durante 30 años,  tres meses y 18 días, había convertido en feudo personal toda la extensión de la República Mexicana- abandonaba la Ciudad de México el 26 de Mayo de 1911 a las 4 de la mañana, de acuerdo con el fiel testigo del Reloj Otomano, las crónicas de esos días, rumbo a Veracruz por la vía del ferrocarril interoceánico, y posteriormente, el 31 de ese mes, se embarca en el vapor Ipiranga para marchar a Europa y residir los últimos años de su vida en París, Francia, donde llegó el 20 de junio, por la noche de 1911, acompañado de su Carmen Romero Rubio, dos hermanas de ella: Sofía y María Luisa, su hijo Porfirio y el nieto Luis.
 
“Nací en la ciudad de Oaxaca el 15 de septiembre de 1830…” se lee en el primer párrafo de las memorias de Porfirio Díaz Mori.
¿El retorno de sus huesos?
 
A 100 años de la muerte de don Porfirio, y reflexionar acerca de los claroscuros de su régimen de gobierno y la posibilidad de que sus restos regresen al país son dos aspectos que causan controversia. A continuación, algunas opiniones al respecto.
 
Carlos Tello.

El historiador Carlos Tello.

Carlos Tello Díaz: “Porfirio Díaz estuvo siempre convencido de que, por encima de los males, había gobernado por el bien de la República. Así, también, toda su familia, la mía, consideró que sus aciertos fueron a lo largo de su gobierno mucho más importantes que sus errores, y que por ello la historia del país tenía que saldar con él una deuda de reconocimiento”.

Tello Díaz, tataranieto de don Porfirio, se abstiene de dar su punto de vista: “definitivamente, no puedo opinar al respecto de traer los restos; sin embargo, es importante que en este país haya una reconciliación con el porfirismo”.

El historiador precisó: “México debe ser reconciliado con su pasado, con todo su pasado; desde luego, con el que identificamos con Porfirio Díaz, quien fue un puente entre el México de la Colonia que sobrevivía en 1830 y el México del siglo XX que estalla con la revolución de 1910. Díaz fue liberal y republicano, más tarde positivista: en pocas palabras un hombre progresista del siglo XIX. Pero este hombre de otro siglo no pudo ya asimilar la Revolución que estalló en 1910, la primera revolución del siglo XX”.

 

El escritor Humberto Musacchio.

El escritor Humberto Musacchio.

Humberto Musacchio: “El porfiriato fue la gran escuela de los priistas, que al igual que el viejo dictador impusieron al país aquello de poca política y mucha administración. Con Díaz, y con el viejo régimen priista (lo de ahora es otra cosa), hubo creación de riqueza, aunque pésimamente distribuida, y un indudable avance material; pero, paralelamente, se impidió que los ciudadanos tomaran en sus manos el destino del país”.

Acerca de que los restos del ex presidente sean trasladados a México, el autor de Milenios de México enfatiza: “Creo que a nadie perjudica que traigan los restos del Llorón de Icamole. Gustavo Díaz Ordaz fue un criminal mientras estuvo vivo, muerto ya no puede disparar. Lo mismo ocurre con Díaz: ya no puede gritar “¡Mátalos en caliente!” Para sofocar un movimiento popular. Los huesos no hablan”.

 

Pedro Agustín

Pedro Agustín, autor del La división del Norte.

Pedro Agustín Salmerón Sanginés: “Más allá del significado histórico del porfiriato, imposible de resumir en un párrafo, lo que importa para el caso son las razones de quienes a lo largo del siglo XX, y con particular fuerza en el XXI, pretenden convertirlo en el mayor héroe, el mejor presidente y el modelo a seguir de nuestra historia. Para ello magnifican los méritos del personaje y los éxitos de su régimen, que son ciertos, y omiten por completo sus aspectos negativos: olvidan que el porfiriato coincide con la era del imperio (1985-1914, según Eric Hobsbawn) en la que a México le tocó ser productor de materias primas para beneficio de los imperios: México era una semicolonia cuyos principales recursos y cuya infraestructura estaban en manos de transnacionales. El porfiriato construyó un régimen de privilegio fortaleciendo a la clase dominante, formada por latifundistas y los operadores del gran capital imperialista, y empobreciendo más a la mayoría (el cacareado progreso lo fue sólo para unos pocos); fundado en un régimen autoritario en que, tras una fachada de paz y orden, no hubo año sin represión sangrienta contra la protesta popular, sobre todo contra el despojo de tierras y recursos. Un régimen caracterizado por la supresión de libertades, la falta de democracia tras una fachada de normalidad institucional, la polarización económica que empobreció aún a los más pobres, la auténtica esclavitud humana en algunas regiones del país, los salarios de hambre, la ausencia de derechos laborales y la guerra de exterminio (genocida) contra yaquis, mayas, apaches y comanches. El porfiriato, en general, e incluso muchos de estos aspectos, pueden comprenderse en su contexto. Entonces: hoy no”.

Salmerón Sanginés, autor del libro La división del Norte, precisa: “A mí la necrología histórica me tiene sin cuidado. Nunca he visto huesos ni restos de personaje histórico alguno, lo que busco en la historia es la vida, no la muerte. Si quieren rendir pleitesía a los huesos, muy su gusto”.

Sin embargo, destaca: “Lo preocupante son las ideas, revivir a Díaz y mostrarlo, decíamos, como el ejemplo a seguir, implica justificar el discurso de mano dura, aplaudir la represión de las voces disidentes o solamente críticas (casualmente todos los adoradores de Díaz aplaudieron la censura de Carmen Aristegui), el autoritarismo, la polarización económica, la entrega de los recursos estratégicas al gran capital multinacional… y la descalificación de la Revolución como historia y del movimiento social y la protesta como realidad presente. Los grandes historiadores de la revolución ya han hecho un análisis balanceado y ponderado del porfiriato. Lo que hace falta es que los defensores del autoritarismo, los enemigos de la movilización popular, los que aplauden la entrega de los recursos de la nación al gran capital, los que defienden un modelo económico que provoca que la mitad de la nación esté en la pobreza, dejen de usar con mentiras y falsificaciones, el periodo histórico de Díaz como bandera”: asevera, ante la pregunta sobre si México debería reconciliarse con el porfirismo.

 

Guadalupe Loaeza

Guadalupe Loaeza.

Guadalupe Loaeza: “Mi opinión respecto al régimen porfirista es muy buena, pero también muy mala. Más que el presidente Porfirio Díaz, me gusta pensar en el general Porfirio Díaz, el mismo que combatió con tanta valentía durante la batalla del 5 de mayo. Me gusta el Díaz inspirador de grandes pasiones, incluyendo la de Juana Cata. Me gusta el Díaz admirador de Francia, el Díaz enamorado de Oaxaca. No me gusta el Díaz represor de la libertad de prensa. Y menos el Díaz responsable de la matanza de los yaquis. Tampoco me gusta el Díaz cómplice de la burguesía mexicana, ni el Díaz que se negaba a la democracia”.

Guadalupe Loaeza admite que está a favor de que los restos de Díaz regresen, tal como lo planteó en Charlas de café con Porfirio Díaz, libro editado con motivo del centenario de la Revolución: “Sí estoy de acuerdo en que se traigan sus restos. No podemos negar que Porfirio Díaz fue una figura fundamental en la historia de nuestro país. No la podríamos entender si no entendemos el porfirismo. Que se regresen los restos de Porfirio Díaz”.

 

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José René, catedrático de la UNAM.

José René Rivas Ontiveros: “No es muy correcto destacar que todo el régimen porfirista es malo; éste, sin duda alguna, fue un régimen positivo en lo que corresponde a la construcción y de industrializar al país, en el sentido de ampliar las vías férreas. Cuando él llega había menos de mil kilómetros de vías férreas, en cambio cuando es expulsado había cerca de 20 mil kilómetros de líneas férreas; en ese sentido, es muy digno de reconocerse”.

En otro aspecto Rivas Ontiveros resalta: “No hay que olvidar que fue el que refunda la Universidad Nacional; sin embargo, todo esto se ve empañado por su política oligárquica, por favorecer solamente a una clase, representada por los grandes hacendados a costa del sacrificio de la mayor parte de la población: los campesinos. En ese sentido, el régimen porfirista es condenable y la Revolución, obviamente, justificada. En conclusión, el régimen porfirista es bueno en algunos aspectos y pésimo en otros”.

Para el catedrático de la UNAM y autor del libro La izquierda estudiantil en la UNAM:organizaciones, movilizaciones y liderazgos, señala: “Simplemente, yo no estaría de acuerdo de traer los restos de Porfirio Díaz. Si bien es cierto que actualmente tenemos un gobierno que es peor que el régimen porfirista, hoy Salinas y Televisa tienen la Presidencia de la República, y en ese sentido Porfirio Díaz sería mucho más patriótico que este sujeto que ahora está en la presidencia”.

* La Digna Metáfora, perió­dico cultural editado por Víctor Roura.www.ladignametafora.com.mx Disponible en puestos de periódicos de Guadalajara. 

 

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